La indiferencia no tiene perdón

Todas las instituciones están sufriendo, hoy en día, una crisis radical que, de suyo, modifica sustancialmente tanto a así mismas como su relación con su afuera. Y quién no cree en este tipo de crisis, sinceramente, debería salir más. Ahora bien, tal crisis se sostiene desde una situación peculiar: la insistencia de lo que Nietzsche llamó “la ilusión de los trasmundos”. Un reflejo de nuestro tan abigarrado platonismo histórico produce, tangencialmente, un desarraigo entre la actividad crítica y la “vida real”, esto es, que las instituciones naturalizan su forma de ser y sus transformaciones, por un lado, y que existe una gran producción de reflexiones y actividades intelectuales ajenas a la vida lisa y llana, por el otro. Pensemos en el libro para poder pensarnos a nosotros mismos. Parece que la vida dentro de los libros estuviese una madre de años luz adelantada de la de nosotros mismos. En los libros se ha reflexionado sobre cuestiones trascendentales de nuestra vida que en su praxis vital siguen concretándose desde una mediocridad propia de los estereotipos medievales. Acérquense, sin más, a cualquier biblioteca y pónganse a hojear libros de filosofía, de sociología, de teorías de género, de ciencias políticas, de literatura (de ficción y de las otras), de lingüística, de psicología, de metafísica, de ética, de economía, y podrán ingresar a universos paralelos desmesurados. Por supuesto que también encontramos en los libros la estupidez de muchos. Nadie lo niega. Pero dentro de esta concomitancia lo que hay que preguntarse es por qué nosotros, hombres y mujeres, como sociedad y como individuos, no estamos a la par de esos libros mal llamados “vanguardistas” o “adelantados”. No estamos hablando de libros impresos ayer, estamos hablando de libros impresos hace cincuenta años que aún siguen considerándose “adelantados” (y lo peor es que no sólo a su época, sino a la nuestra). Acepto que un libro pueda ser adelantado a su época. No acepto, bajo ninguna circunstancia, que un libro siga siendo “adelantado” a su época, cincuenta años después de su época. Eso no es un buen decir sobre ese libro. Es un mal decir sobre nosotros mismos. Significa que en cincuenta años no pudimos aprender absolutamente nada. Significa que no fuimos capaces de escucharnos y darnos cuenta de que estamos cometiendo una equivocación y enmendar nuestro error. ¿Cómo es posible que el común denominador, el inconsciente colectivo, el sentido común, (o cualquiera de todos los otros nombres falsos con los que se le ha llamado al “correcto pensamiento de la mayoría”) siga sin comprender que la mujer no es una mercancía que se posee después de Simone de Beauvoir, Teresa de Lauretis, Judith Butler, Paul B. Preciado? ¿Cómo es posible que esa mayoría siga dándole valor a una meritocracia después de haberse escrito “El capital” hace un siglo atrás, después de Kafka, después de Nicolás Olivari? ¿Cómo es posible que nadie ponga un pie en la lucha para combatir el imperialismo después del “Calibán” de Fernández Retamar, después de José Martí, después de B. de Sousa Santos, de Rivera Cusicanqui? Y esto son sólo algunos ejemplos elegidos al azar, con el simple criterio de que son los libros que tengo más a mano del computador en este momento. La respuesta es muy sencilla: porque no los leen. Mientras que “Las aventuras del ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha” sea un libro que se edite para los estudiantes de literatura, mientras que “El capital” de Karl Marx siga siendo un libro para “zurditos”, mientras que la literatura comprometida siga siendo una ilusión del setentismo post Che Guevara de la que nadie le interese regresar, la separación entre la vida y las palabras seguirá siendo subrayada. Mientras exista ese subrayado, ellos habrán ganado. Y ninguno de todos los que han muerto hasta hoy por el capitalismo, por el patriarcado, por la miseria, por el poder, tendrán su justicia. Porque la justicia sólo existe si, después del hecho injusto, supimos ser mejores personas. Y para ser mejores personas tenemos que comprender que la simpatía y la empatía no son la misma cosa. Y que si algo parece estar desnudo, es porque está desnudo. Que es nuestra responsabilidad no comernos el buzón de la narcotización de la información. Y que, si renunciamos a esa responsabilidad, las palabras siempre contendrán su poder revolucionario.

Y llegará un día en que ni la más hermosa poesía será capaz de enternecernos. En ese momento, estaremos todos muertos. Para siempre, muertos, adentro de nuestros cuerpos.

Ezequiel Fernández Bados.

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Anacronismos: El desalojo del barril

íAnacronismos: El desalojo del barril

Debajo del campo verde, mucha sangre hay en el suelo,

yo bien sepa adonde voy, sin saber de adonde vengo

Atahualpa Yupanqui

Todas las casas de la infancia se parecen desde los ojos de un niño con ya muchos años en las manos. Todos los patios tienen al menos: una abuela, un barril para esconderse, un carro para levantar hermanos, y un changuito con cuatro ruedas para hacer los paseos turísticos por el pasillo de baldosas cuadriculadas, o navegar por la tierra mojada que ahoga la vereda inexistente. Y sobre esto hay una afirmación con la que nadie nunca podría disentir: es imposible conocer la procedencia de dichos elementos adultoinfantiles. Pero esta cuestión no tiene mucha importancia, porque el simple reconocimiento de la existencia de este trío, es antídoto para cualquier infancia vacía y fantasmal.

El barril fue casa, molino, y caballo triste para un pequeño y poderoso jinete. El carro fue el vértigo que terminó en guerra de castañas, y el chango de cuatro ruedas el grito dulce de la abuela desde la puerta de la casa.

Que todas las casas de la infancia se parezcan, al igual que las puertas cerradas de una biblioteca o el fuego destruyendo un poemario asesino de “mentes frágiles”, es una realidad aterradora de ensueño y confusión, de cadenas en la boca del estómago, de abrazos escalofríos y remos partidos. ¿Eran libros los que esa llama furiosa quemaba, o sólo pasto y paja? ¿Cuál de todas era mi casa?, ¿Cuál fue mi barril?, ¿cuál mi pasillo?, ¿el de cemento o el de barro?

Y a pesar de que los ojos empañados con humo de café y frío de ciudad ya no reconozcan aquella casa, la voz de la nostalgia sigue apretando los hombros de quienes hicieron de aquel barril azul su hogar, de quienes frente al desalojo de sus oscuros cuerpos y la destrucción de sus opacos tesoros, tuvieron que renunciar a vivir en ese barril toda la tarde, es decir, toda la vida. Porque para los que temen la caída del sol, el amanecer es la muerte cruel de todas las ilusiones nocturnas, es el eco del dulce grito de la abuela. Esa ilusión que está resumida en un día más. Y nuevamente llega el mañana y los encuentra con fiebre en los tobillos. Un día más y la espalda de los cansados comienza a sentir una caricia como un disparo a traición.

No hay zapateo que supere el cansancio, ni la tos de los libros que ya no se encontrarán en la biblioteca (ni debajo de la tierra). Tampoco las manos vacías encuentran un lugar en dónde sumergirse y quitarse los restos de barro que la navegación les dejó. ¡Y acá está! Acabamos de encontrar la bala del disparo a traición, estaba recostada plácidamente en las manos que ya no pueden tocar, en las hojas que ya no pueden ser acariciadas, ni arrancadas en un ataque de furia épica y pegadas con cinta en una embestida de arrepentimiento poético.

¿Cuál es el lado correcto de la lucha?, ¿el de la abuela vigilante de rodillas?, ¿el del hermano y su trinchera repleta de castañas?, ¿el mío, con sólo tres ramitas en la mano como arma de defensa?

Apaguen el fuego, ya estoy afuera. Me rindo. Acá están mis armas. Sólo tiren las castañas al suelo y vayamos a comprar caramelos a la esquina.

miguel-elias
Miguel Elías

Mates hitos

Autor: Pablo Javier Rosas

“De tantas cosas relacionadas con mi padre me acuerdo especialmente de aquellos regresos a casa después del trabajo.  Eran siempre noches grandes, cargadas de estrellas y silencio.” 
Antonio Dal Masseto

 

El agua que sube por la calabaza entibiece mi mano como una caricia de otoño. Ahí la dejo mientras sorbo el mate amargo, juego a escucharme en el sorber, aumento y disminuyo la intensidad de succión.
El mantelito sobre la mesa, impoluto, con sus florecitas vinílicas se pega a la base calentita del mate, parece que se ablanda y estira cuando quito la calabaza de encima, a veces hasta se queda algo húmeda la zona como si la calabaza se solidarizara con el sintético vergel estampado en el mantel y lo estuviera regando. Es un momento de introspección en que parece que todo está en orden, si hay algún otro ruido en el ambiente, prevalece siempre en los oídos del sorbedor, el ruidito de la bombilla. Es como un cosquilleo muy agradable y terapéutico. Siento que puedo controlar el silencio, sólo el vapor del agua caliente que lanza hacia arriba fantasmitas danzantes, desafía la quietud y la paz a la que juego controlar.
El próximo mate lo rebalso sin querer y algo de agüita verde de Pampa se escapa y chorrea alrededor, el cercano trapo de rejilla, infaltable en la mayoría de las cocinas criollas, me ayuda a volver a controlar el orden litúrgico de mi sesión de mate. Pienso en esa mini catarata donde cayeron unos trocitos de hoja y palitos de yerba como una reproducción en miniatura de la escena de la película La Misión, cuando cae la cruz en aquel imponente salto de agua y desaparece en la caída entre la efervescencia feroz del torrente. Pero en este caso controlo el drama con el trapito rejilla. Éste sacrifica su integridad por mí que me desembarazo del charquito ocasional.
Desde el remanso de silencio y control, es mi deseo más profundo volver a sentir la caricia otoñal que significa llenar la calabaza con el agua caliente otra vez. Jugaré nuevamente a sorber y escucharme, ésta vez dejaré el trapito rejilla más cerca, con su mancha verde que este mañana lo ha marcado, es la señal inequívoca de un momento más, de esos que conforman los rutinarios placeres cotidianos que a veces despreciamos.
Esa mancha que ahora me roba la mirada, por momentos la veo sin mirar, pero ya estoy analizando su forma, sin darme cuenta… me cebo otro mate y miro de reojo al trapito que me acompaña, ya la mancha se apropia de mi imaginación, ya no es la caricia otoñal, el
ruido del mate al sorber… El cosquilleo en mis oídos se distancia hasta casi desaparecer, ahora sólo busco una explicación en la forma de la mancha, es un acertijo verde, con restos de palitos y hojitas que sobresalen de la red que conforma aquel lienzo enrejado de algodón, como si fuera la espalda de un felino marciano, ese animal agazapado que acudirá en mi auxilio en la próxima mancha de mate que luego se transformará en otra bestia aún más grande y a zarpazos limpios deshilachará la calabaza si fuera necesario, para que no vuelva a manchar nada y todo vuelva a la normalidad y el silencio se apodere de la selva amazónica del mantel vinílico con florecitas silvestres de mi mesa.

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Molina Campos

Dos lunas y el tiempo, y todo lo que nos rodea.

Los científicos aseguran que el tiempo comenzó cuando surgió el universo. Tú y yo parte de un universo que nos sostiene y nos atraviesa cada poro de la piel. Tu piel. Tu piel que se apoya en la mía y comienza a nacer la materia oscura, materia invisible pero notable por la fuerza de gravedad que hay entre nuestros cuerpos. Tu cuerpo. Mi cuerpo. Entonces te tomo de la mejilla y te suspiro al oído aquellas palabras que jamás has oído, aquellas palabras que aún no tienen significado y tú me sonríes, y comenzamos a unirnos como dos letras (quizás sólo seamos letras que buscan ser sílabas), y tu piel se desliza sobre el abismo y comienzo a sentirte. Tus ojos me rodean como la luna a la Tierra, como quererte tanto que no me caigo, como eclipsarme al verte rodeada de energías que florecen en un cielo de planetas. Es que tus universos me rodean el alma, y en mis venas comienzan a nadar mis ojos descolocados de este mundo; vamos más allá de lo real, vamos más allá del tiempo, estamos frente a lo galáctico, donde el tiempo parece ser eterno. Y en aquel momento de deja vú y bocas cercanas, cuando mis ojos se penetran en tus verdes planetas, comienzo a susurrarte…

Comerte de a poco como si fueras aquello que puede saciar el apetito de un universo envuelto en letras que giran sobre el sol formando una poesía que grita tu nombre y tus labios comienzan a tocar los míos con gusto a libertad lo cual crea un laberinto de sensaciones casi eternas por querernos quedar en ese tiempo que huele a miradas cristalinas y cuando te miro el dolor se tiene y ya no existen las pausas ni las comas ni los puntos sólo te estoy comiendo textualmente entre las palabras que giran en torno a mi boca y tu boca unidas en un papel que nos cubren los cuerpos desnudos de tabúes y clichés y entonces el sueño se vuelve la plena realidad y lo real sólo son los sueños que nos unen y nos hacen girar en torno al sol y entonces empiezo a amarte con mi boca que sostiene tu saliva con gusto a magia y esto es un enorme sueño en el que te sueño soñando y besándome en cada fonema de esta galaxia sin puntos ni comas ni paréntesis ni guiones porque no son necesarios para vivir en este rincón de vuelos de golondrinas sobre mi pecho y tu piel que gira y gira apoyándose en la mía y revivimos y soñamos y somos dos somos la libertad de las palabras aún sin escribir

 

Me alejo de tu sentido de percepción, y entiendo la incógnita de mi existencia. Los científicos aseguran que el tiempo comenzó cuando surgió el universo. El universo entendido como uno y todo lo que lo rodea. Yo creo que el tiempo comenzó aquel día cuando te miré a los ojos como dos lunas de Júpiter formando un eclipse doble, como todo lo que me une y me rodea.

universo
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Okupar!

“La Historia parece propiedad privada, cuyos dueños son los dueños de todas las otras cosas”
Rodolfo Walsh.


Desahucio. Desahucio y poder tendrán aquellos que miden el mundo con la vara de su mente perversa. Un poder infinitamente irreductible para extinguirse bajo sus propias pieles. ¡Para todas/os, todo! ¡Es hoy nuestro tiempo de Okupar! Okupar el espacio que habita entre las palabras y las cosas. El espacio entre el sol y lo detrás del sol. El espacio-espacio. ¡Para todas/os, todo! Okupar, en fin: tiempo de volcarse de actividades improductivas tales como leer y escribir, y componer música, y creer. Ya es tiempo. No importa que nos equivoquemos, si es nuestro error el que alienta a otros a errar. ¡Es tiempo de d – e – s – e – n – f – o – c – a – r ! ¡Y qué importa ya el gran aparato de desesperanza!, si a pesar de todo (o quizás porque existe) estamos vivos. Y estar vivos es nuestro acto revolucionario. ¡Y qué importan ya sus cárceles y sus fábricas de picar carne!, si es la poesía nuestro ariete de batalla. Y así la memoria de los que ya han muerto en la paranoia de la supervivencia no nos acompañará en vano. ¡Hay que Okupar! Okupar los muros; y así verás cómo, cuando la literatura haya tomado las calles, temblarán los grandes líderes del mundo. Okupar el inconsciente colectivo. Para todos los niños latinoamericanos que han muerto. Para los desaparecidos. Para los homosexuales. Para las mujeres asesinadas. Para los ángeles aborígenes. Para los árboles. Para mí. Para vos. Para los que fueron, los que son, los que quieren ser. Okupar desde la piel del cielo hasta las praderas mismas de nuestra conciencia. Y que sea para todas/os, todo. Y entre tanto, tú y yo somos la contrahumanidad. Es decir, la electricidad de la supernova microscópica de nuestras palabras. ¡Imagínate, chica! quizás dentro de cien o doscientos años algún estudiante de literatura pasará noches en vela desglosando los múltiples mensajes cifrados que nos escribimos entre líneas para decirnos todo eso que ya sabemos, pero que nos gusta decirnos de todos modos. Y será este el comienzo de nuestra foca-literatura. Entonces, literatuya. Después de todo, quién nos habrá visto la cara de soñadores…

Abcquenomesale

“Dentro de nosotros existe algo que no tiene nombre, y eso es lo que realmente somos” José Saramago

“El nombre que tenemos sustituye lo que somos: no sabemos nada del otro” José Saramago

-¿De dónde viene tu nombre[1]?-, le preguntó, y el verso que estaba tejiendo[2] se destejió escapando hacia la esquina de la avenida negra. Él miró hacia esa dirección deseando salir a buscarlo, pero volvió a mirar donde estaba ella, y eligió la prosa destructiva del salto al vacío, la mancha de café sobre las manos pálidas de sus pesadillas[3].

Siguiendo el hilo que colgaba desde[4] su mochila rota hacia su bolsillo vacío, llegó al banquito en el cual se sentaba a tejer algún verso, él, el que[5] nunca tuvo firma ni forma, el que con la voz cansada de tartamudear carteles de la calle, volvía silencioso a la habitación que diariamente olvidaba que existía, porque había hecho de la esquina su casa, y del banquito de la avenida una biblioteca cercada de voces viejas, pero menos cansadas que la suya.

Cuando ella tuvo su diccionario en las manos leyó cada palabra tachada con lapicera negra; eternizadas, apuñaladas, vibrantes, asfixiadas de vértigo. Tenía subrayada la[6] palabra CRISÁLIDA[7], y él se imaginaba una mariposa cuando la leía, se imaginaba algo que se rompía: su espalda que se rompía, que estallaba debajo de su mochila pesada, deshilachada.

Deso no vuelve“, le dijo un día él, el que nunca tuvo fe-forma-licidad, y miró con melancolía su diccionario azul[8]. ¡Y qué importaba!, si ella vivía las nauseas que le provocaba el intento de recuperar con sus letras la memoria que él se[9] traía callando en su voz noche de julio. Porque al final del día ninguno de los dos recordaba en qué esquina sucia de Buenos Aires se encontraba su primer palabra, su primer caminata sobre el barro caramelo del barrio lluvioso, su primer caótica pregunta, ni la primer última poesía que ella le había escrito, al sin fi[o]rma.

Él entendía la lijadura de la espera, del cielo esperanzarandeado y de las respuestas improvisadísimas. Por eso nunca tuvo firma, y cantaba sin olvidar quién era, quién era para él, quién era para ella, quién era para el aire que lo cacheteaba. Leía con emoción, corría con delicada in/dirección, adoraba los lugares vacíos. Mientras dibujaba[10] sus sueños, ella en silencio se preguntaba: ¿de dónde proviene su nombre?, ¿de qué calle rota?, ¿qué poeta maldito lo soñó? ¿qué vago del conur le escupió la cara?

Él, el del nombre tembloroso, dormía en las palabras que aún no conocía, (las decía dormido), y ahí estaba ella, mirándolo llegar desde[11] la[12] esquina rota[13] de Roca, con la Babilonia[14] en las mejillas oscuras, cambalacheando la vida. Lo veía llegar, desde la ventana de aquel diccionario, desde los ojos de aquella hoja, desde las hojas de aquel poeta ‘iletrado’ y confundido, que danzaba literariamente las palabras de su abcquenomesale [15].


[1] ¿Viste cuándo querés preguntarme como se llaman los hombres que se paran en la esquina de la avenida? ¿O cuándo quiero saber cómo hacer barquitos de papel que no se hundan? Vos me decís… y yo te digo…

[2] La araña que vive en la puerta de tu baño, ella te lo puede explicar mejor.

[3] Cuando te levantaste temblando porque creías que no habías llegado todavía a Buenos Aires, y sentiste que tenías las zapatillas y los bolsillos llenos de agua.

[4] Roca hasta Babilonia, ayer hasta mañana.

[5] Como cuando te dije que sos la mancha de café en mi mano pálida.

[6] Cuando hablás de mí, de la chica que habla rápido.

[7] La palabra que te hace imaginar que el mundo se parte en pedazos como tu espalda bajo la mochila.

[8] No como el cielo, sí como tu diccionario.

[9] Usted no se vaya nunca.

[10] Cuando me quisiste decir algo que no sabías cómo escribir, ni pronunciar.

[11] Tu casa hasta la mía.

[12] Cuando te acordás de mí, de la mujer que te regaló el libro de lunfardos.

[13] Tu mochila, la avenida, las uñas de tus manos.

[14] Nuestra casa.

[15] Tu nombre tejiendo pesadillas desde que la crisálida azul se dibujaba desde la rota Babilonia.

¡Neike, neike!

Yerba, verde, yerba en tu inmensidad quisiera perderme para descansar

y en tus sombras frescas encontrar la miel que mitigue el surco del látigo cruel”

Ramón Ayala

Cuando se cierra la puerta, la multitud se reúne detrás de ella para escuchar el suspiro del hombre asfixiado por su corbata, y después de esa ceremonia todos vuelven a sus puestos.

La puerta es un privilegio de los grandes, porque quien se refugia en su espalda puede respirar un instante al ver el mate y la yerba al alcance de sus manos. Cruzando esa frontera todo es distinto, el placer producido por el acto de succionar agua amarga y caliente es mal visto.

La silla giratoria y la cortina color gris se iluminan con más fuerza a las 7 de mañana, el momento en el cual el hombre estira sus brazos sobre el escritorio intentando llegar al otro lado de la puerta, para cruzar la ciudad y acariciarle el pelo a la chica de los ojos cansados. Media hora después suena el teléfono, los papeles salen vibrando del cajón, el frío del campo comienza a sentirse, y los dedos resquebrajados del hombre sienten la presión de la abrochadora, de la tierra infiltrándose en la grieta de sus uñas. Le duelen los pies, algo los está presionando cruelmente, sospecha de sus zapatos Gucci, o del bagual que el día anterior se le rebeló dejándolo de rodillas frente al patrón.

Unos pasos firmes y escarchados se acercan a la puerta de la oficina, el hombre se ajusta la corbata y corre el mate a un costado, dejando un abismo entre la felicidad y la torre de hojas que sigue intacta en su escritorio. ¡¡Neike, neike!! grita la voz que se acerca, y pasando la frontera de la puerta marrón se queda parado en frente de la mesa. El hombre lo mira, pero unos segundos después agacha la cabeza, le debe respeto, y sabe que la continuidad de su vida, el futuro de su familia, de la mujer de ojos cansados (que sólo tiene letras en la punta de la lengua para darle al mundo, sin pedirle nada a cambio), se encuentran bajo esos zapatos puntiagudos que lo miran sonriendo o burlándose de sus pies fríos y cansados.

Después de unos minutos asesinos la puerta vuelve a cerrarse, el pilón de hojas aumenta en altura y en incertidumbre. Sólo la ventana entreabierta puede calmar la asfixia mental, pero no, un edificio se interpone entre su vista y la utopisoteada libertad.

A las cuatro de la tarde, el ruido nervioso del tecleo, del impaciente resorte de la silla y del látigo cruel, dan al hombre la esperanza de que “falta menos”; entre silencios, hojas, y fronteras imposibles, el tiempo salta sobre la palma de una mano, y finalmente: la oficina se oscurece. 

El pobre Mensú cruza el campo callado, llega a su casa con sangre y tinta en las manos, se saca los zapatos, y acaricia la mejilla de la mujer de ojos cansados que se quedó dormida en la silla esperándolo. Ella abre los ojos, (una letra se le cae de la lengua).

LAS MANOS DE LA TERNURA - OSWALDO GUAYASAMIN. Mensú
‘Las manos de la ternura’; Osvaldo Guayasamín

Algunas apostillas sobre la literatura: Cuerpo y poética

Los hombres pueden preciarse de escribir honesta y apasionadamente sobre los movimientos de las naciones; pueden pensar que la guerra y la búsqueda de Dios son los únicos temas de la gran literatura; pero si la posición de los hombres en el mundo tambaleara por un sombrero mal escogido, la literatura inglesa cambiaría dramáticamente.
Virginia Woolf

Definimos un punto de partida: la constitución de la identidad es una toma de postura política frente a los hechos del mundo. Y si la literatura es una extensión de la identidad, por lo tanto, toda poética es (también) una posición política. Cuando argumentamos en las apostillas anteriores que el lenguaje razona como una extensión del cuerpo (y, por eso, es una relación entre cuerpos -ver Algunas apostillas sobre literatura: ¿Qué es la literatura? y Habeas Corpus– hacemos referencia (también) a que la construcción de una poética es una extensión de la identidad, es decir, una toma de postura política frente a los hechos del mundo. Un mundo que, cabe resaltar, hilvanamos nosotros mismos, tejiendo la inconmensurable telaraña de ficciones cotidianas en las que nos movemos. Los periódicos, el Internet, las revistas culturales, las conversaciones, las esperas, los besos, la feroz interrogación de la existencia, el pan del almacén, etcétera. Somos los escritores de la sospecha porque comprendemos que la realidad y la ficción no pueden entenderse como un divorcio, no se les puede determinar un límite -ver Sospechaturas-. Y es, justamente, desde este coqueteo constante entre el ser o no ser, en donde está fundamentada la constitución de la identidad (que es una toma de postura política frente a las ficciones cotidianas del mundo) y que se extiende hacia la constitución de una poética propia. Entendámonos bien. Una poética no como forma de escritura, sino como forma de ver. La poética se piensa como una forma de ver el mundo, de “leer” el mundo, en tanto realidad, y en tanto ficción. Y es allí en donde yace su postura política, en esa “lectura”. La poética y el cuerpo son, por lo tanto, como tu mano y mi mano, entrelazadas, caminando juntos por la avenida De Áviles, por la calle Corrientes, por la estación Federico Lacroze. Como tú y yo: es decir, espejos.


Imagen de portada: Adriana Leibovich

A-mar

Por: Gustavo Girardi

Él– ¿Escuchas?

Ella– ¿Qué?

Él– El mar, las olas rompiendo en la costa.

Ella– Escucho eso y las gaviotas que vuelan sobre nosotros.

Él– Qué maravilla, qué  inmensidad.

Ella– Somos como un granito de arena.

Él – ¿Por qué lo decís?

Ella– Fíjate, (juntó arena entre sus manos), un granito es insignificante entre tanta arena.

Él– ….

Ella– ¿No decís nada?

Él– Es que me quede pensando, vos sabes muy bien que pienso mucho.

Ella– Lo sé. Por eso cuando piensas me encanta mirarte.

Él– Tenés razón, somos tan pequeños en esta inmensidad.

Ella– Demasiado pequeños.

Él– Pero hay cosas que me hacen sentir como Godzilla.

Ella– ¿Cuáles?

Él– Estas por ejemplo, ¿o me vas a decir que no?

Ella– La de estar mirando el mar, sí lógico.

Él– No me refiero solamente el mirar el mar. Sino también a nosotros.

Ella– (Apoyó su cabeza en el hombro de él)

Él– Cuando estamos juntos todo deja de ser insignificante.

Ella– Dejamos de ser granitos de arena.

Él– Somos más inmensos que el mar.

Leonid Afremov-horizonte azul
Leonid Afremov.

Shupma na shamá

Hugo Ball

Y nos vi en el tren, naciendo como el mareo, muriendo con los minutos/reloj, desparramando los segundos/canción, comiendo la vibración de la estación. El hilo colgaba debajo del portaequipaje, mientras vos dabas una clase de philocidades, le leías las manos a Sophia, o hacías un dictado sobre la ironía.

El hilo colgaba desde la invisibilidad sospechosa del aire, desde la descendencia intercalada del enjambre, (tren de alambre). Y mientas tanto yo te seguía con las palabras, el hilo colgaba de tu espalda/espada. Y la ciudad que pisoteamos nos enseñó a calcar mapas, no a caminarlos de rodillas, porque se suben las napas, (dijo un hombre de corbata).

Y en realidad creemos que somos porque nos perseguimos, y en la persecución: zigk zagk, irnos o no irnos. Somos cansados que se reaniman cuadra por cuadra, pisando las hojas húmedas y las palabras. Y el invierno que ya se cansó de nuestros bardos, que nos detesta por perseguidos y karawanados.

Tenemos la valija llena de tierra y de tunadayminada y vamos siempre hacia la misma tierra de la calle cortada. Porque tu kasa y mi caza son la misma cosa, y la calle que nos lleva a mi caza, (nos estalla), nos estalla la cabeza de pensar, que esta persecución se sube sin pagar; se sube al bondi y nos escupe la canción, (des/dos/intoxicación).

Vení acá un minuto, te voy a contar quién soy, desde que me diste la mano, soy la persecución. Y todo el tiempo estoy alerta de escribir algo mal. ¡Qué miedo tengo de hablar de menos! O perseguirte de más. Que te invíto con tilde, que desime con s, que la libreta sin mesa, que tu amanchada careta.

El hilo que cuelga del aire es de shupma na shamá, y la trenada se frena, cuando vibramos, ya no está; el hilo se cae al piso, lo veo desde la estación, es de mañanas con usté, es de manos sin lavar, es la patada en el pecho, es la carrera hacia el techo… y el hilo cuelga del aire, es de shupma na shamá, es tu estaca, y es un grito: ¡Ceci n’est pas une hilito!

Y sin mira pa‘ lante, ¡pucha!, ya nos estamos yendo, siempre me doy cuenta tarde de las cosas, cuando las estoy escribiendo.

Literatuya

“Tendría que haber en nuestro lenguaje palabras que tengan voz. Espacio libre. Su propia memoria. Palabras que subsistan solas, que lleven su lugar consigo. Un espacio donde esa palabra suceda igual que un hecho”.
“El relato no hace más que relatarse a sí mismo. Lo importante no son las palabras, sino los hechos que no están en las palabras y que precisamente rechazan las palabras”.
Augusto Roa Bastos.


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Fotografía de portada: Lucía Verderosa.


El oficio de poeta sonriente

Estaban muertos desde un principio” Gonzalo Arango

Empecemos por cuando usted imaginaba que la luna era una mirada y que estábamos siendo observados, -escrito, a mi gusto-. Aunque sinceramente a esta altura de nuestra escritura tenemos que empezar a sospechar de todo, (la literatura es una sospecha): de lo bonito, del escalofrío, del aumento de sus lentes y de mi cara de sospecha.

Buscamos nuevas formas de decir, nos desesperamos, nos morimos de frío, nos llenamos de humo, nos mojamos el pelo y seguimos buscando. Quizá en medio del humo estén todas las respuestas. Y desde ya le pido disculpas, usted sabe bien que me fascina la catarata de palabras, el arrebatamiento, no puedo evitarlo. Y no va a encontrar calma acá, no va a tener tiempo de acariciar letras sumisas y suaves, -ya no existen, el humo y la humedad las despierta-. Ya se lo voy a explicar mejor, y ojala no suene perverso,(¡que suene!), pero: lo voy a matar a palabras.

¿Para qué correr a buscarlo si puedo escribirlo? No como destinatario, claro, (nunca va a ser el destino de algo que tenga que ver conmigo), sino como papel. Lo voy a escribir como a las hojas blancas sin renglones. Y no piense que acabo de encontrar esa nueva forma de escritura, es sólo una excusa para decirle que no tengo tiempo de extrañarlo porque las letras me están ahogando, buscan mi intervención; son dependientes y estúpidas sin mis manos -que más torpemente intentan guiarlas-. Pero de todos modos, deme la oportunidad de extrañarlo en este mundo de plástico. Escribámonos cada una década, (sería muy egoísta borrar una historia que le pertenece al único mundo que conocemos), así muere todo, así muere todo, así muere todo menos la poesía. Y por si la muerte de todo se toma revancha, le confieso que supe de su terrorífico oficio el día que le pregunté algo sobre el tiempo y usted me dijo que le dolía la cabeza de sólo pensarlo ¡Y sí hombre, hasta que no explote su mente y manche las paredes con barro pisoteado por Arlt, no paramos! En fin. Empecemos por cuando usted se imaginaba que su cara era una vidriera, y le empezó a sonreír a Darío y a Macedonio como le sonreía al bancario a las 9 de la mañana.

Buscamos nuevas formas de decir, y mientras tanto usted practica en el espejo la mirada que le combina mejor con sus zapatos marrones. Me explico mejor, para que se saque el sombrero y me mire como miró una tarde el disco sucio de Goyeneche; cuando usted todavía escondía la sonrisa y apreciaba el perfume del café que no vamos a tomar por la mañana. Le estoy proponiendo algo: basta de frío, borrémonos por completo, como usted no se anima a borrar la poesía que escribe por la mañana en la fila del banco o en la tertulia bancaria de los poetas sonrientes. Que no nos quede ni el límite del lenguaje, que no tengamos en donde encontrarnos más que en la vereda de su casa o la mía, como cuando la vida no tenía música, pero tampoco ecos. Quedémonos sin un lugar a donde correr cuando el mundo esté por explotar, que no haya un sitio en donde decirnos questo o quelotro, que su sonrisa con moño agridulce se pasee por toda la ciudad buscando una rima que ya existió y murió por banal y plástica.

¿Y para qué correr a buscarlo si puedo escribirlo? Usted nunca va a dejar de irse, es algo así como su destino, irse, siempre irse, tarde o temprano, siempre o a veces, en silencio, con el grito del portazo, siempre se va pero se queda; porque es su oficio, (porque si no se tiene oficio ni profesión, de nada sirve sonreír al bancario y a Darío, ¿no?). Y de repente todo el mundo amaba su sonrisa empaquetada con azúcar impalpable. Mientras tanto yo escuchaba la gota de agua pegándole a la biblioteca vieja, pensaba en las canciones muertas, en los vivos de mentes dormidas, y detrás del telón seguía soñando con un poeta callado y sonriente, tan sonriente que daba ganas de despertar al sueño de una cachetada.

Empecemos por cuando usted se imaginaba que nos escribíamos la espalda, y espero no suene cruel (¡que suene!), pero, lo voy a matar a versos incompletos. Me explico mejor: ver su nombre en alguna pared de Buenos Aires es mareo y nausea de tardecita, (y no me mire como miró una tarde el viejo libro de antónimos, nadie se muere por encontrar un orden estratégico y asesino en un grupo de letras), pero no juguemos con la literatura, (usted sabe): sospechemos. Y por última vez, disculpe, pero no tengo tiempo de extrañarlo. Alguien me necesita más. Alguien me necesita más que yo a usted. Las letras están confundidas, necesitan mi aterradora inspiración para ser, y entre extrañarlo y dar vida, me quedo con el insomnio. Y tal vez lo extraño. Y ojalá no suene perverso (¡que suene!), pero lo voy a matar a letras. Así es como se mata el sueño y el amor. Así se mata poetas sonrientes, así se mata hombres de papel.

Gonzalo Arango
Gonzalo Arango

Despellejándonos

“Se pueden hacer castillos en el aire / que al rato los derriban con metrallas. / Lo verdadero es que nos queda el sobresalto, / la duda de pasar o no de la raya, / de alzar el brazo y agitar nuestra consigna: / ¿Se hizo o no la vida para el hombre?

Fernando Nieto Cadena.

 


Llevo tiempo sin dormir. Llevo tiempo sin dormir y puedo ver la hojarasca rompiéndose entre mis manos. Llevo tiempo sin dormir, y se siente un poco así, como tener el otoño entre las manos. Despellejándolo. He oído la voz detrás de la voz (de atrás del tú/vos). La cara de Dios pezcollage1.jpg aflora en las hojas. Aflora en harapos. En harapos con forma de luces. En lo ancho de la noche hay pupilas verdes. Me persiguen. O, al menos, siento que me persigupezcollage2.jpgen. Siento que me persiguen y tus manos, a lo lejos, son de bandoneón. Son de bandoneón y destruyen muros, como un hálito en prosa y verso. Y me persiguen. Entre la ciudad y la sombra de sus barricadas. Van dibujando desfiguros en el borde de las farolas, enredándose en los cables de luz, atravesando el cemento de nuestros corazones. Estrangulando las cañerías dentro de las paredes cuando afuera espezcollage3.jpg madrugada, en la calle, y en vos. Madrugada sonriente de veranito engrillosado. Madrugada de mate y canción de las simples cosas. Ya lo sabes bien, la poesía es una querella. Y si estoy herido ahora es porque perdí algunas batallas. La poesía debe matar a la poesía, así es cómo son las cosas. Matarse entre lpezcollage4.jpgenguas que se muerden sobre la alfombra del verano. Y por cada lengua que se muerda, un beso ¡Y por cada beso, otro beso más! ¡Y otro más! ¡Que entre beso y beso se hace la literatura, carajo! Porque, si la poesía es sólo un gesto, la única opción que tenemos es tomarnos de las manos mientras miramos nuestra infancia desde lejos, como una huella de barro, y nadar como un pez espada. Nadar como un pez espada en lo ancho de la noche del lenguaje. En donde siento que me persiguen. Y nuestras manos, a lo lejos, son de bandoneón y destruyen muros. Y bailan un tango, como siempre, despellejándonos.

Negravisnky

“Lo que hay, es que esas cosas uno no se las puede decir a la gente. Lo tomarían por loco. Y yo me digo: ¿qué hago de esta vida que hay en mí? Y me gustaría darla… regalarla… acercarme a las personas y decirles: ¡Ustedes tienen que ser alegres! ¿Saben? tienen que jugar a los piratas… hacer ciudades de mármol… reírse… tirar fuegos artificiales”

Roberto Arlt


Te invito a esta querella que ya tiene su final en la calle de la baldosa rota, te invito a esta querella que se llama texto, que se llama yo, que se llama vos, que se llama usted, que se llama tú; te invito porque sólo vos conocés mi incomodidad al escribir en primera persona, y por eso te pido que te pongas junto a mí este sombrero de letras que quieren decir nada más ni nada menos, sin temor ni compasión, que una mañana de frío el espejo nos pegó una trompada.

Hoy estoy maravillada, hoy tengo 9 años y quiero ser Mercedes Sosa, hoy sé que hay tijeras más afiladas en la ciudad de los incómodos que no encajan en la paciente crisálida soñadora, ni en la fugacidad de las manos en la masa de la consciencia: ¿Soy una figurita que quieren recortar o los pies de Johnny Carter saltando sobre el barro de París?

La ciudad de los incómodos desencajados, esa ciudad a la que vos le llamás mundo, hoy es nuestra, aunque nos duela la cara, aunque nos desencontremos cada tarde pálida, cada invierno color tusueter. Y te invito a esta querella que ya tiene su final en el texto en donde nos encontramos y recordamos la pregunta del cartel de la estación, (y si en el texto te dieras cuenta de que encajamos como dos palabras): ¿sería posible o imposible?

A veces me conformo con leer tunombre en alguno de los muros en los que escribo y tacho, sabiendo que tuhabitación es un desastre, pero tuguitarra tiene su pie y tuenchufe su adaptador; sabiendo que desastrosamente hablando, entre canciones de la negra, Charly, Salinas y Juárez se nos abre el cielo y tenemos miedo, pero ¿qué hacemos con miedo y con un sombrero de letras en la cabeza? Todos miran el sobrero y piensan ¿por qué? Nosotros recordamos que nuestro mayor miedo no es ser inadecuados y vos agarrás la A de mi cabeza y yo la M de la tuya para no levantar sospechas inadecuadas en el momento y el lugar en el cual estamos caminando con las zapatillas embarradas y mojadas.

La ciudad de los incómodos apaga sus luciérnagas, alguien se choca la cabeza contra la reja negra, y la mañana tiene gusto a mate y a la canción que intentaste cantarme por teléfono la tarde en que la tijera social nos miraba despreocupada a la par de Vivaldi, cuando el espejo era sutil y bondadoso.

Te invito a esta querella que termina en guerra, que termina en pregunta y escape, en inadecuados gestos de complicidad y en un espejo asesino; te invito a la ciudad de los incómodos, que tienen un sombrero, viven en la palma de la mano de Stravinsky, en poncho rojo de la negra Sosa, y cuando se van a dormir se preguntan: ¿alguien recordará el tempo de mi risa?

Duchamp
‘L.H.O.O.Q’; Marcel Duchamp

Plomo en Granjas Road (Por Mixar López)

 ¡Tiembla, desorbitado hipócrita, inhumano parricida, incestuoso violador! ¡Tiembla ante la magnitud de tus crímenes! ¡Y tú eras el que se consideraba a prueba contra las tentaciones, absuelto de las fragilidades humanas y libre de los errores y el vicio! ¿Entonces el orgullo es una virtud? ¿La inhumanidad no es un pecado? ¡Sabe, hombre vano, que hace tiempo te señalé como mi presa!

El monje, Matthew G. Lewis

 

 

El Diablo es como una liga difícil de estirar, pero a veces se encoge, se pliega, se frunce, y otras se ensánchese, se agranda, o se dilata, como aquella noche en el oscuro condado de Granjas Road, un lugar olvidado por toda civilización, por todo ojo hospitalario y bondadoso; la más fría representación de la indolencia y el desencanto, un lugar asqueroso como pueden existir pocos, nauseabundo, repugnante y mal oliente. El aire olía mal, los suelos, las paredes, oían mal, era una noche fosca como todas en ese pedazo inocuo de la villa, las casas rodantes se unían como ratas al frío, como una fea camada de ratas queriéndose dar calor, eso eran esos objetos con ruedas en donde la gente dormía, comía y hacía el amor, entre lo rancio del esperma, el whisky abaratado y las cachetadas en las nalgas, entre las escopetas, los incestos y los primeros vellos vaginales de las cerditas ardientes, un infierno tras el infierno, una maldad torpe, idiota, la del ser humano de Norteamérica, ¿no veis, la luz de la aurora, lo que tanto aclamamos, la noche al caer? Ella tenía la vagina dilatada, contraída, el chico mecía sus dedos con las uñas llenas de ocre dentro de ese molusco rancio y apestoso, gemía, ¡oh sí!, cómo gemía, una gata a su lado sería un cocuyo. Ella gemía como si se la estuvieran hundiendo de verdad, si, como si un gato le horadara la haba, el gato macho tiene en su pito pinchos de queratina que desgarran el útero al moverse, así los dedos del mequetrefe, sucios hasta el hueso, infectaban el ardiente coño de la campirana de mierda, y gemía, y gemía, ¡oh, cómo gemía! frente a los dedos asquerosos que se contraían, que se cerraban para convertirse en un puño, todo dentro de esa vagina escuálida, rellenándola, desgajándola, sólo necesitaban un lugar para abrir bien las piernas, para no ser ofuscados por las moscas, la lengua sedienta de los perros y el olor a mierda, el auto cinema, pensaron, había que pedir las llaves de la vieja furgoneta a padre, y aunque sería difícil, quizá lo conseguiría el chico. Saco el puño baboso de la vagina-molusco y entró al basurero con ruedas en Marshall Granjas Road, el único lugar en donde el Diablo se va de putas. Trebejos salieron emitidos del basurero rodante, botellas de whisky, vajilla mohosa, zapatos, cuchillos, machetes. Esa fue la respuesta que obtuvo de padre, golpes en la nuca, en las costillas, sendas patas en el culo, macizos golpes en la quijada, “—ningún insolente tomará prestado mi auto”, otro certero golpe en la cerviz, como a un gato, como felino antes de ser asesinado, sólo para que se instruya, un país, una civilización se puede juzgar por la forma en que trata a sus animales, y en EEUU a los hijos como a los putos animales, se les trata con la punta de la bota. Así debe ser, decía padre, antes de arranarse de nuevo en el desvencijado sillón, a beber licor barato y ver programas estupidizantes en el severo televisor estropeado, todo esta estropeado en esta nación, la televisión deteriorada, a rayas, coniforme es la metáfora perfecta de la mente del gringo de mierda; el fusil bajo la cama y junto a los condones, los perros con cadenas, los pitos infectados, el semen de las niñas de trece años corriendo por sus piernas, hacía sus talones, directo al piso, directo al infierno. El chico salió magullado del termatoste con llantas, pero aún con la verga henchida, la verga de un gato joven puede estar erecta aún después de una guerra, esa es otra alegoría de norteamericana, los lerdos pueden estar excitados aún después de bombardear naciones, y el cuerpo del meco estaba minado, explotado por la ira del padre, un beso más a la guarra y decidió por hurtar las llaves, a final de cuentas, solo serían unos kilómetros, unos cuantos kilómetros y nada, cerrar los ojos, coger, dejar de oler la mierda, para oler los mariscos de la entrepierna de la nena, la molusco, la niña, la gata apestosa. Unos cuantos kilómetros por la oscura avenida de terraplén y estaría cogiendo de lo lindo, a pata suelta, tumbado, mientras Béla Lugosi, el vampiro elegante, extiende su capa, sus colmillos en la pantalla grande, así mismo, el gato, incrustará su husillo en el hueco mohoso de la ninfa, sólo unos cuantos kilómetros, sólo unos cuantos pasos de regreso a la casa rodante, sólo una llave, una maldita llave para dejar de oler la mierda, la mierda emanada por el culo viejo y añejo de padre, ¡Oh así sea siempre, en lealtad defendamos Nuestra tierra natal contra el torpe invasor! Tomó las llaves, ya no hubo más disputa, padre dormía, ¡Oh, decidme! ¿Que es eso que en la brisa ondea?, las llaves, las putas llaves doradas de la furgoneta, y el boleto a un sexo candente, como el Twister de la infancia, cuando manoseabas el culo de tus primas y les untabas la verga en las caras, rubias, inocentes, pecosas; ahora tomarás la furgoneta y se aparearán los gatos, en Granjas Road. Durante el celo, los gatos macho maúllan fuerte y orinan para marcar su territorio, en Granjas Road, lanzan orina a presión como un spray de pintura sobre las paredes, matiz genital, con un olor difícil de soportar hasta para los norteamericanos, en Granjas Road. Los gatos en celo se vuelven inquietos y agresivos, tratan de escapar fuera de casa, robando llaves de furgonetas, para desaparecer así por algunos días, las jóvenes gatas gringas maúllan considerable y se refriegan por el puto suelo levantando el culo muy arriba, en Granjas Road. El pequeño pelmazo felino la monta y la inmoviliza, mordiendo con los dientes en la zona del cuello, intenta este gesto de morder para realizar la monta, inmovilizando a la frívola gata, La puta maullará y sentirá un dolor perverso debido a las escamas córneas que recubren el pito del animal, y así, hasta que otro gato, más avisado entra en la escena, con una 22. En Granjas Road. Nuestra causa es el bien, y por eso triunfamos. “Creo que si lo pensaran bien se podría crear un reglamento que permita el uso del 22., tan solo hay que dejar las cosas claras, tanto las opciones permitidas como las prohibidas. Como ya han dicho es un calibre que se usa para la caza de alimañas y su control es perfecto; pero hay que dejar muy claro sus limitaciones de rutina. Yo personalmente estoy deseando que hagan algo al respecto, permitir su uso para lo anteriormente dicho, con una autorización y permiso especial para caza exclusiva de alimañas, su uso exclusivo desde puesto fijo, la prohibición de su uso mientras se están practicando otras modalidades de caza, fechas para su uso, separación entre puestos, especies autorizadas… así con un buen control, creo que se podría plantear su uso en la caza. Lo que pasa que para evitar tener que controlar es mas fácil prohibirlo y a joderse todo en mundo. El sello que lleva puesto el 22. como arma furtiva es muy difícil que lo quiten, por culpa del exceso de su uso para estos menesteres de unos pocos hijos de puta”. Fueron las palabras que había dicho padre, el viejo gato, por televisión, un día apestoso en que le preguntaron acerca de la legalización de las armas en Estado Unidos, la Segunda Enmienda a la Constitución de los Estado Unidos recogió el derecho a poseer armas tanto en su interpretación medieval como en la moderna. “A well regulated militia being necessary to the security of a free State, the right of the People to keep and bear arms, shall not be infringed.” Así que el gatete mayor tomó el arma, una hermosa 22. y apuntó de lejos, como se le apunta a las zorras, apuntó de lejos y dio justo en la espalda del minino. Lo había hecho molestar, había tomado sus llaves y se dirigía rumbo a la vieja furgoneta de papá, tomado de la mano de la putaca esa, ninfómana servil de inconmensurables casas rodantes, tanteadora de todos los pitos de la región, multisabores, multiolores, la puta del condado, en Granjas Road. La bala, el plomo, se hundió en el lomo del gato, lo atravesó, como aquel pito lleno de espinas se atraviesa en el coño, el plomo lo atravesó, pero no hubo sangre, no hubieron chillidos, no hubieron consternaciones, no hubo nada, el gato mayor dio la vuelta, entró al culo de rata, y se echó a dormir, arrojaron al gato en el rastrojal, como a los fétidos gatos atropellados El parricidio había sido consumado, Siempre fue nuestro lema, en Granjas Road, y en todo el país: “En Dios Confiamos”. ¡Y desplegará así su hermosura estrellada, sobre tierra de libres, la bandera sagrada!

El Cristo en la Pared (Fragmento)

Por Edgar Jaimes

El gordo sirvió los tragos como Marcela se lo ordenó. De la guantera sacó un cofrecito idéntico al que ella tenía en su mesita de noche y Lo abrió. En el interior del cofre había una bandeja de plata y tres tubos de coca. El gordo puso la bandeja sobre el tablero del carro y trazo tres líneas de droga.

—Miguel no desprecies mi invitación… mira que esta coca es de lo mejor que he conseguido, ya veras. —me dijo Richard.

—Esta bien hermano, vamos a ver que es lo que usted consigue para divertirse — le dije.

La coca de Richard era increíble. Mi cabeza empezó de inmediato a dar vueltas sin parar; el efecto fue único. Marcela sirvió la siguiente ronda de tragos. Bebimos la primera botella de whiskie. Marcela quiso deshacerse del gordo. La muy cabrona le servía tragos llenos a Richard para emborracharlo rápidamente; de igual forma le trazaba largas líneas de droga. En menos de nada Richard estaba como loco, perdió el control y se bajó del carro. El gordo estaba delirante. Estando fuera del carro, Richard se quitó la camisa y empezó a saltar de un lado para otro. Marcela lo animaba muerta de risa.

—¡Así Richie! …quítate el pantalón amor mío; baila para mi… ¡qué lindo! …eres un amor…mira Richie, toma un trago para que no te canses… ¡epa! tu si sabes cómo excitarme… el pantalón amorcito: quítatelo… ¡sí! …así…eres muy guapo…estas buenísimo…

Permanecí sentado en la parte de atrás del carro observando la patética escena de Richard. Marcela era perversa con este tipo, se burlaba de él sin consideración. A mí no me causaba pena ver el denigrante show del gordo; solo me parecía increíble que fuera tan estúpido. Después aquel espectáculo, Richard regresó al carro. Marcela le abrió la puerta y él se sentó frente al volante quedándose dormido inmediatamente. Marcela pasó a la silla de atrás y se sentó a mi lado.

—Ahora estamos solos Miguel.

—¿Solos? Mira cómo está la belleza de tu novio, si sigue así terminara muerto —le dije a manera de regaño.

—Eso no importa, lo que nos debe interesar en este momento es que el gordito se durmió; dime ¿Qué quieres hacer ahora que estamos solos?

Marcela traía puesto un vestido blanco y viéndola de cerca se alcanzaba a notar su ropa interior. Debajo de su vestido traía una pequeña tanga rosa y un sostén del mismo color. Ella me miró fijamente a los ojos y sin decir palabra se montó sobre mí con las piernas abiertas. Impulsivamente metí mis manos en su falda y acaricié sus suaves y firmes muslos. Instintivamente seguí subiendo mis manos hasta llegar a su sexo húmedo, luego bajé su tanga lentamente. Ella me miraba a los ojos, mordía sus rojos labios y respiraba agitadamente. Bajé mi pantalón. Marcela se acomodó hacia delante, sobre mi miembro: su cara frente a la mía. Entré en su cuerpo excitado. Ella maulló como una gata al sentirme entrar, luego puso sus manos alrededor de mi cuello y empezó a moverse lentamente permitiéndome entrar y salir de su cuerpo con facilidad. Disfrutábamos cada segundo, cada movimiento. Olvidamos por unos minutos a Richard que roncaba como cerdo en la silla del conductor. El acto se fue haciendo más intenso. Marcela aceleró su ritmo: sudaba, mordía mi cuello, mis labios, lamía mis orejas, se estremecía hasta que de su boca salió un fuerte gemido que por poco despierta al gordo. Marcela se vino. Segundos después hice lo mismo. Ella me besó apasionadamente en la boca al sentirme terminar. Esa fue mi primera vez aunque no se lo dije y, al parecer, Marcela no lo notó.

 

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Crisálida

“schampa wulla wussa olobo […] / wulubu ssubudu uluwu ssubudu”
Hugo Ball
“voy a ver si puedo correr / como la mañana silbandome la espalda / o mirando a las burbujas”
Luis Alberto Spinetta
“Somos dos corsarios del espacio / astronautas de la mar /la mar de los jardines burbujeantes /floreciendo a cada instante /mil palomos más”.
La manzana cromática protoplasmática

La literatura es verde, y niega al tiempo por su abundancia. Niega al tiempo por su abundancia, del mismo modo en que una fotografía lo niega por ausente. Escribí tu nombre con letra apretada y desnuda sobre el borde del silencio. El silencio, que también niega al tiempo, porque no puede enunciarlo (como se enuncia un poema). Pero no te estoy hablando de tiempos aquí, sino de literatura. Seamos claros, la estupidez siempre fue nuestro fuerte. Hace frío y es de noche. Y se escuchan sirenas a lo lejos. Y el auto solitario sobre la avenida De Avilés. Pasamos la tarde entera sobre la cocotera de nuestras palabras, como narcotizándonos. Y tu vieja, con un mate exageradamente dulce, nos pregunta qué somos. Y por no hacer metafísica de bolsillo, le respondo rápidamente lo primero que se me ocurre: “focas; si alguien te pregunta, somos focas”.  Lo peor de las autodefiniciones es que resultan innecesariamente embarazosas. Imaginate que un hombre, o una sombra, camina sobre una vereda lejana, a paso tranquilo como escribiéndose y de repente¡PIUM!se desvanece en cientos de miles de pájaros. Y los pájaros suben como burbujas en el agua oxigenada. Y en cada una de esas burbujas, hay un verso ¡¡Sospechaturas!! ¡¡Amanchádos explotájaros!! ¡¡Caosversaciones!! ¡¡Boludaire!! ¡¡Desmembranándonos sintagmáticos ocultholochus, sobre el precio de la luna, sobre los pétalos, sobre las náyades de tu lengua, sobre nuestra cara de soñadores!! Para cada piuck piuck de las burbujas habrá una nota musical. Y para cada nota musical habrá un sover al vesre; embarazosas, y agrego, muy cosquilludas. Aunque ahora que lo pienso bien, un poco de todo eso tiene sentido. Lo que más me gusta de vos es que no tenés tiempo. Y vas atravesando el aire, como grandes oleadas de pensamiento. Oleadas que llegan hasta a mí y se entretejen en mi pelo enmarañado de guitarra y negra Sosa. Pero no te estoy hablando de mi pelo aquí, sino de literatura. Así como yo, siempre supiste que la literatura es una sospecha. Una sospecha sobre la línea escondida (si es que tal línea existe) entre la ficción y la realidad. Una sospecha sobre la viceversa de las cosas (el vesre de los sosver); y así como la literatura, vos también te vas acostando sobre mí, verso contra verso, uno encima del otro, como tiempos que se cancelan, como constelaciones enteras de palabras haciendo acrobacias en el cielo de los peces. Es decir, somos una con-versación entre el peligro y lo que nos salva; y ahora te imagino así, en el inconmensurable accidente de mi conciencia, tal vez desnuda, tal vez adormecida, una tarde cualquiera, de un otoño cualquiera, un domingo cualquiera, juntos, escuchando Mercedes Sosa, tomando mate en silencio, con los libros, con las fichas de teoría literaria, con el sueño de todos los niños latinoamericanos que han muerto por culpa de un sistema que es una mierda colgándonos de los párpados, con los desaparecidos en el bolsillo, con la poesía nuestra de aliada, con la justicia de todas las mujeres secuestradas en nuestras palmas, con nuestro hijo jugando una guerra de castañas en el jardín, como un futuro escrito verso a verso; y el mundo se abre ante nosotros (se abre como crisálidas), y comprendo, como en un suspiro, que la literatura niega al tiempo por su abundancia, así como la fotografía lo niega porque está ausente, y que el amor será siempre ese fuego azul que nos venga a salvar. Y te acurruco entre mis manos y te doy el beso más lindo y literario del mundo.

El fuego es de color azul.

“Cuando la poesía tome las paredes, verás / cómo empiezan a temblar los líderes del mundo”
Al carajo Macedonio


Pienso en el lienzo que traza la casa y ensaya el ensayo de mayo de noye la yima yumiante en coyientes de yientes de yalmas yenpena, yorando, yoyó-yo¡YA EN SERIO! Pienso en el cielo de ballena azul durmiente. Pienso en el cielo de ballena azul durmiente y me quedo pensando en la palabra. La palabra como un pez espada. Li pilibri cimi ini misiquiti tidi chiqititi. Miro el cielo de ballena azul durmiente y pienso en los desaparecidos. Pienso que la peor tortura que sufrieron los desparecidos es no poder buscarse. Un desaparecido no puede buscarse. Nosotros, somos lo más que somos, porque nos buscamos continuamente, renovándonos como una cartelera de megacine. Nos buscamos entre las bocas de otras bocas, el barro de las zapatillas, y tus mates exageradamente dulces, y exageradamente tibios. Si bien, podemos encontrarnos algunas veces y podemos perdernos otras tantas, no importa. Podemos buscarnos y eso es, a fin de cuentas, la esperanza. Si nos quitan esa esperanza, no sólo vamos a desaparecer, sino que tampoco será capaz de conmovernos la más encandilante literatura. Y ahora, miro el cielo de ballena azul durmiente y pienso en los desaparecidos, y automáticamente me imagino muerto. Me imagino muerto, pero de una manera rara; muerto desde tus ojos. Me imagino cómo me estarías viendo vos. A mí. Muerto. Es una sensación irreparable, semejante a la cerrazón, a la yerba quemada del domingo. Y siento deseos de abrazarte mucho. Verás, es que en el fondo sé que vamos a abrazarnos tanto, a cogernos tanto, a escribirnos tanto, a buscarnos tanto, que encontrarte será para mí algo obligatorio. Ayer, por ejemplo, te encontré guardada como un bollito de papel en mi bolsillo izquierdo, junto al besayuno de todos los días. Y, efectivamente, tal vez la única esperanza que tuvieron todos los desaparecidos fue la de saber que se amaron furiosamente. Que se escribieron. Que se tocaron. Que se abrazaron. Que se hicieron el amor eléctricamente. A varios kilómetros de distancia, entre las ondas del aire. Y gracias a ese amor hoy son historia. Son Historia. Y por eso, se han salvado. Se han salvado todos. Fue ese amor el que los salvo, trascendiéndolos. Ese amor que los volvió un cielo de ballena azul durmiente. Un cielo de fuego. Un fuego. Un fuego inextinguible. Y ese fuego es hoy nuestro consuelo.


Sover al vesre

“Mas docuan el sover al vesre te patea la raca / sé que sos igual a mi saca” Amado Tiempo

Le había prometido que lo iba a llevar a la estación, pero cuando llegó el día se sintió perdida antes de cruzar la calle. Desde la vereda de enfrente vieron pasar el tren y no supieron qué hacer, estaban viendo uno por primera vez, juntos y solos, en una ciudad enojada con dos extraños que la pisoteaban con barro en las zapatillas. ¿Con qué derecho? ¿Qué eran sus pies en esa tierra sino caricias olvidadas o inexistentes? Ella no lo había encontrado, sólo se abrazó a la luz-locomotora que le voló el cartel que la guiaba al sur, (ay, si el sur gritara).

Del otro lado de la calle, parados, mirando el precipicio disfrazado de senda peatonal, pensó en abrazarlo con la intensidad de quien pone su vida en quitar las huellas de una espalda, las huellas de otras manos, las huellas de la tierra que el viento había empujado hacia ella. Quiso derrumbar todo el miedo de ser su peor tormenta, de convertirse en esa noche lluviosa en la que se olvidaron el paraguas en el colectivo y corrieron hacia el techito del kiosco de paredes azules. Él la miró y ella tuvo miedo, él dijo algo así como que era tarde para tener miedo, tal vez estaba sintiendo en los muslos sus manos temblando. Él quería ser poeta, ella quería ser libre.

En la casa de cortinas verdes ella cerraba los ojos y recordaba su cara, también el color de su bufanda, la forma de sus labios que no podían abrirse al pronunciar los nombres de las calles, ni el número del bondi que se acercaba, ni el nombre de la señora que le había regalado los jazmines la primavera en la que él se quedó dormido al lado de Frankenstein y de almohada le quedó Arlt incomodo. Quiso inundar la casa con los colores de aquel edificio desde el cual un hombre miraba pasar a la muchachita que trabajaba en el bar de enfrente, y nunca bajaba por miedo a distraerla de su sueño de bailar en el fin del mundo. Quería inundar la casa con esos colores.

Quería quitar de sus brazos todas esas marcas de fuego, quería descubrir en sus ojos una verdad sin pasado ni rastros de palabras derretidas. Pero no tenía suficiente creatividad para hacer su mirada de nuevo, ni para alisar la sangre de sus labios, ni detener la rebelión tardía de su barba, no tenía tanta creatividad, no. Tampoco alcanzaban sus pensamientos para imaginar un lugar fuera de él, ni sus manos tenían la fuerza suficiente para construirle una casa en dónde pudiese vivir un verso de Baudelaire, su madre, las piernas del Quijote, el perro con tierra en el hocico, el tú, el vos, y sus manos de mujer pálida. No tenía la fuerza suficiente, no.

¿Por qué la ciudad se calla cuando tiene que gritar? ¿Por qué los mapas se prendieron fuego antes de volver a cruzar la frontera? Que alguien les regale un camino, porque están andando sobre la vereda de la baldosa rota en la que encontraron la púa negra aquel día de invierno en el que él le regaló su bufanda. Que alguien les regale un camino, porque su compañero se queda dormido cada vez que le acaricia la mejilla mientras le lee un sover al vesre, porque él se hace cristal a su lado y ve la ciudad como la mira a ella de lejos tipeando un texto o tomando un té a media noche. Que alguien les regale un camino porque su compañero más que un poeta es un amuleto, ella lo aprieta fuerte en su mano y cruza la calle con los ojos cerrados.



Fotografía: ‘El beso’, de Robert Doisneau

Sospechaturas.

” y de un segundo al otro tengo un puñado de algo en las manos, te lo doy, lo agarras como si fuese toda la sal del mundo, y me lo devolvés hecho luna”
Antonella Ibañez Vulcano

Toda vida tiene su tangente. Tu cuerpo se curva, y es suave, como el fuego de una vela; mis dedos dibujan la curva de tu cintura como si fuese una boca, [tu piel de guitarra eléctrica]. Tu panza me sonríe. Me sonríe, ¿entendés? Es deslumbrante, porque cada vez que sonrías vas a iluminar la casa entera. Una casa llena de flores, y de peces; llena de cosas vivas. Y yo me divierto ensayando enfáticamente todos los sonidos de tu cuerpo. El mundo (te lo juro) es un gran harén; harén de lenguajes, aguardándonos. El mundo y su inconquistable piel de foca, tejida palabra por palabra. Apalabrándonos. El mundo y su gran resplandor acualático. Amamanchándonos. Y, si te quiero, es porque puedo encontrarte en el ronroneo de todos los gatos; en los faroles celestes del jacarandá; porque en tus ojazos hay una autopista guaraní. Siempre supe que la felicidad se entonaba como un ronroneo en guaraní. [Toda vida tiene su tangente]. La literatura es sólo una gran sospecha, y vos lo sabés bien. La sospecha de que la realidad no es muy-muy, ni la ficción es tan-tan, siempre dentro del inconmensurable travestismo de la conciencia. Porque toda vida tiene una tangente, es decir, una línea recta como mis dedos que roza a una curva prolongada como tu espalda, por uno de sus costados. Y, tal vez, un día nos despertemos temprano, hagamos el amor eléctricamente, y luego, veamos pasar por nuestra ventana al coronel Aureliano Buendía con las tripas en la mano, guiñándonos un ojo con chismosa y pervertida complicidad.