La indiferencia no tiene perdón

Todas las instituciones están sufriendo, hoy en día, una crisis radical que, de suyo, modifica sustancialmente tanto a así mismas como su relación con su afuera. Y quién no cree en este tipo de crisis, sinceramente, debería salir más. Ahora bien, tal crisis se sostiene desde una situación peculiar: la insistencia de lo que Nietzsche llamó “la ilusión de los trasmundos”. Un reflejo de nuestro tan abigarrado platonismo histórico produce, tangencialmente, un desarraigo entre la actividad crítica y la “vida real”, esto es, que las instituciones naturalizan su forma de ser y sus transformaciones, por un lado, y que existe una gran producción de reflexiones y actividades intelectuales ajenas a la vida lisa y llana, por el otro. Pensemos en el libro para poder pensarnos a nosotros mismos. Parece que la vida dentro de los libros estuviese una madre de años luz adelantada de la de nosotros mismos. En los libros se ha reflexionado sobre cuestiones trascendentales de nuestra vida que en su praxis vital siguen concretándose desde una mediocridad propia de los estereotipos medievales. Acérquense, sin más, a cualquier biblioteca y pónganse a hojear libros de filosofía, de sociología, de teorías de género, de ciencias políticas, de literatura (de ficción y de las otras), de lingüística, de psicología, de metafísica, de ética, de economía, y podrán ingresar a universos paralelos desmesurados. Por supuesto que también encontramos en los libros la estupidez de muchos. Nadie lo niega. Pero dentro de esta concomitancia lo que hay que preguntarse es por qué nosotros, hombres y mujeres, como sociedad y como individuos, no estamos a la par de esos libros mal llamados “vanguardistas” o “adelantados”. No estamos hablando de libros impresos ayer, estamos hablando de libros impresos hace cincuenta años que aún siguen considerándose “adelantados” (y lo peor es que no sólo a su época, sino a la nuestra). Acepto que un libro pueda ser adelantado a su época. No acepto, bajo ninguna circunstancia, que un libro siga siendo “adelantado” a su época, cincuenta años después de su época. Eso no es un buen decir sobre ese libro. Es un mal decir sobre nosotros mismos. Significa que en cincuenta años no pudimos aprender absolutamente nada. Significa que no fuimos capaces de escucharnos y darnos cuenta de que estamos cometiendo una equivocación y enmendar nuestro error. ¿Cómo es posible que el común denominador, el inconsciente colectivo, el sentido común, (o cualquiera de todos los otros nombres falsos con los que se le ha llamado al “correcto pensamiento de la mayoría”) siga sin comprender que la mujer no es una mercancía que se posee después de Simone de Beauvoir, Teresa de Lauretis, Judith Butler, Paul B. Preciado? ¿Cómo es posible que esa mayoría siga dándole valor a una meritocracia después de haberse escrito “El capital” hace un siglo atrás, después de Kafka, después de Nicolás Olivari? ¿Cómo es posible que nadie ponga un pie en la lucha para combatir el imperialismo después del “Calibán” de Fernández Retamar, después de José Martí, después de B. de Sousa Santos, de Rivera Cusicanqui? Y esto son sólo algunos ejemplos elegidos al azar, con el simple criterio de que son los libros que tengo más a mano del computador en este momento. La respuesta es muy sencilla: porque no los leen. Mientras que “Las aventuras del ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha” sea un libro que se edite para los estudiantes de literatura, mientras que “El capital” de Karl Marx siga siendo un libro para “zurditos”, mientras que la literatura comprometida siga siendo una ilusión del setentismo post Che Guevara de la que nadie le interese regresar, la separación entre la vida y las palabras seguirá siendo subrayada. Mientras exista ese subrayado, ellos habrán ganado. Y ninguno de todos los que han muerto hasta hoy por el capitalismo, por el patriarcado, por la miseria, por el poder, tendrán su justicia. Porque la justicia sólo existe si, después del hecho injusto, supimos ser mejores personas. Y para ser mejores personas tenemos que comprender que la simpatía y la empatía no son la misma cosa. Y que si algo parece estar desnudo, es porque está desnudo. Que es nuestra responsabilidad no comernos el buzón de la narcotización de la información. Y que, si renunciamos a esa responsabilidad, las palabras siempre contendrán su poder revolucionario.

Y llegará un día en que ni la más hermosa poesía será capaz de enternecernos. En ese momento, estaremos todos muertos. Para siempre, muertos, adentro de nuestros cuerpos.

Ezequiel Fernández Bados.

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