Miércoles negro: lo que nos ocupa es esa abuela; la consciencia que regula el mundo.

Significativo: por la cabeza no se pudren las civilizaciones. Lo harán, en primer lugar, por el corazón
A. Césaire

Todos los imperios caen, y esa es la ley primera.

Es cierto, lo más peligroso de la historia es el olvido. Ese olvido fue, en todas las épocas, la carta reivindicatoria de los imperios: cuando devenimos en ese olvido, vuelven a existir los Estados esclavistas, los colonizadores, la bota europe-unidense; se vuelven a repetir los infinitos muertos, y la gran máquina grecorromana de picar literatura. Cuando devenimos en ese olvido es cuando tendemos a desaparecer.

Entendámonos, marchamos por Claudia Lorena Arias, Marta Susana Ortiz y Silda Vicenta Díaz, asesinadas a puñaladas por Daniel Gonzallo Zalasar, en Mendoza; marchamos por Micaela Elias, asesinada en Florencio Varela por Héctor Velzaquez (remisero) cuando la llevaba al trabajo; marchamos por Adriana y Cecilia Barreda, ambas asesinadas por su padre a escopetazos, junto a su madre y su abuela; marchamos por Gimena Álvarez, violada y asesinada por dos hombres (por ser mujer trans); marchamos por María Cash, desaparecida en democracia en el año 2011; marchamos por Evelia Murillo, maestra rural asesinada de un disparo mientras intentaba proteger a sus alumnos de un violador, en Salta; marchamos por Nicole Saavedra Bahamondes, secuestrada y torturada durante días, posteriormente asesinada, por ser lesbiana; marchamos por Natalia Liva, asesinada de un disparo en la cabeza por su marido -policía bonaerense-; marchamos por Nora Dalmasso, estrangulada por su marido, Marcelo Macarron, quién hoy en día está libre; marchamos por Micaela Galle, Bárbara Santos, Marisol Pereyra y Susana de Barttole, asesinadas en su domicilio en La Plata; marchamos por Andrea Castaña, violada y asesinada, escondida bajo piedras, en Córdoba, después de dejar a sus hijos en la escuela; marchamos por Sandra Gamboa Ayala, hallada violada y asesinada en un edificio de ARBA, en La Plata; marchamos por Mariana, asesinada de dos tiros por su ex pareja;  marchamos por Sofía, niña de tres años, violada y asesinada por su padre para “castigar” a su madre; marchamos por Agustina Salinas, asesinada de una puñalada en el cuello por su novio, luego de una discusión; marchamos por Cassandre Bouvier y Houria Moumi, asesinadas en la quebrada de San Lorenzo, Salta; marchamos por Claudia Judith Palma, de nueve años, violada, mutilada, y degollada; marchamos por Liz Funes, asesinada por su ex pareja en Córdoba; marchamos por Marita Verón, secuestrada en el año 2002 para la trata de mujeres y la explotación sexual esclavizada (aún continúa desaparecida); marchamos por Leticia Cayuli, asesinada por Bruno Tula, en Ingeniero White; marchamos por Marisol Oyhanart, torturada y asesinada en Saladillo; marchamos por Karen Álvarez, violada y asesinada por dos hombres; marchamos por Carina Drigani, asesinada en Córdoba; marchamos por Lucía Pérez, drogada (hasta perder la respuesta corporal), violada, y asesinada por un paro cardíaco producido tras los múltiples objetos que le introdujeron en el recto contra su voluntad.

Una marcha que retroalimenta nuestra literatura de batalla. La retroalimenta en nuestros cuerpos, en nuestras mentes, en la extensa autopista de nuestra piel. La retroalimenta en una vibración eléctrica de dientes apretados, de puños apretados, en alto, al cielo. La retroalimenta, y es cierto, aunque haya quién no quiere que marchemos.

La verdad es que, hay algo bastante mal en este país, ¿no lo creen? 

Adivina, adivinador, de qué se trata tanta casualidad. Yo te propongo una serie histórica que no es una contingencia ni casualidad, sino un plan sistemáticamente practicado sobre nuestros cuerpos. Nuestros cuerpos, entendámonos, los de hoy y los de ayer. Un plan colonizatorio cuyo objetivo es pisotear todo su ser-en-cuanto-tal, por usar las categoría del verdugo, de los colonizados. Un plan de control

Y es curiosa esa palabrilla: colonizados. Una raíz común (coloniza) para dos personas: colonizados. ¿Cuáles dos? Los que fueron, y los que vendrán: ese es el objetivo del plan. La colonización de ayer necesita reduplicarse en los que vendrán.

Una colonización que se ha reduplicado, por ejemplo, en todas las dictaduras, financiadas por los imperios europe-unidenses, de América Latina en el siglo XX. Dictaduras desaparecedoras, torturadoras, aniquiladoras, y también esclavistas (ya no para una producción económica determinada, sino para una producción más peligrosa: la producción de una destrucción paulatina de la identidad de una persona; sin duda, una producción de muerte). Porque es cierto, si hay algo que tiene en común toda América Latina, es que huele a muerte. 

Por eso, adivinador, no es casualidad que de la colonización hayamos desembocado en las dictaduras, y de las dictaduras hayamos desembocado en los femicidios actuales (que no es más que otra forma de colonización, que no es más que otra gran forma de dictadura).

Por eso marchamos. Marchamos de negro, y no es casualidad. Marchamos llevando en nosotros, en nuestros cuerpos, el color de los vencidos: el negro. El color de los vencidos, ayer; el color de la resistencia, hoy. Y un pañuelo atado sobre nuestra consciencia. Porque si de algo estoy seguro es que el color de la revolución no es rojo: es negro. Porque si de algo estoy seguro, es que nuestro trabajo debe ser fijo y sin descanso, para que este plan sistemático de destrucción de seres no alcance a los que vendrán. 

Para que por fin, de una vez y para siempre, el amor nos venga a salvar.

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