Anacronismos: El desalojo del barril

íAnacronismos: El desalojo del barril

Debajo del campo verde, mucha sangre hay en el suelo,

yo bien sepa adonde voy, sin saber de adonde vengo

Atahualpa Yupanqui

Todas las casas de la infancia se parecen desde los ojos de un niño con ya muchos años en las manos. Todos los patios tienen al menos: una abuela, un barril para esconderse, un carro para levantar hermanos, y un changuito con cuatro ruedas para hacer los paseos turísticos por el pasillo de baldosas cuadriculadas, o navegar por la tierra mojada que ahoga la vereda inexistente. Y sobre esto hay una afirmación con la que nadie nunca podría disentir: es imposible conocer la procedencia de dichos elementos adultoinfantiles. Pero esta cuestión no tiene mucha importancia, porque el simple reconocimiento de la existencia de este trío, es antídoto para cualquier infancia vacía y fantasmal.

El barril fue casa, molino, y caballo triste para un pequeño y poderoso jinete. El carro fue el vértigo que terminó en guerra de castañas, y el chango de cuatro ruedas el grito dulce de la abuela desde la puerta de la casa.

Que todas las casas de la infancia se parezcan, al igual que las puertas cerradas de una biblioteca o el fuego destruyendo un poemario asesino de “mentes frágiles”, es una realidad aterradora de ensueño y confusión, de cadenas en la boca del estómago, de abrazos escalofríos y remos partidos. ¿Eran libros los que esa llama furiosa quemaba, o sólo pasto y paja? ¿Cuál de todas era mi casa?, ¿Cuál fue mi barril?, ¿cuál mi pasillo?, ¿el de cemento o el de barro?

Y a pesar de que los ojos empañados con humo de café y frío de ciudad ya no reconozcan aquella casa, la voz de la nostalgia sigue apretando los hombros de quienes hicieron de aquel barril azul su hogar, de quienes frente al desalojo de sus oscuros cuerpos y la destrucción de sus opacos tesoros, tuvieron que renunciar a vivir en ese barril toda la tarde, es decir, toda la vida. Porque para los que temen la caída del sol, el amanecer es la muerte cruel de todas las ilusiones nocturnas, es el eco del dulce grito de la abuela. Esa ilusión que está resumida en un día más. Y nuevamente llega el mañana y los encuentra con fiebre en los tobillos. Un día más y la espalda de los cansados comienza a sentir una caricia como un disparo a traición.

No hay zapateo que supere el cansancio, ni la tos de los libros que ya no se encontrarán en la biblioteca (ni debajo de la tierra). Tampoco las manos vacías encuentran un lugar en dónde sumergirse y quitarse los restos de barro que la navegación les dejó. ¡Y acá está! Acabamos de encontrar la bala del disparo a traición, estaba recostada plácidamente en las manos que ya no pueden tocar, en las hojas que ya no pueden ser acariciadas, ni arrancadas en un ataque de furia épica y pegadas con cinta en una embestida de arrepentimiento poético.

¿Cuál es el lado correcto de la lucha?, ¿el de la abuela vigilante de rodillas?, ¿el del hermano y su trinchera repleta de castañas?, ¿el mío, con sólo tres ramitas en la mano como arma de defensa?

Apaguen el fuego, ya estoy afuera. Me rindo. Acá están mis armas. Sólo tiren las castañas al suelo y vayamos a comprar caramelos a la esquina.

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Miguel Elías
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