Mates hitos

Autor: Pablo Javier Rosas

“De tantas cosas relacionadas con mi padre me acuerdo especialmente de aquellos regresos a casa después del trabajo.  Eran siempre noches grandes, cargadas de estrellas y silencio.” 
Antonio Dal Masseto

 

El agua que sube por la calabaza entibiece mi mano como una caricia de otoño. Ahí la dejo mientras sorbo el mate amargo, juego a escucharme en el sorber, aumento y disminuyo la intensidad de succión.
El mantelito sobre la mesa, impoluto, con sus florecitas vinílicas se pega a la base calentita del mate, parece que se ablanda y estira cuando quito la calabaza de encima, a veces hasta se queda algo húmeda la zona como si la calabaza se solidarizara con el sintético vergel estampado en el mantel y lo estuviera regando. Es un momento de introspección en que parece que todo está en orden, si hay algún otro ruido en el ambiente, prevalece siempre en los oídos del sorbedor, el ruidito de la bombilla. Es como un cosquilleo muy agradable y terapéutico. Siento que puedo controlar el silencio, sólo el vapor del agua caliente que lanza hacia arriba fantasmitas danzantes, desafía la quietud y la paz a la que juego controlar.
El próximo mate lo rebalso sin querer y algo de agüita verde de Pampa se escapa y chorrea alrededor, el cercano trapo de rejilla, infaltable en la mayoría de las cocinas criollas, me ayuda a volver a controlar el orden litúrgico de mi sesión de mate. Pienso en esa mini catarata donde cayeron unos trocitos de hoja y palitos de yerba como una reproducción en miniatura de la escena de la película La Misión, cuando cae la cruz en aquel imponente salto de agua y desaparece en la caída entre la efervescencia feroz del torrente. Pero en este caso controlo el drama con el trapito rejilla. Éste sacrifica su integridad por mí que me desembarazo del charquito ocasional.
Desde el remanso de silencio y control, es mi deseo más profundo volver a sentir la caricia otoñal que significa llenar la calabaza con el agua caliente otra vez. Jugaré nuevamente a sorber y escucharme, ésta vez dejaré el trapito rejilla más cerca, con su mancha verde que este mañana lo ha marcado, es la señal inequívoca de un momento más, de esos que conforman los rutinarios placeres cotidianos que a veces despreciamos.
Esa mancha que ahora me roba la mirada, por momentos la veo sin mirar, pero ya estoy analizando su forma, sin darme cuenta… me cebo otro mate y miro de reojo al trapito que me acompaña, ya la mancha se apropia de mi imaginación, ya no es la caricia otoñal, el
ruido del mate al sorber… El cosquilleo en mis oídos se distancia hasta casi desaparecer, ahora sólo busco una explicación en la forma de la mancha, es un acertijo verde, con restos de palitos y hojitas que sobresalen de la red que conforma aquel lienzo enrejado de algodón, como si fuera la espalda de un felino marciano, ese animal agazapado que acudirá en mi auxilio en la próxima mancha de mate que luego se transformará en otra bestia aún más grande y a zarpazos limpios deshilachará la calabaza si fuera necesario, para que no vuelva a manchar nada y todo vuelva a la normalidad y el silencio se apodere de la selva amazónica del mantel vinílico con florecitas silvestres de mi mesa.

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Molina Campos
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