Abcquenomesale

“Dentro de nosotros existe algo que no tiene nombre, y eso es lo que realmente somos” José Saramago

“El nombre que tenemos sustituye lo que somos: no sabemos nada del otro” José Saramago

-¿De dónde viene tu nombre[1]?-, le preguntó, y el verso que estaba tejiendo[2] se destejió escapando hacia la esquina de la avenida negra. Él miró hacia esa dirección deseando salir a buscarlo, pero volvió a mirar donde estaba ella, y eligió la prosa destructiva del salto al vacío, la mancha de café sobre las manos pálidas de sus pesadillas[3].

Siguiendo el hilo que colgaba desde[4] su mochila rota hacia su bolsillo vacío, llegó al banquito en el cual se sentaba a tejer algún verso, él, el que[5] nunca tuvo firma ni forma, el que con la voz cansada de tartamudear carteles de la calle, volvía silencioso a la habitación que diariamente olvidaba que existía, porque había hecho de la esquina su casa, y del banquito de la avenida una biblioteca cercada de voces viejas, pero menos cansadas que la suya.

Cuando ella tuvo su diccionario en las manos leyó cada palabra tachada con lapicera negra; eternizadas, apuñaladas, vibrantes, asfixiadas de vértigo. Tenía subrayada la[6] palabra CRISÁLIDA[7], y él se imaginaba una mariposa cuando la leía, se imaginaba algo que se rompía: su espalda que se rompía, que estallaba debajo de su mochila pesada, deshilachada.

Deso no vuelve“, le dijo un día él, el que nunca tuvo fe-forma-licidad, y miró con melancolía su diccionario azul[8]. ¡Y qué importaba!, si ella vivía las nauseas que le provocaba el intento de recuperar con sus letras la memoria que él se[9] traía callando en su voz noche de julio. Porque al final del día ninguno de los dos recordaba en qué esquina sucia de Buenos Aires se encontraba su primer palabra, su primer caminata sobre el barro caramelo del barrio lluvioso, su primer caótica pregunta, ni la primer última poesía que ella le había escrito, al sin fi[o]rma.

Él entendía la lijadura de la espera, del cielo esperanzarandeado y de las respuestas improvisadísimas. Por eso nunca tuvo firma, y cantaba sin olvidar quién era, quién era para él, quién era para ella, quién era para el aire que lo cacheteaba. Leía con emoción, corría con delicada in/dirección, adoraba los lugares vacíos. Mientras dibujaba[10] sus sueños, ella en silencio se preguntaba: ¿de dónde proviene su nombre?, ¿de qué calle rota?, ¿qué poeta maldito lo soñó? ¿qué vago del conur le escupió la cara?

Él, el del nombre tembloroso, dormía en las palabras que aún no conocía, (las decía dormido), y ahí estaba ella, mirándolo llegar desde[11] la[12] esquina rota[13] de Roca, con la Babilonia[14] en las mejillas oscuras, cambalacheando la vida. Lo veía llegar, desde la ventana de aquel diccionario, desde los ojos de aquella hoja, desde las hojas de aquel poeta ‘iletrado’ y confundido, que danzaba literariamente las palabras de su abcquenomesale [15].


[1] ¿Viste cuándo querés preguntarme como se llaman los hombres que se paran en la esquina de la avenida? ¿O cuándo quiero saber cómo hacer barquitos de papel que no se hundan? Vos me decís… y yo te digo…

[2] La araña que vive en la puerta de tu baño, ella te lo puede explicar mejor.

[3] Cuando te levantaste temblando porque creías que no habías llegado todavía a Buenos Aires, y sentiste que tenías las zapatillas y los bolsillos llenos de agua.

[4] Roca hasta Babilonia, ayer hasta mañana.

[5] Como cuando te dije que sos la mancha de café en mi mano pálida.

[6] Cuando hablás de mí, de la chica que habla rápido.

[7] La palabra que te hace imaginar que el mundo se parte en pedazos como tu espalda bajo la mochila.

[8] No como el cielo, sí como tu diccionario.

[9] Usted no se vaya nunca.

[10] Cuando me quisiste decir algo que no sabías cómo escribir, ni pronunciar.

[11] Tu casa hasta la mía.

[12] Cuando te acordás de mí, de la mujer que te regaló el libro de lunfardos.

[13] Tu mochila, la avenida, las uñas de tus manos.

[14] Nuestra casa.

[15] Tu nombre tejiendo pesadillas desde que la crisálida azul se dibujaba desde la rota Babilonia.

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