¡Neike, neike!

Yerba, verde, yerba en tu inmensidad quisiera perderme para descansar

y en tus sombras frescas encontrar la miel que mitigue el surco del látigo cruel”

Ramón Ayala

Cuando se cierra la puerta, la multitud se reúne detrás de ella para escuchar el suspiro del hombre asfixiado por su corbata, y después de esa ceremonia todos vuelven a sus puestos.

La puerta es un privilegio de los grandes, porque quien se refugia en su espalda puede respirar un instante al ver el mate y la yerba al alcance de sus manos. Cruzando esa frontera todo es distinto, el placer producido por el acto de succionar agua amarga y caliente es mal visto.

La silla giratoria y la cortina color gris se iluminan con más fuerza a las 7 de mañana, el momento en el cual el hombre estira sus brazos sobre el escritorio intentando llegar al otro lado de la puerta, para cruzar la ciudad y acariciarle el pelo a la chica de los ojos cansados. Media hora después suena el teléfono, los papeles salen vibrando del cajón, el frío del campo comienza a sentirse, y los dedos resquebrajados del hombre sienten la presión de la abrochadora, de la tierra infiltrándose en la grieta de sus uñas. Le duelen los pies, algo los está presionando cruelmente, sospecha de sus zapatos Gucci, o del bagual que el día anterior se le rebeló dejándolo de rodillas frente al patrón.

Unos pasos firmes y escarchados se acercan a la puerta de la oficina, el hombre se ajusta la corbata y corre el mate a un costado, dejando un abismo entre la felicidad y la torre de hojas que sigue intacta en su escritorio. ¡¡Neike, neike!! grita la voz que se acerca, y pasando la frontera de la puerta marrón se queda parado en frente de la mesa. El hombre lo mira, pero unos segundos después agacha la cabeza, le debe respeto, y sabe que la continuidad de su vida, el futuro de su familia, de la mujer de ojos cansados (que sólo tiene letras en la punta de la lengua para darle al mundo, sin pedirle nada a cambio), se encuentran bajo esos zapatos puntiagudos que lo miran sonriendo o burlándose de sus pies fríos y cansados.

Después de unos minutos asesinos la puerta vuelve a cerrarse, el pilón de hojas aumenta en altura y en incertidumbre. Sólo la ventana entreabierta puede calmar la asfixia mental, pero no, un edificio se interpone entre su vista y la utopisoteada libertad.

A las cuatro de la tarde, el ruido nervioso del tecleo, del impaciente resorte de la silla y del látigo cruel, dan al hombre la esperanza de que “falta menos”; entre silencios, hojas, y fronteras imposibles, el tiempo salta sobre la palma de una mano, y finalmente: la oficina se oscurece. 

El pobre Mensú cruza el campo callado, llega a su casa con sangre y tinta en las manos, se saca los zapatos, y acaricia la mejilla de la mujer de ojos cansados que se quedó dormida en la silla esperándolo. Ella abre los ojos, (una letra se le cae de la lengua).

LAS MANOS DE LA TERNURA - OSWALDO GUAYASAMIN. Mensú
‘Las manos de la ternura’; Osvaldo Guayasamín
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