Algunas apostillas sobre la literatura: Cuerpo y poética

Los hombres pueden preciarse de escribir honesta y apasionadamente sobre los movimientos de las naciones; pueden pensar que la guerra y la búsqueda de Dios son los únicos temas de la gran literatura; pero si la posición de los hombres en el mundo tambaleara por un sombrero mal escogido, la literatura inglesa cambiaría dramáticamente.
Virginia Woolf

Definimos un punto de partida: la constitución de la identidad es una toma de postura política frente a los hechos del mundo. Y si la literatura es una extensión de la identidad, por lo tanto, toda poética es (también) una posición política. Cuando argumentamos en las apostillas anteriores que el lenguaje razona como una extensión del cuerpo (y, por eso, es una relación entre cuerpos -ver Algunas apostillas sobre literatura: ¿Qué es la literatura? y Habeas Corpus– hacemos referencia (también) a que la construcción de una poética es una extensión de la identidad, es decir, una toma de postura política frente a los hechos del mundo. Un mundo que, cabe resaltar, hilvanamos nosotros mismos, tejiendo la inconmensurable telaraña de ficciones cotidianas en las que nos movemos. Los periódicos, el Internet, las revistas culturales, las conversaciones, las esperas, los besos, la feroz interrogación de la existencia, el pan del almacén, etcétera. Somos los escritores de la sospecha porque comprendemos que la realidad y la ficción no pueden entenderse como un divorcio, no se les puede determinar un límite -ver Sospechaturas-. Y es, justamente, desde este coqueteo constante entre el ser o no ser, en donde está fundamentada la constitución de la identidad (que es una toma de postura política frente a las ficciones cotidianas del mundo) y que se extiende hacia la constitución de una poética propia. Entendámonos bien. Una poética no como forma de escritura, sino como forma de ver. La poética se piensa como una forma de ver el mundo, de “leer” el mundo, en tanto realidad, y en tanto ficción. Y es allí en donde yace su postura política, en esa “lectura”. La poética y el cuerpo son, por lo tanto, como tu mano y mi mano, entrelazadas, caminando juntos por la avenida De Áviles, por la calle Corrientes, por la estación Federico Lacroze. Como tú y yo: es decir, espejos.


Imagen de portada: Adriana Leibovich

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