Rosana Gutierrez: «Para el segundo semestre me gustaría ser una escritora del reviente»

ENTREVISTA

Rosana Gutierrez 01b

 

Por Pablo Contursi

 

Rosana Gutierrez_Caceria de guanacosCredo quia absurdum est. La editorial Aurelia Rivera publicó en 2015 Cacería de guanacos y otros deportes de riesgo, segundo libro de Rosana Gutierrez. Esta nota es un intento por descifrar los misterios de una literatura que comienza en la aventura de una búsqueda imprecisa y que desemboca en un lugar y un tiempo no menos kafkianos que la Argentina contemporánea: allí donde el eterno retorno, el progreso y el subdesarrollo son las caras de una misma y cada vez más devaluada moneda.
Cacería de guanacos y otros deportes de riesgo se consigue en librerías Galerna y Hernández.

 

P. C. —Como es la segunda entrevista que me concedés, pasaré por alto algunas preguntas típicas para adentrarme en cuestiones polémicas, que son las que concitan el interés público y aumentan las ventas internacionales. ¿Cuál fue el proceso de escritura de Cacería de guanacos?

R. G. —Esta es una pregunta difícil de contestar porque el libro lo escribí primero en guaraní y luego lo traduje al danés, y lo que quedó en realidad es bastante incomprensible para toda la región occidental de oriente, e incluso, para mí misma. Sin embargo haré un esfuerzo por recordar.

Me parece que la idea de Cacería de guanacos la saqué de un libro de física cuántica que explica las leyes de la termodinámica y otras estupideces por el estilo. Recuerdo levemente que yo estaba en el patio de casa esperando que pasen los loros cuando uno de ellos cagó la portada del libro que mencioné anteriormente. El libro se arruinó para siempre así que no sé bien de qué trataba, pero igual, de las leyes yo me quedo con la número dos porque me parece mucho más adecuada para develar los vericuetos más intrincados del ser y la nada. Como diría Deleuze, «un creador es un ser que trabaja por gusto», cosa que en mi caso no aplica porque a mí no me gusta casi nada, y mucho menos trabajar. Excepto los guanacos que me resultan animalitos muy simpáticos creados por algún ente superior, llámese Dios, Buda o Lacán.

Más o menos así fue la cosa, ahondar en detalles sería en vano porque lo importante es la mirada del lector y la de los críticos literarios que consideran a mi libro algo «aún no leído», aunque en otros países se hablaba bastante de él.

 P. C. —De acuerdo con aquella consabida discusión sobre tu anterior libro, en la que tanto Paul Auster como Haruki Murakami debatieron en The Ellen Show y Saturday Night Live, Marcelino Retamar afirmó: «Un tutiplén es el elemento único de un conjunto distinto a todos, un ejemplar que a la vez es la especie, una clase que a la vez es el elemento único, y además es toda excepción a esta regla, y además es toda excepción a cada una de esas excepciones». ¿Qué pensás de eso? O sea, ¿qué es un tutiplén y para qué sirve?

R. G. —Es muy interesante esta pregunta, que me hicieron, contando ésta, exactamente doscientas cincuenta y tres veces; y nunca quise responder con la verdad, cosa que tampoco haré ahora porque no existe una verdad única sino una pluralidad de opiniones acertadas o no respecto a cualquier asunto.

Un tutiplén es un fragmento de algo inespecífico e inclasificable, como por ejemplo, un cacho de molécula o un chuflo de esos que hay en las cocinas de la mayor parte de los hogares de la patria.

Yo soy muy patriota, puedo jactarme de eso, por eso todos los 25 de mayo como pastelitos pero de batata porque el dulce de membrillo no me gusta, o mejor dicho, me gusta pero no en el pastelito. De todas maneras, a la hora de elegir me quedo con la crema pastelera, y si es en una ensaimada, mejor.

Pero volviendo al tema de los guanacos que es lo que importa, no pienso hablar del asunto y no te lo quiero volver a repetir.

 

El placer de la lectura. En Consideraciones acerca de tutiplenes y otros frutos del mar, libro editado en 2008, Rosana Gutierrez nos hace notar que una reflexión, una narración, un poema en prosa o una anécdota humorística pueden desviarse hacia todas las direcciones posibles, o incluso hacia ninguna en absoluto, sin provocar en los lectores la mínima molestia.
Muy por el contrario, ustedes verán, cuando en esa clase de caprichos hay disfrute. Prueben.

 

P. C. —¿Hay algún autor actual que puedas considerar una influencia? Me refiero a escritores que sé que leíste, te tiro nombres y respondé rápido, tenés 10 segundos (luego sonará la chicharra y Bariloche quedará lejos, demasiado lejos): John Berger, Carlos Busqued, John Irving, Mario Levrero.

R. G. —A John Berger lo vi una vez en Canal A, me influyó mucho en el sentido de que al día siguiente decidí redireccionar la antena para poder ver el 11 donde pasaban a Tinelli y todos bailaban y tan contentos.

Carlos Busqued es un gran catequista. Me enseñó a amar y temer a Dios e influyó mucho en mi vida, sobre todo una vez que fuimos a tomar unas coca-colas y como pedimos hielo nos cobraron un ojo de la cara. Por eso ahora uso este parche tan lindo que podés ver.

John Irving marcó un punto de inflexión en mi vida porque leí un libro de él que me regaló una amiga que se casó hace poco con un señor que parece extranjero y no me invitó a la fiesta. Todo esto que te digo lo sé del Facebook pero pude haber malinterpretado la foto y que en realidad el marido no sea extranjero sino que haya nacido en Palermo o Burzaco y sus padres, que eran psicoanalistas, le hayan puesto un nombre raro.

Mario Levrero es, quizás la única influencia de la que no reniego. A Levrero no le gustaba escribir. Sufría mucho escribiendo, le costaba un huevo ponerse a hacerlo porque en Uruguay las cosas no estaban ni están tan bien como acá que ahora todo se hace con gran alegría, ¿nocierto?

 

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P. C. —La alegría es una cuestión relativamente importante, es cierto. Pero más importante aún es contemplar a la Naturaleza en su maravilloso y misterioso esplendor. ¿No te parece? A propósito, volviendo a los asuntos que nos convocan en este ameno diálogo, ¿tenés alguna cosa que decir sobre los usos de la tecnología de hoy en día en cuanto a comunicación y redes? Presenciamos con cierta inocencia y entusiasmo el surgimiento de los blogs allá en los años del post-delarruismo, cuestión gracias a la que conocimos a personas interesantes, divertidas y algún que otro desquiciado. ¿Tiene sentido reflexionar sobre internet, ahora que pareciera ser parte de la naturaleza misma, como el aire, el agua y el imperialismo?

R. G. —Antes que nada quiero desmentir los dichos que en su momento me acusaron de haber votado a De la Rúa y así ocasionar la catástrofe social de 2001 y los años que siguieron hasta 2064.

El único sentido que tiene reflexionar sobre internet es el sentido opuesto. Es decir, ¿qué hay en la antípoda de internet? ¿Qué se esconde detrás de las pantallas de los ordenadores? ¿Es acaso el sistema táctil, tan en boga a partir del desarrollo de los teléfonos celulares inteligentes, un modo de autoerotismo? ¿Qué tan inteligentes son dichos teléfonos?

Y por otro lado, respecto de la alegría, opino que es necesaria para convertirse en el alma de las fiestas y que todos te inviten a comer gratis.

P. C. —Ha sonado una chicharra pero no hubo ninguna consecuencia pues el jurado está entretenido jugando al Boggle. Sigamos. ¿Qué diferencias y qué similitudes encontrás entre éste libro y Consideraciones acerca de tutiplenes y otros frutos de mar? ¿Coincidís con Gwen Mansillas, que famosamente declaró: «Tras un velo de humor, Rosana Gutierrez indaga en los aspectos más tremebundos de la existencia»? En efecto, algunos textos de Cacería… no tienen nada de humorísticos.

R. G. —Yo creo de que sí. Pero me consta también que la gente se ríe porque me mandan fotos. Las fotos no mienten, te lo digo con conocimiento de causa porque tengo una hija fotógrafa y ella no miente desde que cumplió años. Es una promesa que le hizo a su marido y yo, en las cosas de pareja no me meto.

La similitud que hay entre los dos libros es que son de la misma editorial y participaron en él los amigos de siempre que son los que me quieren y respetan. No como «otros» a quienes no voy a nombrar, pero es justo decir que me han hecho sufrir bastante con sus desplantes y compulsión a querer venderme productos que no necesito. ¡Válgame Dios!, cuánta gente ruin, ¿verdad? Y mucho más en estos tiempos de menemato irredento.

 

El poder de las palabras. No emprender una entrevista típica, con preguntas y respuestas típicas, fue un arreglo al que Rosana y yo llegamos luego de una breve negociación.
Lo que resulta de eso es una probable extensión periodística de un discurso que, ya desde la época en que ella lo ejercía en su blog Resacas, poco después de la crisis del 2001, no necesita de otra cosa que imaginación, humor y ganas de usar el lenguaje —para conversar con otro, para leer, para escribir— sin prestarle demasiada atención a la realidad.
Y así, el título de una nota puede contener entrecomillada una frase que no aparece en ninguna parte de la entrevista.

 

P. C. —Me doy cuenta de que cada cosa que pregunto desemboca en respuestas que sólo cabría dilucidar enteramente luego de un pormenorizado estudio sociológico, ambiental, histórico, urbanístico y metafísico. Por favor, recomendá a nuestros queridos lectores alguna película, serie, música o algún evento deportivo que merezca la pena observarse con regocijo.

R. G. —La música es importante: si no es lo más importante, por ahí andamos. Hace un tiempo me compré un piano por esta firme creencia que tengo y con gran ilusión, pero todavía no pude encontrar el botón de power que hace que funcione y salgan de él bellas melodías. Es posible que me lo hayan vendido fallado porque lo compré por Mercado Libre y el vendedor no tenía gran reputación.

Veo muchas series, recomiendo todas las que sean de lugares raros como Estocolmo, Eslovenia o Islandia. No me acuerdo los nombres pero si gugleás seguro que están, porque en Google está el verdadero conocimiento universal.

Sin ir más lejos, el otro día encontré un tutorial que me enseñó a arreglar la termocupla del termotanque. Parece complicado, pero en realidad es una pavada, así que es muy posible que me compre un termotanque en un futuro no muy lejano.

P. C. —¿Qué te gustaría hacer en el futuro?

R. G. —Yo tengo formación punk, si escuchás mis discos con atención podrás percibir un cierto desasosiego respecto del devenir, sin embargo a veces pienso que tal vez haya futuro y ahí es cuando imagino algunas cosas para hacer pero te las cuento en un rato porque puse un cacho de pizza en el microondas y ya hizo pip. Aguantame un toque.

Es una pizza de muzza que pedimos hace dos noches pero está bastante buena igual. Estas son las cosas importantes: la durabilidad, la resistencia. A mí me gustan mucho las cosas que resisten a la indiferencia, como los cáctus, como los pobres, como esta pizza.

El futuro ya llegó, dijo el Indio y también dijo: «pero, ¿no cabe todo lo tuyo en una maldita valija?» y más o menos este es el quid de la cuestión. Esto viene a cuento de algo que ahora no me acuerdo y si no me acuerdo es porque no es importante.

Para que no queden dudas: yo tengo mis ilusiones, ¡claroquesí!

Acá tengo una lista de cosas que quiero hacer en el futuro pero es íntima. Yo a vos no te pido que me cuentes tus cosas ni que me des a leer tu diario íntimo. Espero que sepas comprender y aprovecho la ocasión para mandarle un saludo cordial a todos los que me conocen.

 

Rosana Gutierrez _03

 

[Pablo Contursi: entrevista, edición]

[Michelle Ortiz Gutierrez: fotografía 1, living
Micaela Borgia: fotografía 2, plantas
Rosana Gutiérrez: fotografía 3, selfie]

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