Nadie sale vivo de aquí

Por Marcos Francese

Plata o plomo”, repite insistentemente en un desparejo castellano el brasileño Wagner Moura, representando en la serie Narcos (Netflix) a uno de los narcotraficantes más famosos del mundo: Pablo Emilio Escobar Gaviria. Quizás este sea solo un elemento de color para abordar esta producción con aires de crisol latinoamericano que hace equilibrios al momento de describir a Escobar y su Cartel frente a la presencia estadounidense en Colombia con la DEA como principal protagonista.

 

Un breve resumen de la primera temporada estrenada el 28 de agosto de 2015 desde Netflix podría ser así: una serie dirigida por el también brasileño José Padhilla (Tropa de Elite, Ómnibus 174) que relata los inicios, la conquista y posterior caída (y captura) de Pablo Escobar en el reinado del tráfico de cocaína en los años 80 de Donald Reagan, desde la voz en off del agente de la DEA Steve Murphy (Boyd Holbrook) y con la Guerra Fría como telón de fondo desintegrándose lentamente.

Tenemos, por un lado: escuchas ilegales, ejecuciones sumarias, los estados nacionales corriendo por detrás (¿cómo siempre?) de este nuevo fenómeno y violación de la soberanía colombiana por parte de todas las fuerzas de seguridad estadounidenses que operan en su territorio. Por el otro, la composición del personaje de Escobar y su tropa: cinismo y sadismo, sus deseos de grandeza casi como respuesta inmediata a sus orígenes pobres y aclarar constantemente que sufren el embate de los “oligarcas” en referencia a los políticos y empresarios que no los aceptan como actores legítimos en el esquema de poder. Mafiosos que buscan su lugar en el mundo con… plata o plomo.

 

¿Y porque el “equilibrio” que mencionamos a comienzos de este articulo? Porque esta serie de 10 capítulos producida, distribuida y emitida por Netflix se inscribe un clima de época exitoso de los últimos años, conocido como la Tercera Edad de Oro de la Televisión, en dónde las producciones norteamericanas como Breaking Bad, Los Sopranos, Lost y Mad Men (entre muchos otros) son las principales exponentes de esta era.

Zeitgeist serial que complejiza a sus personajes principales, relativiza el bien y el mal como dos polos opuestos complementarios y desafía al espectador-consumidor a dejar de lado los maniqueísmos o cuestionamientos ético-morales para no poder parar de empatizar con protagonistas desquiciados, maniáticos y esquizofrénicos increíblemente populares y adictivos.

“Lo malo y lo bueno en Colombia es relativo” dice el agente Murphy. Se podría completar que no es solo en ese país y que tampoco son sus autoridades las que corren un poco más la vara de la legalidad para atrapar a esos narcotraficantes que no solo venden cocaína sino fueron pioneros en el “narcoterrorismo”, como fue la explosión del avión en el que iba a viajar el candidato a presidente colombiano.

Otro de los aciertos de la producción de Netflix es sacar al mercado televisivo y otros soportes (la definición más precisa sería al “mercado de las pantallas”) una serie en un contexto en los últimos años de redescubrimiento de la figura de Pablo Escobar a partir de la exitosa serie colombiana El patrón del malproducida por la Cadena Caracol (basada en el libro La parábola de Pablo) y el documental Pecados de mi padre del hijo de Escobar; ambas en 2009.

Entonces, tenemos una serie que se inserta en un ciclo trascendental y disruptivo para la televisión, un mafioso que quiso ser presidente (liberar a Colombia con la espada de Bolívar) del que se vuelve a hablar y una empresa de streaming que también produce contenidos y está en auge en Latinoamérica. Para este último punto, basta con revisar la diversidad del casting: a los brasileños como el protagonista y director, se suma el intérprete del bolero “Tuyo” Rodrigo Amarante en la canción de inicio, más chilenos y mexicanos como familiares de Escobar y autoridades colombianas. Hasta el argentino Alberto Ammann da vida al capo del Cartel de Cali.

Por otro lado, la voz en voz del agente Murphy plantea dos problemas: el primero, es que este recurso hace la narración excesivamente didáctica y anula la sorpresa en el televidente, recurso habitual utilizado por Padhilla en sus films (con aires documentalistas que aciertan en el primer capítulo para entender el contexto) pero que va perdiendo el efecto en los 9 episodios siguientes.

El segundo y quizás mayor problema de la serie sea el motivo elegido por el cual desde el punto de vista de un agente de la DEA se cuente lo que irá sucediendo en la serie ¿Por qué no es un periodista o un escritor que haya investigado esa época el que lo lleva adelante sin conexiones con los dos “bandos”? ¿Acaso para balancear ese costado que Narcos también muestra con el “A veces hay que hacer cosas malas para atrapar a los malos” del episodio 4? ¿O porque cínicamente no se plantean la invasión en territorio colombiano y tampoco mencionan los errores de EEUU para controlar su propia frontera?

Recordatorio (para el celular): el 2 septiembre comienza y termina la segunda temporada. Los nostálgicos del broadcasting pueden quemar sus revistas de cable que tenían guardadas en el cajón de los recuerdos o exponerlas en un museo para todos los amantes de la modernidad sólida, patrullas perdidas de un régimen que muere lentamente. De nada.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s