Una teoría novedosa sobre las jirafas y otros seres inverosímiles (por J. Wurzeltod-Tang)

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«Las expediciones en Fluxembourg no cesarán pese a la crisis energética», ha dicho una alta fuente del gobierno.

 

OTRA CONTROVERSIA IDEOLÓGICA MÁS
(SIN SOLUCIÓN POR EL MOMENTO)

El profesor Ian Jarmusch de la Universität Fluxembourg ha propuesto una revolucionaria teoría sobre las jirafas: según él, no existen.

Jenofonte Wurzeltod-Tang. El profesor Ian Jarmusch de la Universität Fluxembourg ha propuesto una revolucionaria teoría sobre la especie Giraffa camelopardalis. Según su punto de vista, las jirafas no existen.

Una edición del diario Neue Künstlervereinigung Diegrevemakirchner refiere sus declaraciones en una conferencia de prensa: «No hay registros de relatos europeos sobre estos extraños seres anteriores al siglo XI», dijo Jarmusch. «Esa fue la época en que se confeccionaron los primeros bestiarios en el continente, que en su mayoría eran adaptaciones y glosas de obras provenientes de África y de Asia».

Al parecer, buena parte de las descripciones y las imágenes que observamos en dichas obras ha sido «el producto de errores de copia o de traducción». Si a eso se le suma que los ilustradores raramente tenían «conocimiento directo de los animales que dibujaban», arribar a la conclusión de que «estos volúmenes fueron menos un producto de la exactitud científica que de la confusión y la fantasía», resulta «inevitable» de acuerdo a Jarmusch.

Aunque estos planteos son arriesgados, la cruzada de Jarmusch contra el pensamiento científico establecido no es solitaria. Varios intelectuales estadounidenses, entre los cuales podemos mencionar a la experta en estudios culturales Sally McNamara, han llegado a conclusiones similares desde un punto de partida distinto.

De acuerdo con McNamara «la jirafa es una alucinación» porque «todo ser vivo, todo animal, toda planta, todo cristal soñador, en el fondo, es un constructo social», «un acuerdo lingüístico, simbólico», edificado por los humanos «por sobre el paisaje oscuro y brumoso del mundo silvestre», que en sí es «impreciso, hirviente, líquido», y, «en un sentido profundo», si se estudia la jerga de las ciencias naturales contempráneas en tanto «cerrado sistema imaginario de signos (…), no es más que un rasgo psicótico». Sus aportes a esta novedosa manera de entender la naturaleza han dado mucho que hablar en el ámbito académico norteamericano, reducto insólito de las concepciones más extravagantes sobre el lenguaje, las ideologías, la política, la sociedad, los géneros, el feminismo, y por supuesto, el capitalismo: «que tampoco existe, desde ya».

La ausencia de evidencia no es evidencia de ausencia.
Martin Rees

¿Cuál es la diferencia entre un invisible e incorpóreo dragón flotante que escupe fuego sin temperatura y ningún dragón en absoluto?
Carl Sagan

La ausencia de evidencia no es evidencia de ausencia, o viceversa.
Donald Rumsfeld

Como sabemos, los dragones no existen.
Stanislaw Lem

Creo en lo que dije ayer. No sé qué dije, pero sé lo que pienso, y, en fin, supongo que eso es lo que dije.
Donald Rumsfeld

En una conferencia de prensa que se realizó el viernes pasado en una de las sedes de la Max-Brod-Gesellschaft zur Förderung der Wissenschaften, Ian Jarmusch brindó más detalles sobre sus ideas: «Los artistas que ilustraban estas obras no habían visto jamás tigres, ni delfines ni dragones, pero a menudo debían componer, con elementos parciales y verosímiles, criaturas incongruentes, salidas de su europea imaginación. En definitiva, se les pagaba para ello, para complementar los textos con colores y formas en los que el lector pudiera descansar su mirada después de haberla fatigado en aquellas fábulas que no eran más que farragosos sermones que se proponiían amedrentarlo con promesas infernales para que obedeciera la voluntad divina. Un buen ejemplo de ello son los bestiarios de Aberdeen, Westminster, Hurlingham y Vaudevilla. Un tigre con cabeza de tigre es un animal poco monstruoso, poco llamativo, para nuestra mentalidad. Pero un tigre con cabeza de persona, ¿qué es?, y una babosa enfurecida, ¿de dónde viene, y qué quiere?, y un dimetrodón fetichista que se esconde en el armario de una escuela de danzas pues ama revolcarse entre fina ropa blanca, ¿para qué ha desarrollado esa inmensa cresta dorsal que a tantos paleontólogos intrigó durante siglos?». Jarmusch justificó sus puntos de vista ante un cuestionamiento de un genetista acerca del «valor empírico» de sus afirmaciones: «Al lado de jirafas e hipopótamos, otra especie altamente dudosa, por cierto, en estos bestiarios tenemos salamandras, grifos, basiliscos, lgonmus y panteras rosas. Como dijo uno de los grandes próceres del siglo, “la ausencia de evidencia no es evidencia de ausencia, o viceversa”. Por lo cual, ¿admitiremos de una vez que estos seres no existen?».

Jarmusch y sus colaboradores lograron renombre el año pasado porque en una visita ocasional al Niets-n-Flöw Palais solicitaron al gobierno de Fluxembourg que se hiciera una expedición costosa, exhaustiva y tediosa con el fin de encontrar al menos un ejemplar de Giraffa camelopardalis en los salones y patios de la lujosa residencia de la familia que gobierna desde hace un milenio en este diminuto país sin salida al mar. El asunto de la escasez de luz en Fluxembourg es una preocupación histórica en estas tierras, pero nadie ha sabido explicar el fenómeno. «Curiosamente», declaró Jarmusch al rememorar el incidente, «la aventura llegó a su fin sin ninguna jirafa capturada. Recorrimos casi a oscuras todos los pasillos del edificio, todos los altillos, todos los sótanos, pero no hubo caso. Es un ecosistema en franca decadencia… ¡Pero contamos con una irrefutable prueba fotográfica de la inexistencia de toda clase de jirafas en unas escaleras de una torre que queda a unos minutos del palacio! ¡O sea que ni siquiera ahí pudieron esconderse, ni siquiera! ¿No es raro, no les llama poderosamente la atención semejante e-vi-den-te ausencia de evidencia?». Cuando un etólogo le preguntó sobre la posibilidad de que las jirafas, al menos en el limitado hábitat del palacio, en caso de no haber desaparecido «estuvieran pensando en extinguirse en un futuro cercano», el investigador respondió: «Es cierto que aún nos falta hallar la explicación biológica de por qué una especie puede fingir una existencia que en realidad no le corresponde. ¿Cuáles son los genes que determinan ese comportamiento? ¿Cuál es el instinto que mueve a un organismo a engañar a los humanos de tal manera? El ornitorrinco es un clásico ejemplo, un animal mitológico incomprensible salvo como una suerte de metáfora de la cultura humana, un símbolo antropológico que concentra el absurdo, el peligro, el encanto y la familiaridad en un único organismo. Pero la extinción de una especie es un fenómeno atípico, aún más raro que la caída de un meteorito que elimine a los tiranosaurios de un plumazo, por mucho que nos guste suponer que los fósiles de Archaeopteryx probarían no sé cuál relación entre aves y reptiles, como si a alguien pudiera interesarle semejante ridiculez, por otro lado, una vinculación no menos fortuita que el encuentro de una máquina de coser y un paraguas sobre una mesa de disección, digamos».

McNamara duda del valor epistemológico del «corpus de saberes del falogocentrismo machista-cientificista». En la exposición que dio hace un mes en la Cordwainer-Smithsonian Institution, fundamentó así sus opinioines: «Que muchas personas aseguren haberlas visto en estado salvaje, e incluso capturado, alimentado o criado en cautiverio, no prueba nada sobre las jirafas, en verdad». Y dijo además: «Estamos ante la alucinación colectiva más importante del milenio, la irrupción psicótica más virulenta, la definitiva desintegración del sujeto humano en el frágil castillo de cartas que imaginamos como realidad». Una publicación firmada por McNamara junto con otros cuantos sociólogos y psicólogos norteamericanos de vertiente lacaniana y foucaltiana propone «una teoría negacionista» de las jirafas como especie.

En el último año muchas instituciones norteamericanas dedicadas al cuidado de animales alteraron sus procedimientos para incorporar a sus actividades lo que Mc Namara considera un «nuevo paradigma». Dichas transformaciones han encontrado la oposición de la comunidad científica tradicional, pero ella propone: «Si logramos erradicar la sibilina idea de que animales como estos existen más allá de las leyendas, habremos dado un paso más hacia la obtención de…, bueno, no sé qué, pero hacia allá debemos ir, porque… bueno, tampoco sé por qué debemos ir hacia allá: lo importante es que sabemos muy bien qué cosas no nos gustan del malestar actual, de la cultura actual, del actual malestar de la cultura actual, en fin, creo que la cosa va quedando más o menos clara, ¿no?».

«El racionalismo y el empirismo», concuerda Jarmusch, «con todas sus derivaciones posteriores y sus interrelaciones con la tecnociencia y las prácticas filisteas y alienantes del capitalismo, que desgarran al sujeto contemporáneo hasta dejarlo hecho un inane gargajo sin forma, algo no muy diferente de la masa amorfa Lyman-alfa Himiko, digamos, son unas reverendas porquerías que nos desagradan demasiado como para aceptarlas sin destinar todas nuestras energías a escribir y hablar contra eso usando computadoras, redes, procesadores de texto, teléfonos celulares, y todo tipo de avances tecnológicos desarrollados y comercializados por empresas propias de este sistema económico».

Lo que es indiscutible es que el fenómeno de las especies animales inexistentes es una cuestión que apasiona tanto a filósofas ateas y filósofos ateos como a biólogas darwinistas y biólogos darwinistas, tanto a sociólogas marxistas y sociólogos marxistas como a teólogas creacionistas y teólogos creacionistas, tanto a docentes feministas y docentes feministas como a artistas vanguardistas y artistas vanguardistas, tanto a psicoanalistas irracionalistas y psicoanalistas irracionalistas como a irracionalistas psicoanalistas e irracionalistas psicoanalistas.

Sólo el tiempo dirá si Jarmusch y McNamara están o no en lo cierto. «Si la jirafa es un animal inverosimil», dice el primero, «es sencillamente porque no existe».

 

[Pablo Contursi: edición, ilustración]

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