El oficio de poeta sonriente

Estaban muertos desde un principio” Gonzalo Arango

Empecemos por cuando usted imaginaba que la luna era una mirada y que estábamos siendo observados, -escrito, a mi gusto-. Aunque sinceramente a esta altura de nuestra escritura tenemos que empezar a sospechar de todo, (la literatura es una sospecha): de lo bonito, del escalofrío, del aumento de sus lentes y de mi cara de sospecha.

Buscamos nuevas formas de decir, nos desesperamos, nos morimos de frío, nos llenamos de humo, nos mojamos el pelo y seguimos buscando. Quizá en medio del humo estén todas las respuestas. Y desde ya le pido disculpas, usted sabe bien que me fascina la catarata de palabras, el arrebatamiento, no puedo evitarlo. Y no va a encontrar calma acá, no va a tener tiempo de acariciar letras sumisas y suaves, -ya no existen, el humo y la humedad las despierta-. Ya se lo voy a explicar mejor, y ojala no suene perverso,(¡que suene!), pero: lo voy a matar a palabras.

¿Para qué correr a buscarlo si puedo escribirlo? No como destinatario, claro, (nunca va a ser el destino de algo que tenga que ver conmigo), sino como papel. Lo voy a escribir como a las hojas blancas sin renglones. Y no piense que acabo de encontrar esa nueva forma de escritura, es sólo una excusa para decirle que no tengo tiempo de extrañarlo porque las letras me están ahogando, buscan mi intervención; son dependientes y estúpidas sin mis manos -que más torpemente intentan guiarlas-. Pero de todos modos, deme la oportunidad de extrañarlo en este mundo de plástico. Escribámonos cada una década, (sería muy egoísta borrar una historia que le pertenece al único mundo que conocemos), así muere todo, así muere todo, así muere todo menos la poesía. Y por si la muerte de todo se toma revancha, le confieso que supe de su terrorífico oficio el día que le pregunté algo sobre el tiempo y usted me dijo que le dolía la cabeza de sólo pensarlo ¡Y sí hombre, hasta que no explote su mente y manche las paredes con barro pisoteado por Arlt, no paramos! En fin. Empecemos por cuando usted se imaginaba que su cara era una vidriera, y le empezó a sonreír a Darío y a Macedonio como le sonreía al bancario a las 9 de la mañana.

Buscamos nuevas formas de decir, y mientras tanto usted practica en el espejo la mirada que le combina mejor con sus zapatos marrones. Me explico mejor, para que se saque el sombrero y me mire como miró una tarde el disco sucio de Goyeneche; cuando usted todavía escondía la sonrisa y apreciaba el perfume del café que no vamos a tomar por la mañana. Le estoy proponiendo algo: basta de frío, borrémonos por completo, como usted no se anima a borrar la poesía que escribe por la mañana en la fila del banco o en la tertulia bancaria de los poetas sonrientes. Que no nos quede ni el límite del lenguaje, que no tengamos en donde encontrarnos más que en la vereda de su casa o la mía, como cuando la vida no tenía música, pero tampoco ecos. Quedémonos sin un lugar a donde correr cuando el mundo esté por explotar, que no haya un sitio en donde decirnos questo o quelotro, que su sonrisa con moño agridulce se pasee por toda la ciudad buscando una rima que ya existió y murió por banal y plástica.

¿Y para qué correr a buscarlo si puedo escribirlo? Usted nunca va a dejar de irse, es algo así como su destino, irse, siempre irse, tarde o temprano, siempre o a veces, en silencio, con el grito del portazo, siempre se va pero se queda; porque es su oficio, (porque si no se tiene oficio ni profesión, de nada sirve sonreír al bancario y a Darío, ¿no?). Y de repente todo el mundo amaba su sonrisa empaquetada con azúcar impalpable. Mientras tanto yo escuchaba la gota de agua pegándole a la biblioteca vieja, pensaba en las canciones muertas, en los vivos de mentes dormidas, y detrás del telón seguía soñando con un poeta callado y sonriente, tan sonriente que daba ganas de despertar al sueño de una cachetada.

Empecemos por cuando usted se imaginaba que nos escribíamos la espalda, y espero no suene cruel (¡que suene!), pero, lo voy a matar a versos incompletos. Me explico mejor: ver su nombre en alguna pared de Buenos Aires es mareo y nausea de tardecita, (y no me mire como miró una tarde el viejo libro de antónimos, nadie se muere por encontrar un orden estratégico y asesino en un grupo de letras), pero no juguemos con la literatura, (usted sabe): sospechemos. Y por última vez, disculpe, pero no tengo tiempo de extrañarlo. Alguien me necesita más. Alguien me necesita más que yo a usted. Las letras están confundidas, necesitan mi aterradora inspiración para ser, y entre extrañarlo y dar vida, me quedo con el insomnio. Y tal vez lo extraño. Y ojalá no suene perverso (¡que suene!), pero lo voy a matar a letras. Así es como se mata el sueño y el amor. Así se mata poetas sonrientes, así se mata hombres de papel.

Gonzalo Arango
Gonzalo Arango
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