Ludibrio McCartney y Eutrapelia Lennon: «Dar de pastar a las gárgolas y otras buenas excusas» (selección)

 

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Todo lo que necesitas es miedo.

 

Algunos textos seleccionados del libro Dar de pastar a las gárgolas y otras buenas excusas (2010), compendio de obras escénicas escritas en colaboración por Eutrapelia Lennon y Ludibrio McCartney.

 

Démosle una oportunidad a la paz

(Un espacio gris. Aburrido, un VENDEDOR espera que alguien lo visite. Suena de fondo “Bandera tachonada de estrellas”, el himno de los Estados Unidos de América, en la intepretación de Jimi Hendrix. Al minuto entra un CLIENTE).

Cliente: —Hola, vengo a comprar un papel de regalo.

Vendedor: —Bueno, a ver.

Cliente: —Qué calor, eh.

Vendedor: —Séh, de no creer.

Cliente: —Y encima es verano, o invierno, o algo así.

Vendedor: —Je, je, es una lucha.

Cliente: —Y después me parece que viene el festejo de la Independencia, de la Falsa Independencia.

Vendedor: —Creo que así le dicen, es verdad. ¿Cómo quiere el papel?

Cliente: —Quiero que sea rojo. O que no sea rojo.

Vendedor: —¿Que no? Hay muchas cosas que no son el color rojo. Acá y en otras partes de este inmundo planeta. Como por ejemplo, esta foto en blanco y negro de Jimi Hendrix. O esta manzana roja. Es roja, pero no es el color rojo.

Cliente: —Quiero decir azul.

Vendedor: —Ah.

Cliente: —¿Tiene azul?

Vendedor: —Espere un momento… Tengo rojo, nomás. Eso es, listo.

Cliente: —¿Cuánto es?

Vendedor: —¿Se lo envuelvo para regalo?

Cliente: —Digamé, ¿cuánto sería?

Vendedor: —El papel de regalo es gratis.

Cliente: —¿Gratis?

Vendedor: —O sea, el papel de regalo que le vendo no es gratis, pero el otro sí.

Cliente: —¿El papel de regalo de regalo es gratis?

Vendedor: —Es gratis el papel que no le vendo. No es gratis el papel que le vendo.

Cliente: —A ver si entiendo: el papel de regalo rojo no es gratis, pero el otro sí.

Vendedor: —Claro, este papel de regalo azul con el que envuelvo el artículo rojo que usted me pidió es de regalo.

Cliente: —Ah. ¿A ver?

Vendedor: —Es éste. Es azul.

Cliente: —Qué lindo, me gusta. Es azul, ciertamente. ¿No dijo que no tenía azul? Bueno, ¿y cuánto sería?

Vendedor: —Este papel rojo le sale tres pesos. Quise decir que sólo puedo venderle el papel rojo. No el otro.

Cliente: —Uy, cómo aumenta todo. Bien, creo que entiendo.

Vendedor: —¿Lo lleva así suelto o se lo envuelvo?

Cliente: —En realidad no entiendo, pero envuélvalo con el papel azul. No, espere un momento. Me gusta más el papel de regalo de regalo que el papel de regalo que vale tres pesos.

Vendedor: —Mmm.

Cliente: —Se lo digo así: me gusta más el papel azul que el rojo.

Vendedor: —Ay, ay. Qué problema.

Cliente: —¿Por?

Vendedor: —Tendríamos que envolver el papel de regalo azul con el papel de regalo rojo.

Cliente: —O sea, intercambiarlos.

Vendedor: —Pero ya armé todo.

Cliente: —A usted le parecerá tonto esto que le voy a decir, pero el regalo es para una persona delicada y llorona, ¿sabe?, un familiar o vecino o enemigo o desconocido del que ni siquiera recuerdo nombre ni apellido ni cara, y sería de suma importancia que…

Vendedor: —Bueno, bueno. Dejémoslo ahí. Todo lo que tengo que hacer es desenvolver el papel rojo…

Cliente: —… y usarlo para envolver el papel azul.

Vendedor: —¿Así le gusta?

Cliente: —Sí, está bien.

Vendedor: —Es un regalo fantástico. El problema es que va contra las reglas.

Cliente: —Un momento, quedó el moñito blanco adentro.

Vendedor: —¿Qué, qué dice?

Cliente: —El moñito pegado al envoltorio azul quedó adentro, con el papel azul, y por fuera el papel rojo sin ningún moñito. Pero fíjese que si yo le compro el papel azul, es el papel rojo el que debería llevar moñito. ¿Qué reglas?

Vendedor: —Ajá. Esto no estaba en el curso de capacitación. Qué vida difícil, por favor. Por expresa prohibición de cierta personalidad que no quiero nombrar, no puedo vender nada azul en un día como hoy. Ni siquiera este papel de regalo.

Cliente: —¿Y cuánto costaría el papel azul, si yo quisiera comprarlo?

Vendedor: —Habitualmente el papel azul cuesta tres pesos.

Cliente: —¡Tres pesos!

Vendedor: —Todo aumenta que es una locura, vea. Es la inflación. Y las guerras y las injusticias del mundo, también. Pero ya le dije: no puedo vendérselo.

Cliente: —¿Eh?

Vendedor: —Inflación. Así le dicen, me parece.

Cliente: —Y ya que estamos, ¿a cuánto tiene el moñito blanco?

Vendedor: —El moñito cuesta tres pesos. ¿Y por qué no nos suicidamos todos?

Cliente: —¡Tres pesos! Santo Dios, cómo aumenta todo.

Vendedor: —Es lo que le digo a mi mujer. Qué mundo injusto, qué humanidad deleznable, qué ganas de morirme acá y ahora.

Cliente: —Y qué calor, eh. O qué frío, bah. Y encima falta poco para el otro día de festejos. Je, je, je. ¿A qué se refiere con suicidarnos todos? ¿O usted incluye a la mujer esa que nos está espiando desde hace rato?

Vendedor: —Día de la Verdadera Independencia, ¿no? Creo que le dicen así. Pero ¿qué va a llevar, al final?

Cliente: —Mire, mejor deme ese revólver.

Vendedor: —Muy bien.

Cliente: —Y ese rifle.

Vendedor: —A ver, ¿este le sirve?

Cliente: —Y una ametralladora, además. ¿Esa mujer es su esposa?

Vendedor: —Ni lo pregunte. ¿Esa mujer que no deja de llorar? No, no es mi esposa. A ver, bueno… ¿Para qué una ametralladora?

Cliente: —Y unas granadas. Y municiones para todo.

Vendedor: —Granadas, ajá. Municiones, bárbaro. Bueno, en total son setenta y seis pesos con cuarenta centavos.

Cliente: —Esa mujer, ¿de dónde salió? ¿Quién es?

Vendedor: —Mire, mejor no pregunte más. No puedo hablar de ella.

Cliente: —¿Por qué?

Vendedor: —Ojalá me partiera un rayo… ¿Qué tal si paga y se lleva sus cosas?

Cliente: —Quisiera un uniforme militar. Verde.

Vendedor: —Claro, un uniforme militar. Bien, ¿algo más?

Cliente: —Algo navideño, ¿tiene algo navideño? Algo de color rojo, que haga juego con los uniformes.

Vendedor: —Roja es la sangre de las víctimas de las armas.

Cliente: —Ah, es cierto. Ja, ja, ja.

Vendedor: —¿Piensa usar todo esto? Ja, ja.

Cliente: —Por supuesto. Vivo en un país en el que nada se hace aparte de hablar de Justicia.

Vendedor: —Claro.

Cliente: — La mujer esa que no deja de llorar, ¿nos espía, o simplemente sufre? ¿Cómo hará para vernos, si sus ojos están inundados de lágrimas?

Vendedor: —Por favor, váyase. Le cobro setenta y seis pesos, y le regalo el resto.

 Cliente: —En fin, entonces resulta fácil sentise alienado, ¿entiende?

Vendedor: —Sí. Váyase.

Cliente: —Perfecto, tome ochenta, quédese con el vuelto, no hay problema. Disculpe las molestias. ¡Adiós!

Vendedor: —Muchas gracias y que la paz sea con usted. ¡Adiós!

(Se oyen aplausos y risas).

 

La persona más estúpida del mundo

(…)

Homo sapiens: —Cuando Mara Pérez dice: “Soy la persona más estúpida que conozco”, ¿qué valor de verdad tienen sus palabras? Tal vez no sea tonta, pero esté rodeada de personas brillantes. O quizás esa gente sea ni más tonta ni más astuta, pero Mara se equivoque en la evaluación de cualidades ajenas.

»Por otro lado, si Mara es tímida y sentimental o superficial y sociable, entonces quepa dudar quizás de su inteligencia menos que de su saber. Alguien que conoce a pocas personas mucho o a muchas poco, vive un presente falto de experiencia. Poco importaría que dijese ser “la persona más azul” o “la más fosforescente”. Lo dirá por ignorar el mundo, de diferentes modos en cada caso.

»Sea otra posibilidad. Que Mara Pérez conozca muy bien los efectos probables de sus palabras y las use solamente para ocasionar respuestas o acciones determinadas en su entorno. Frases lastimeras que provocarían ventajosas circunstancias. Personas dispuestas a hacerle favores, socorrerla, protegerla. Inteligente o estúpida, lograría lo que quisiera.

»Pero no todas las personas del mundo compadecen idiotas. Quienes tanto como a simuladores de estupidez los detestemos, no acudiremos solícitos para ayudarlos, ni brindarles ánimo frente a la adversidad, ni siquiera atención prestarles.

»Pero tal vez Mara sea ciertamente una persona estúpida. Al menos según su criterio. ¿Para qué confesarse, entonces? Cuando nada positivo resulta de la revelación, el misterio de su estupidez se desvanece: estúpida y punto, no se daría cuenta, como tal, de serlo. Viviendo a la sombra o la luz de otros nunca ejercerá dominio ni poder para inteligir nada por propia cuenta.

»En cambio, si Mara sea la persona más estúpida por ella conocida pero lograre lo que quisiere, tal vez tan estúpida no fuere. Asomada con astucia y veracidad desde el fondo de su escasez de inteligencia, podría hacer un uso inteligente de su idiocia. Sabida tarada, habrá de acudir en busca de socorro a inteligentes que la protegerán, o la perjudicarán, quilosá.

»Por el contrario, otra persona sabida astuta, más que sus amigos y vecinos y compañeros de trabajo, pero que no lograse de ellos lo que deseare: ¿qué sino una persona que de modo estúpido usa su escasez de estupidez será? Por ende, si Mara sea la persona más estúpida que ella misma conozca, pero lograse lo que quisiera, entonces menos estúpida sería que quienes la rodearen. Al menos, en cuanto al astuto uso que ella, la poco inteligente Mara, habría de hacer de su estulticia.

»Aunque quizás Mara es verdaderamente una persona estúpida. Decirse estúpida, sin que nadie se lo pregunte, sin que, francamente, nos haga falta verificarlo, sin que, al fin de cuentas, a nadie le importe, es sin dudas un serio indicio de estupidez».

Gigantopithecus: —Eso es muy discutible.

(El cielo se inunda de diamantes).

(…)

.

Ornella Muti y el tierno bichicome que te mira mal

(Un espacio desolado. Aburrida, ORNELLA entra a escena desnuda. Pasa un minuto y AGHONE se despierta de una pesadilla. En el piso, instrumentos vagamente geométricos interrumpen el paso).

Ornella: —¿Qué querés que haga, Aghone? Contame.

Aghone: —Nada.

Ornella: —¿Cómo que nada?

Aghone: —Nada, nada. Estoy bien así.

Ornella: —¿No querés que te haga esto?

Aghone: —No, no. Dejame en paz. Dale.

Ornella: —¿Vos sos medio bobo o te hacés? ¿No querés que te haga esto ni esto? ¿Ni esto tampoco?

Aghone: —Dale, plis. Dejame tranquilo; estoy bien así, no necesito nada. En serio: dale, linda, ¿sí?

Ornella: —¿Ni siquiera te gustaría esto? ¿Esto, así? Mirame: así, y así, y después así…

Aghone: —No, dulce. No necesito nada de nada. ¡Chau!

Ornella: —Esto es de no creer.

Aghone: —Uy, te re enojaste, loca. ¡Cómo sos!

Ornella: —¿Enojarme?

Aghone: —Chau, dale. Y cerrá la puerta sin hacer ruido cuando te vayas. ¡Hasta luego!

Voz en off: —¿Quién es la morsa?

 

[Pablo Contursi: edición, fotografía]

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