El Cristo en la Pared (Fragmento)

Por Edgar Jaimes

El gordo sirvió los tragos como Marcela se lo ordenó. De la guantera sacó un cofrecito idéntico al que ella tenía en su mesita de noche y Lo abrió. En el interior del cofre había una bandeja de plata y tres tubos de coca. El gordo puso la bandeja sobre el tablero del carro y trazo tres líneas de droga.

—Miguel no desprecies mi invitación… mira que esta coca es de lo mejor que he conseguido, ya veras. —me dijo Richard.

—Esta bien hermano, vamos a ver que es lo que usted consigue para divertirse — le dije.

La coca de Richard era increíble. Mi cabeza empezó de inmediato a dar vueltas sin parar; el efecto fue único. Marcela sirvió la siguiente ronda de tragos. Bebimos la primera botella de whiskie. Marcela quiso deshacerse del gordo. La muy cabrona le servía tragos llenos a Richard para emborracharlo rápidamente; de igual forma le trazaba largas líneas de droga. En menos de nada Richard estaba como loco, perdió el control y se bajó del carro. El gordo estaba delirante. Estando fuera del carro, Richard se quitó la camisa y empezó a saltar de un lado para otro. Marcela lo animaba muerta de risa.

—¡Así Richie! …quítate el pantalón amor mío; baila para mi… ¡qué lindo! …eres un amor…mira Richie, toma un trago para que no te canses… ¡epa! tu si sabes cómo excitarme… el pantalón amorcito: quítatelo… ¡sí! …así…eres muy guapo…estas buenísimo…

Permanecí sentado en la parte de atrás del carro observando la patética escena de Richard. Marcela era perversa con este tipo, se burlaba de él sin consideración. A mí no me causaba pena ver el denigrante show del gordo; solo me parecía increíble que fuera tan estúpido. Después aquel espectáculo, Richard regresó al carro. Marcela le abrió la puerta y él se sentó frente al volante quedándose dormido inmediatamente. Marcela pasó a la silla de atrás y se sentó a mi lado.

—Ahora estamos solos Miguel.

—¿Solos? Mira cómo está la belleza de tu novio, si sigue así terminara muerto —le dije a manera de regaño.

—Eso no importa, lo que nos debe interesar en este momento es que el gordito se durmió; dime ¿Qué quieres hacer ahora que estamos solos?

Marcela traía puesto un vestido blanco y viéndola de cerca se alcanzaba a notar su ropa interior. Debajo de su vestido traía una pequeña tanga rosa y un sostén del mismo color. Ella me miró fijamente a los ojos y sin decir palabra se montó sobre mí con las piernas abiertas. Impulsivamente metí mis manos en su falda y acaricié sus suaves y firmes muslos. Instintivamente seguí subiendo mis manos hasta llegar a su sexo húmedo, luego bajé su tanga lentamente. Ella me miraba a los ojos, mordía sus rojos labios y respiraba agitadamente. Bajé mi pantalón. Marcela se acomodó hacia delante, sobre mi miembro: su cara frente a la mía. Entré en su cuerpo excitado. Ella maulló como una gata al sentirme entrar, luego puso sus manos alrededor de mi cuello y empezó a moverse lentamente permitiéndome entrar y salir de su cuerpo con facilidad. Disfrutábamos cada segundo, cada movimiento. Olvidamos por unos minutos a Richard que roncaba como cerdo en la silla del conductor. El acto se fue haciendo más intenso. Marcela aceleró su ritmo: sudaba, mordía mi cuello, mis labios, lamía mis orejas, se estremecía hasta que de su boca salió un fuerte gemido que por poco despierta al gordo. Marcela se vino. Segundos después hice lo mismo. Ella me besó apasionadamente en la boca al sentirme terminar. Esa fue mi primera vez aunque no se lo dije y, al parecer, Marcela no lo notó.

 

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