De la discursividad M

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Lo que sigue es un breve principio de análisis del discurso acorde a los primeros seis meses de gobierno del presidente electo Mauricio Macri (MM). Si bien no se explicitan del todo las coyunturas ni los procesos o cambios producidos por algunas de sus políticas gubernamentales y el ¿nuevo? rol del Estado, se trata de describir didácticamente el funcionamiento de dos lógicas analyst-friendly: el discurso que hace sobre sí mismo proyectando una imagen hacia los demás (Ethos) y el discurso producido en función del Otro, espejando algunas de las prácticas comunes al período kirchnerista (K).

Palabras retroalimentadas

Las apariciones de MM, como es costumbre por el juego vanidoso de las diferenciaciones partidarias y las transiciones gubernamentales, no son en cadenas nacionales, sino en conferencias de prensa o entrevistas pre-pautadas que funcionan como respuesta tácita al ya olvidado “somos periodistas, queremos preguntar” propuesto desde Artear/Canal 13. Como si fuesen interfaces informáticas la hora de comunicar, se pasó del “backend decisionista” (o el hiperpresidencialismo sombrío) del kirchnerismo al “frontend aparicionista” (el colectivismo newage) de Cambiemos. En el caso del último, el uso de la propaganda de gobierno, con spots televisivos muy similares a los de la campaña electoral del Pro en la Capital Federal, presenta a un Macri erigiendo el “Ethos del CEO”: la imagen que a través del discurso da de sí mismo hacia al exterior; el líder de la empresa o del “equipo” (en este caso, “todos los argentinos”) al que alienta a seguir adelante a pesar de todo (el “ajuste doloroso”, la “pesada herencia” que dejó el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, o la promesa de “tender el puente entre lo que (los argentinos) somos y podemos llegar a ser”). Sin embargo, se diferencian dos gestos contrapuestos: la cara alegre y confiable en los spots, sin los brazos abiertos -ya no está presente la estética del “abrazo al pueblo”, identificatoria del peronismo- pero intentando extender la mano tratando de explicar sus propósitos (lo posible, el futuro); y la cara de preocupación, las palabras trabadas y la mirada baja sumada a gestos de incomodidad (el presente, lo “doloroso” en el aquí y ahora, el falso relax, más visible en algunas entrevistas en TV o conferencias de prensa en el atril).

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Aquí intervienen dos efectos de sentido importantes: por un lado, que en la personalización de Macri como un nuevo “outsider de la política” (como lo era en su momento Perón al provenir del campo militar) se explicite que no existe tal “equipo” sin un líder con pretensiones de coach, y que este en su aparición –pese a sus manifiestos problemas de salud- pide tácitamente que lo “ayuden”, y que de alguna manera “no se borra” en una coyuntura que se explica por sí sola más por sus (mayores) retrocesos que sus avances. Por el otro, que este mismo acto de aparición lo siga haciendo ver como empresario, otrora gerente del país-empresa que con dicho “equipo” (como se dijo, “los argentinos”, ya no “el pueblo”), de alguna manera, “vende” una posibilidad de gestión de gobierno. Por ahora, es difícil dilucidar el límite entre el rol de empresario y el de presidente, o cuál es el juego de lenguaje que más impera sobre otro, hablando de un posible (y veroniano) Modelo de llegada.

El discurso televisivo-presidencial también se asemeja al de las bondades de los productos (bienes, servicios, industrias culturales) en su maremandum marketinero: un gobierno que es capaz de hacer lo que sea necesario por “la gente” mientras lo apoyen, pidiendo “esfuerzos” tanto a sus núcleos duros (a datos del último proceso electoral, 30% de acarreo Pro + acople radical) como a sus detractores (30% de acarreo kirchnerista + acople peronista) y sus silenciosos evaluadores (resto de votantes no partidarios con voto fluctuante dependiendo de las circunstancias y la percepción de la calidad de vida), siendo su ya famoso “vamos juntos” o el “¡si se puede!” una especie de aleph sintetizador de un relato que al día de hoy continúa mostrándose tímido. Un discurso paternal no punitivo pero tendiente a la uniformidad para una heterogeneidad ciclotímica, dentro de una lógica donde el “me gusta”, el sharing de noticias sin lectura o los botones de comprar abundan en la vida cotidiana como agregadores de valor y fetiches de confianza y positividad respecto del Estado. La “gestión”, de resultados futuristas, busca ser valorada como un servicio consumible y efectista, arropado por la frustración cómoda que supone la antipolítica.

La fenomacrilogía del Otro

Como supo decir el Sarte dramaturgo, “el infierno son los demás”, refiriéndose a un juego de lenguaje y percepción que cotidianamente se hace del otro: el otro es todo lo ajeno que mi ser no puede aprehender en su totalidad, pero en cuyo reconocimiento y tolerancia también se funda mi existencia. Y es que desde su llegada hace solo seis meses, el gobierno de MM funcionó espejando esta lógica relacional, explicando lo intolerable que era aquel Otro K (el kirchnerismo en retirada que lo asemejaba a “la derecha oligárquica”, una historia pasada que no se sabe si volverá) por su “soberbia” y sus “políticas populistas” –el populismo entendido como el summum peyorativo del cortoplacismo, contrario al largoplacismo de la visión empresaria- que llevaron al país a un estadío insoportable o imposible de continuar. La otredad también es una manifestación de cómo las personas se relacionan con sus deseos, algunas veces depositados en las expectativas de existencias ajenas pero complementarias, ya que el Otro es, además de una identificación, un discurso y una relación. Parafraseando a Jacques-Alain Miller, el yerno de Lacan, ningún Otro (considerado “malo” o no) se parece a Otro, y su diversidad enriquece una suerte de fenomenología de la otredad. Una suerte de práctica que el “macrismo” supo explotar con propósito electoralista y logró finalmente su cometido: yo reconozco al Otro como adversario, pero representa otro temor que no se parece a ningún otro, por ende, debo diferenciarme de él; debo ser el “Cambio” que él no supone.

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Según la discursividad macrista (M), el Otro es el garante del Cambio; yo no puedo cambiar si no es en relación con otro que me lo demuestre, en donde puedo depositar todo aquello que me falta (y a lo que por ende temo) pero debo superar. El Kirchnerismo es así el “culpable” de un Cambio que se suponía necesario –políticas más o menos neoliberales de por medio, aunque el gradualismo se promocione como su versión menos dura- pero que “la sociedad” no estaría dispuesta a aceptar del todo, y que por eso lo observaría con desconfianza luego de un período de gracia de 100 días. La construcción del Otro kirchnerista como temor multifacético (José López, La Cámpora, El FPV, “los medios K”), como el regreso del pasado mediato indeseable (como Carlos Menem lo hacía con el temor hiperinflacionario pos-Alfonsín a principios de los 90; Fernando De la Rúa con el temor a la corrupción y la frivolidad menemista en los 2000; y Néstor Kirchner con el arrastre neoliberal de 30 años) por una serie de anomalías resumidas en la palabra “herencia”, o “El estado del Estado” en su versión más sofisticada, es el basamento para justificar el principio de una serie de “sinceramientos” que “duelen” pero que a la larga verán su recompensa. Se pasa así de una apología heroica donde el “amor vence al odio” a un imaginario donde “la racionalidad (más tarde que temprano) complementa la pasión”. Se rompe así la hegemonía de ese Otro que me observa (el kirchnerismo como sentimiento latente) para pasar a la diferenciación, a lo que justifica y racionaliza la existencia de la discursividad M como dispositivo productor de sentido.

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El discurso M es, en función del Otro K, un texto en cuya materialidad mediática descansa la intencionalidad ajena como amenaza, la victimización culposa, la voluntad, y el desplazamiento hacia una realidad inconclusa de promesas y metáforas (túneles con luz al final, un “segundo semestre” donde la vida mejora, una “verdad” que quedó en un “manicomio” de propósitos inconfesos) enlazadas con la más básica premisa de la relación con los otros (con o sin infierno): buscar algo en lo cual creer.

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