El fuego es de color azul.

“Cuando la poesía tome las paredes, verás / cómo empiezan a temblar los líderes del mundo”
Al carajo Macedonio


Pienso en el lienzo que traza la casa y ensaya el ensayo de mayo de noye la yima yumiante en coyientes de yientes de yalmas yenpena, yorando, yoyó-yo¡YA EN SERIO! Pienso en el cielo de ballena azul durmiente. Pienso en el cielo de ballena azul durmiente y me quedo pensando en la palabra. La palabra como un pez espada. Li pilibri cimi ini misiquiti tidi chiqititi. Miro el cielo de ballena azul durmiente y pienso en los desaparecidos. Pienso que la peor tortura que sufrieron los desparecidos es no poder buscarse. Un desaparecido no puede buscarse. Nosotros, somos lo más que somos, porque nos buscamos continuamente, renovándonos como una cartelera de megacine. Nos buscamos entre las bocas de otras bocas, el barro de las zapatillas, y tus mates exageradamente dulces, y exageradamente tibios. Si bien, podemos encontrarnos algunas veces y podemos perdernos otras tantas, no importa. Podemos buscarnos y eso es, a fin de cuentas, la esperanza. Si nos quitan esa esperanza, no sólo vamos a desaparecer, sino que tampoco será capaz de conmovernos la más encandilante literatura. Y ahora, miro el cielo de ballena azul durmiente y pienso en los desaparecidos, y automáticamente me imagino muerto. Me imagino muerto, pero de una manera rara; muerto desde tus ojos. Me imagino cómo me estarías viendo vos. A mí. Muerto. Es una sensación irreparable, semejante a la cerrazón, a la yerba quemada del domingo. Y siento deseos de abrazarte mucho. Verás, es que en el fondo sé que vamos a abrazarnos tanto, a cogernos tanto, a escribirnos tanto, a buscarnos tanto, que encontrarte será para mí algo obligatorio. Ayer, por ejemplo, te encontré guardada como un bollito de papel en mi bolsillo izquierdo, junto al besayuno de todos los días. Y, efectivamente, tal vez la única esperanza que tuvieron todos los desaparecidos fue la de saber que se amaron furiosamente. Que se escribieron. Que se tocaron. Que se abrazaron. Que se hicieron el amor eléctricamente. A varios kilómetros de distancia, entre las ondas del aire. Y gracias a ese amor hoy son historia. Son Historia. Y por eso, se han salvado. Se han salvado todos. Fue ese amor el que los salvo, trascendiéndolos. Ese amor que los volvió un cielo de ballena azul durmiente. Un cielo de fuego. Un fuego. Un fuego inextinguible. Y ese fuego es hoy nuestro consuelo.


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