Primero como farsa, luego como tragedia…

Marx, en el inicio de El 18 Brumario de Luis Bonaparte, deja una sentencia que debe ser repetida cada vez que calce si es que usted quiere ser el centro de la reunión, ganarse la admiración y el deseo sexual del resto de los concurrentes. “Hegel dice, en alguna parte, que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal se repiten, para decirlo de alguna manera, dos veces. Pero se olvidó de agregar: la primera, como tragedia, y la segunda, como farsa”.  Si no se gana la aprobación social con esto, ríndase.

 

El nombre y origen del Ku Klux Klan tiene su lado pintoresco, como para que sea más jodido aquello en que devino. La guerra civil estadounidense  había terminado y unos cuantos veteranos de la confederación estaban un poco aburridos, un poco enojados. Un pueblo medio perdido -Pulaski, Tennessee-, no pasa nada. Hay que hacer algo para divertirse.

 

Perfecto, nos ponemos una sábana en el cuerpo, una máscara de fantasma  y salimos a  hacer bromas y falsos rituales en los que nos mofamos y humillamos a las víctimas. Vamos, una organización humorística, un club social para que los muchachos puedan divertirse, aunque a costas de un mal rato para algún otro. Las cámaras ocultas no vieron el nacimiento del jorobar al prójimo, ya venía desde antes.
Como tenemos alguna pretensión erudita, incluimos en el nombre un kýklos, “círculo” en griego. Y, como todos tenemos ascendencia escocesa, no puede faltar un clan.  Kýklos clan, suena bien. Pero queda mejor con una “k” en el klan, le da fuerza. Y ya que estamos, si transformamos kýklos en Ku Klux le ponemos más misterio, una vocal que se repite con una equis final, casi un conjuro, abracadabra, una amenaza. Si divagamos un poco,  la palabra te mete la cabeza en un bacha llena de agua y no te deja salir, glub, glub, te falta el aire, ku, klux.

 

Después vino lo otro, la persecución a los esclavos negros liberados, a los carpetbaggers -modo peyorativo de llamar a los norteños que se mudaron al sur luego de la guerra- y a los scalawag -forma despectiva de nombrar a los sureños blancos que se unían al partido republicano y aceptaban participar en los gobiernos estaduales impuestos por el norte. El tiempo pasa y a los sucesores no les alcanzan los enemigos del pasado, así que nos sumamos al anticomunismo, al antisemitismo y a tantos otros anti como pueden corresponder a una organización que pregona la supremacía de la “raza blanca”. El final del cuento no causa gracia.

 

La farsa, la sátira, la charada, la humorada… la risa y la burla en general tienen un gusto muy especial por la tragedia. Tal vez esté en su origen, no es difícil imaginarse la primer carcajada humana, cuando un cavernario le quiso dar un garrotazo en la cacerola a un Glyptondonte, la caparazón del bicho hizo rebotar el palazo y Groc se la dio él mismo en la frente. O Tal vez esté en su corazón, ¿acaso nadie tuvo cierta sensación de hastío o patetismo en el medio de la fiesta, cierto momento de lucidez en el que se sale de la risa general y se ve el gesto ajeno, la carcajada que se parece demasiado al llanto?

 

Sin embargo, el caso de Klan es otro. Es el de la charada que, lenta o bruscamente, se vuelve tragedia. No provoca una tragedia, no nos referimos al caso del tío que empuja a la tía a la pileta y el agua fría le da un bobazo, o a los amigazos que abandonan desnudo al futuro novio en su despedida de soltero, atado a un poste, y lo termina violando un linyera -caso real según el folclore bonaerense. No provoca una tragedia, sino que ella misma se transforma en tragedia o se va envenenando y volviendo ponzoñosa.
Y entonces tal vez podamos ser pretenciosos, porque nadie nos ve, y dar vuelta la máxima de Marx corrigiendo a Hegel, corregir al corrector, y pensar que así como  la comedia y la risa pueden ir reptando hacia lo trágico, en la historia, los hechos y personajes puedan repetirse primero como farsa y luego como tragedia. Y allí reside un peligro, uno que radica en la sorpresa, ya que el lugar bufonesco que correspondía a personajes que no podían tomarse en serio, puede ser ocupado por un Donald Trump.

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