Sover al vesre

“Mas docuan el sover al vesre te patea la raca / sé que sos igual a mi saca” Amado Tiempo

Le había prometido que lo iba a llevar a la estación, pero cuando llegó el día se sintió perdida antes de cruzar la calle. Desde la vereda de enfrente vieron pasar el tren y no supieron qué hacer, estaban viendo uno por primera vez, juntos y solos, en una ciudad enojada con dos extraños que la pisoteaban con barro en las zapatillas. ¿Con qué derecho? ¿Qué eran sus pies en esa tierra sino caricias olvidadas o inexistentes? Ella no lo había encontrado, sólo se abrazó a la luz-locomotora que le voló el cartel que la guiaba al sur, (ay, si el sur gritara).

Del otro lado de la calle, parados, mirando el precipicio disfrazado de senda peatonal, pensó en abrazarlo con la intensidad de quien pone su vida en quitar las huellas de una espalda, las huellas de otras manos, las huellas de la tierra que el viento había empujado hacia ella. Quiso derrumbar todo el miedo de ser su peor tormenta, de convertirse en esa noche lluviosa en la que se olvidaron el paraguas en el colectivo y corrieron hacia el techito del kiosco de paredes azules. Él la miró y ella tuvo miedo, él dijo algo así como que era tarde para tener miedo, tal vez estaba sintiendo en los muslos sus manos temblando. Él quería ser poeta, ella quería ser libre.

En la casa de cortinas verdes ella cerraba los ojos y recordaba su cara, también el color de su bufanda, la forma de sus labios que no podían abrirse al pronunciar los nombres de las calles, ni el número del bondi que se acercaba, ni el nombre de la señora que le había regalado los jazmines la primavera en la que él se quedó dormido al lado de Frankenstein y de almohada le quedó Arlt incomodo. Quiso inundar la casa con los colores de aquel edificio desde el cual un hombre miraba pasar a la muchachita que trabajaba en el bar de enfrente, y nunca bajaba por miedo a distraerla de su sueño de bailar en el fin del mundo. Quería inundar la casa con esos colores.

Quería quitar de sus brazos todas esas marcas de fuego, quería descubrir en sus ojos una verdad sin pasado ni rastros de palabras derretidas. Pero no tenía suficiente creatividad para hacer su mirada de nuevo, ni para alisar la sangre de sus labios, ni detener la rebelión tardía de su barba, no tenía tanta creatividad, no. Tampoco alcanzaban sus pensamientos para imaginar un lugar fuera de él, ni sus manos tenían la fuerza suficiente para construirle una casa en dónde pudiese vivir un verso de Baudelaire, su madre, las piernas del Quijote, el perro con tierra en el hocico, el tú, el vos, y sus manos de mujer pálida. No tenía la fuerza suficiente, no.

¿Por qué la ciudad se calla cuando tiene que gritar? ¿Por qué los mapas se prendieron fuego antes de volver a cruzar la frontera? Que alguien les regale un camino, porque están andando sobre la vereda de la baldosa rota en la que encontraron la púa negra aquel día de invierno en el que él le regaló su bufanda. Que alguien les regale un camino, porque su compañero se queda dormido cada vez que le acaricia la mejilla mientras le lee un sover al vesre, porque él se hace cristal a su lado y ve la ciudad como la mira a ella de lejos tipeando un texto o tomando un té a media noche. Que alguien les regale un camino porque su compañero más que un poeta es un amuleto, ella lo aprieta fuerte en su mano y cruza la calle con los ojos cerrados.



Fotografía: ‘El beso’, de Robert Doisneau

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