Tú sonríes, luego existo.

“La muerte es una vida vivida. La vida es una muerte que viene”- J.L.Borges.

Voy a morir, por suerte voy a morir. No sé cuántos días me quedan, pero voy a morir; y ese es el regalo más grato para un mortal. Nunca quise la inmortalidad, aunque sí he tenido la eternidad en mis venas. No es lo mismo. La inmortalidad es cancelar la comprobación de la existencia; en cambio, la eternidad es la proyección constante, pero inesperada: son tus ojos mirándome al despertar. Ahí cuando despierto y te tengo al lado mío entiendo que al segundo puedo morir porque la sensación de estar en casa es eterna ¿ves la diferencia? Lo único eterno es la muerte. (Llego al departamento y me desabrocho el corpiño, y siento como mis huesos vuelven a sentirse a gusto -si es que tus manos en ese momento me rodean los pechos como si fueran peces de vereda queriendo respirar). Y en ese momento entiendo que puedo cambiar de lugar el tiempo, y a pesar de ello, tu mano sobre mi mano seguirá estando en el cielo azul. Es decir, existo porque ocupo un lugar en este espacio, un lugar que varía entre los cronos que giran sobre tus hoyuelos; por eso nunca deseé la inmortalidad porque a pesar de que vos creas que lo inmortal es la existencia infinita, yo creo que al dejar de besar y respirar este aire literario (siempre tuvimos libros sobre la mesada, libros sobre el la alfombra de la habitación, poesías escritas en las paredes del baño, libros sobre nuestros hombros) recién en aquel momento, podré entender que existí (la existencia sólo es tal cuando te veo entrar en la ducha y me dejas bañarte hasta el alma)

 Voy a morir, pero no contigo ni por ti. Un día de esos quizás cruce la calle y me muera; o quizás sea durmiendo, pero no deseo tu cara de espanto. Y aunque tu cara es bella cuando sonríes, eres aún más bella cuando lloras. Eres natural, apoyándote sobre mis hombros preguntándome un por qué al cual no logro responder. Pero cuando lloras eres la mortalidad en mis hombros, eres una lluvia que me choca la piel. Es como si la muerte viniera de golpe y me saludara. No quiero decir que lloras a morir, lo que quiero decirte es que cuando lloras me muero un poco más, y quizás por eso te veo más bella: porque tengo miedo de no volverte a ver. (Y en esto te vas a la cocina a preparar café, pienso en mis miedos un poco tontos, quizás algo comunes al resto de los humanos, pero miedos bastantes cotidianos que nacen al salir de nuestro departamento). A  veces me da miedo de estrellarme la cabeza contra el vidrio de la ventana del colectivo, en aquellos días cansadores donde apoyo sin más remedio mi cráneo con mezcla de músculos. A veces me da miedo pasar por delante de los autos encendidos por miedo a que me corten las piernas. A veces me da miedo correr por miedo a golpearme la boca contra el suelo gris y seco. Y cuando veo la lluvia de tus ojos, tengo miedo de que mis ojos dejen de apreciarte y crearte mariposas verdes sobre tus lunares color árbol. Tu cara es el reflejo de la eternidad, y por eso, mi amor por ti es mortal y eterno. Porque a pesar de que un día me vaya y te deje rodeada de deja vú y frases confusas, el cariño que anhela por el aire sigue tocándote durante las noches, bebiéndote, haciéndote suspirar, y desde la ventana se verá la luna que gira entorno nuestro aunque me vaya lejos de tus ojos cielo. (Ya traes la merienda y apoyas las tazas sobre la mesa redonda del living, nos sentamos en el piso y empiezas a contarme sobre tu día de trabajo: estás tan lejos de saber lo que pienso de ti, de lo que vendrá y de cómo todo este cuerpo se apaga de a poco). Quizás nunca entiendas el por qué me fui, quizás hayan días de lloviznas en tu cama vacía. Y tal vez, yo tampoco nunca lo entienda. Pero nunca fuimos buenas en las despedidas. Y al momento de irme recuerdo la primera vez que fui a tu cama, y te vi desnuda esperando por mí. Tu piel sabía a golondrinas libres, a días de otoño, a hojas rojas sobre el parque, y te miraba, y me mirabas, y soy tuya eternamente aunque deba morirme, quizás hoy, quizás mañana; pero no deseo tu cara de espanto porque eres más bella llorando, aunque tu risa me salve del dolor de la existencia, aunque en tus hoyuelos cuelgue la muerte, aunque tu sonrisa me mate de a poco y por eso: tu sonríes, luego existo.

Camille Pissarro- Sunset, Bazincourt Steeple

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