Tu mirada es la eternidad de mi ser.

No hay nada más puro que aquel amor que se transmite a través de la literatura, o a través de tus ojos -que es lo mismo ¿Te diste cuenta que me cuelgo en tu mirada? No te preocupes, me cuelgo sobre el puente que se forma cada vez que me miras y te miro, y sobre tus ojos empiezan a florecer golondrinas que giran cúbicamente sobre mi jardín de peces. Es que cuando estás cerca descubro que soy, es decir, que existo en un tiempo y espacio; sin embargo, cuando te miro ocurre lo contrario: el tiempo y el espacio desaparecen, y al contrario de sentirme perdida o caótica, comienzo a tener consciencia de mí (y de vos). Cuando te miro, el cronotopo escapa de mi laguna de árboles amarillos (cuyas hojas vuelan y se posan en tus pupilas) y me olvido de todas las historias pasadas; [en tus ojos descansa la paz y el caos de mi ser] y me convierto en a-histórica, y por eso soy eterna [me haces sentir eternidad por las venas verdes]. Entonces comprendo que la locura, lo-cura. Y en ese preci[o]so instante (en el que antes del inst-ante no era nada), tu mirada se posa en los estantes de la biblioteca y traes la poesía de cada uno de los libros, reconvertida, perfumada, adornada por tu sonrisa de cristal. Y comienzo a quererte de una forma que no sabía querer, y comienzo a treparme por tus muros interminables, y vos sostenes la mirada para no dejarme caer [construimos el mejor puente de este gran universo sin tiempo ni espacio] y me quedo sobre tus pupilas color miel ¿Cómo voy a pedirte un tiempo? Si el tiempo con vos no existe, y al no existir, somos eternos (reitero, te beso y cierro), porque la eternidad para ser tal no requiere de ninguna medida, de ningún crono dando vueltas por las paredes gastadas, sólo basta con mirarte dentro de este muro [las miradas crean un mundo aparte, y vuelvo a besarte en cada gesto]; entonces el “siempre” desaparece, porque vamos más allá de todo: del tiempo, del espacio, de la gente apresurada, de los amores encapsulados, de las oficinas con aire acondicionado, del consumo masivo, de la cotidianidad de vivir. Ya no vivimos, ya dejamos de tocar el techo: ahora somos eternos, tocamos las estrellas y el sol sin quemarnos. Y todo esto gracias a tu mirada, a tu mirada jugando con la mía, construyendo puentes que dan vueltas de añoluz. Puentes sobre los que caminan besos, aromas, tu tacto y mi piel. Aun cuando te alejas, nada se pierde porque todo gira entorno a mí a pesar de la ausencia [porque hay ausencias que son verdaderas presencias] porque aunque te vayas, te estás quedando entre mis dedos (que te escriben y guardan la llanura de tu piel) en un estado de eternidad mezclada de dolor y de despedidas mentirosas (y qué alivio es volver a mir-arte)

Lo que quiero escribirte es que hoy me desperté feliz sabiendo que iba a verte, porque no sólo iba a verte, iba a mirarnos y me ibas a llevar lejos de todo, a lo a-histórico, a nosotros. Y que te quiero, que me encanta mirarte y encontrarme (nos) en este lío.

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