Federico Pallaksch: «Crónica de viajes»

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Se hace camino al andar. Y al huir.

Tomado de El momento magnético anómalo de Muón García, y otros textos canónico-críticos (2016).

 

Estoy leyendo un libro de Zlenimsky, escritor polaco que emigró a la Argentina en la década del setenta —y que por poco, por muy poco, no gana el Premio Nobel: están a punto de galardonarlo, el público separando palmas para aplaudir, y a último momento eligen a otro autor (un soviético: nadie entendía nada, un escándalo): recuerdo ese día porque al salir de ahí nos topamos con las noticias, una situación muy delicada para todos nosotros, sus familiares que tanto lo queríamos y cuidábamos, las novedades sobre Juan Domingo Perón, encima eso, ¿viste?—, un libro grandioso desde todo punto de vista y recomendable para cualquier época del año.

Resulta que Zemlinsky, quien se hace llamar Witoldo en el barrio, hubiera querido viajar a Rio de Janeiro, pero al enterarse de que el premio no irá para él —sino al ruso—, tal vez decida quedarse en su tierra de origen para destruir sus escritos —más precisamente en Lviv (tal la transliteración del nombre de la ciudad en lengua ucraniana al alfabeto latino)—, cuestión comprensible pero no justificable objetivamente, porque el único libro que publicaría en vida este escritor —me refiero a Zenlimsky, nacido en Polonia en uno de sus tantísimos períodos de entreguerras—, grandioso desde cualquier punto de vista, en nada inferior a cualquiera de las obras inéditas por mezquindad de su familia, será memorable como pocas cosas que yo hubiera podido leer, pero no por ello dirás, ¿no es cierto?, que merece el menor elogio injustificado.

Unos años más tarde su nombre sería considerado por la academia sueca pero, a nuestro pesar, otro autor le arrebata el premio de las manos a último momento: cosa que sorprenderá a más de uno —inclusive al mismo Zonlimsky en primer lugar (y eso que no hubo manera de hacerle entender que, por mucho que hubiera insistido en destruir sus manuscritos, para ser editado del otro lado del océano podría haber sido adecuado obtener, antes bien, algo por lo que justificar el viaje en trasatlántico —«al menos la ida, Somlinsky», le dije—, y sólo entonces emprender la vuelta, una vez restaurada una situación política cada vez más delicada sin pronósticos de mejora: ni hablar de eso, un desastre, y la salud del líder en manos de un ángel achacado por temblores antiquísimos, andá a saber)—, y en segundo lugar a sus amigos que ya empezábamos a extrañar su personalidad retraída, su invisible malhumor, los achaques incipientes de una bipolaridad tardía. (Podría haber sido: «pero no», me contestaría él, pesimista como siempre, años después).

Y así fue que el intelectual soviético que residiera unos cuantos años en Buenos Aires hasta principios de los años sesenta, por todos los vecinos llamado Estanislao —porque así le castillanizaron su identidad, y no porque él hubiere divulgado la verdadera—, y que por poco no obtendrá el Premio Nobel —me refiero a Slonimsky (a punto de galardonarlo estaban, pero se traspapela su apellido en el momento de la votación, errores de tipeo mediante, ¿viste?, abstrusos errores de transliteración entre lenguas eslavas y latinas, ¿entendés?, y un filósofo que tenía contactos y que les cae bien a los suecos —lo de siempre, fijate—, termina siendo el elegido, un poco por trampa, un poco porque la vida es así, ¿no es cierto?: situarse o dejarse situar en el espacio-tiempo en concordancia con el deseo, saberse sujeto buscador de objetos que encontrar, saber dejarse encontrar por objetos del conocimiento de nadie —aún—); para más datos, me refiero a Nicolás Alejandro Sleminsky, escritor que habría emigrado a Sudamérica a mediados de la década del setenta y que, de no ser por razones de fuerza mayor, tal vez decidiera, al intuir que la condecoración no iba para él, quedarse en su pueblo natal, la ciudad de Lemberg (tal su nombre en lengua alemana), para dedicarse de lleno, atento al bienestar y el orgullo familiares, «a competir», según me dijo, «en varios torneos intermunicipales» de no sé cuál juego de mesa: y de paso acometer la odiosa tarea de castellanizar su novela (variedad rioplatense, para más datos), cosa que logró indirectamente, con la ayuda de sus amigos (esto es: de los amigos que no lo aborrecían todavía, o que no lo envidiaban tanto como para explicarse gracias a un trabajoso odio lo profundo del afecto con que rechazar sus manías, sus insoportables arranques de melancolía, dejarlo solo, abandonarlo a sus indomeñables pesares)—; y que decía llamarse Nicolás Alejandro —eso vos lo sabías, no sé para qué te lo digo—, una y otra vez se negaba a entender —pero no dijiste nada, ¿creías que no me dí cuenta?—, no importa con cuánta enjundia dijésemoslo: que lo ideal hubiera sido no tanto callar o pronunciar tal o cual cosa, sino armar un plan de acción.

Un plan de acción razonable, es decir.

«Y otro poco», discutía él, «porque ese apellido suena a compositor académico prestigioso o en todo caso a estudioso académico autor de libros consultados por aprendices que luego serán compositores prestigiosos o estudiosos como Korngold», discutía él a puro grito, «o en todo caso a estudiosos maestros de alumnos que luego serán compositores prestigiosos o estudiosos o iconoclastas como Schönberg», discutía el a puro grito envejecido y yo no me animaba a interrumpir para decirle: «o Zappa, otro iconoclasta estudioso, y prestigioso en ciertos ámbitos, sobre todo allí donde menos lo entienden, y que además tenía ascendencia judía, también, según sus propias palabras» ni ninguna otra cosa referida a músicos ni escritores porque él discutía a puro grito envejecido por una incertidumbre cada vez más dueña de su espíritu.

«Un plan de acción razonable», le dije, pero no sé si fue ahí que él me pidió ayuda para traducir su libro, o si yo me ofrecí, francamente no me acuerdo…

Nunca entendió, no obstante, que lo conveniente hubiera sido, para volver a la Unión Soviética, participar en algún concurso local —nadie de nosotros pudo haber pensado en el Premio Nobel en esos días, porque estábamos en otras cosas, mucho menos él, porque sería apocado y tímido (por no decir de una asocialidad lindante con la misantropía) pero además era desconfiado: no tenía amigos verdaderos—, por ejemplo el «Nagroda Literacka miasta Krakowa» —que yo mismo habré ganado en 1960, más o menos—, después pedir la ciudadanía brasileña, y entonces esperar, para cuando Juan Domingo Perón hubiere dejado de soñar con un retorno al poder en Argentina, ¿o acaso no sabíamos ya desde mediados de 1974 ó 1975 o 1976 que gobierno de María Estela Martínez caería en desgracia? —mejor ni hablar de eso (iba de mal en peor la situación política, no sé si te acordás)—, y mudarse a la calle Bacacay en Flores —«más o menos por ahí», me dice; un barrio tranquilo como pocos: te estoy hablando de aquellos años, por supuesto, fijate vos cómo pasa el tiempo—, pero ante todo, lo más importante: no dejar que su familia —esa caterva de desquiciados envidiosos—, destruyera su colección de manuscritos —para siempre escondidos en la bañera de su casa en Lwów (tal el nombre de la ciudad en idioma polaco)—, al más memorable de todos los cuales, ¿no es cierto?, convenga quizá leer a través de una hermenéutica levemente distinta del menor elogio injustificado que vos o yo hubiéramos podido murmurar como quien ataca con un saludo de bienvenida a un exiliado amenazado de muerte, a un perseguido por fuerzas asesinas que conjugan lo peor de la soberbia y de la maldad. Porque, pensándolo bien, cuestión que ningún mutismo selectivo podría entre nosotros jamás resolver ni aunque quisiéramos —ni aunque pudiéramos imaginarnos cómo, o para qué, o a bordo de qué vehículo huyendo a dónde—, su libro, tan recomendado en virtud de simpatías nacidas del afecto, no era gran cosa.

Resulta, en conclusión, que el nombre real de esta persona no era Estanislao ni Witoldo sino Nikolai Alexander, para más datos: Nikolai Alexander von Slominsky —se enteró de eso cuando, en la aduana, le hicieron pasar un rato inolvidable en un calabozo oscuro, húmedo y frío donde lo interrogaron y asustaron y volvieron a interrogar)—, y que su nacionalidad era ¿rusa?, ¿o austriaca?, pero no polaca.

(“De todos modos a raíz de esta desgracia descubrí que en mi familia había judíos, y que yo mismo era, según esa discriminación, un judío, según esa categorización racista”).

Andá a saber.

Toda la confusión surgió porque en mis vueltas por Europa en la época del Mundial ‘42 llega a mis manos el libro Gruppenführer Louis XVI del historiador alemán Alfred Zellermann, novela en la que Rio de Janeiro y Buenos Aires aparecían mezcladas como si pudieren ser entidades geográficas y políticas cercanas, o bien Brasil y Argentina una especie de masa homogénea, nada extraño desde el distante punto de vista de un europeo —si pensamos en lo que sucedía en estos países en la década del setenta, la triste fórmula de militares autoritarios al poder y sangre en las calles, la clandestinidad de la guerrilla y los centros de torturas y los asesinatos programados, el exterminio de seres humanos avalados por un monstruo idiota disfrazado de Razón, y desde ya: la predilección por esta zona del mundo de parte de altos jerarcas del Tercer Reich, Wilfred von Oven, Jacques de Mahieu, Walter Schreiber, Dinko Sakic, Erich Priebke, Josef Schwammberger, Eduard Roschmann, Adolf Eichmann y Josef Mengele, entre otros, y cómo obviar eso que nos identifica en esa rivalidad mucho más verdadera que la más cálida de las fraternidades, el fútbol—, me refiero al punto de vista de un europeo que desconoce las pluralidades culturales y étnicas y políticas de Sudamérica, y que por esa razón prefiere no distinguir a Di Stéfano de Garrincha, a Pelé de Maradona, como si alguien pudiera confundírselos, por favor, incluso si te tomás la molestia de ignorar lo lindo que hubiera sido que en el ’46 Argentina no perdiera esa final contra Brasil, qué hijos de puta, qué hijos de puta.

¿Y qué importaba ahora el retorno de Perón, y lo que vino poco tiempo después? ¿Qué, si es cierto que ese viaje fue lo que agravó su salud? ¿Y qué, las palabras escritas y silenciadas, los planes de acción, las fundamentaciones teórico-críticas sobre los fracasos y los éxitos, las rencillas barriales y familiares, las ambiciones canónicas de un expatriado que habría de escapar en cualquier dirección para no sentir las fuerzas asesinas de una Historia que perdió el camino hace varios siglos, una concepción de la Humanidad que nos empuja al cataclismo?

Pero justo no va que a Alemania se le ocurre atacar a Polonia.

Hacia o desde Leópolis (tal el nombre de la ciudad en latín), por ende, salimos una noche aciaga en la que ni siquiera al mejor de los milagros imaginables le faltaba algo de crueldad.

 

[Pablo Contursi: edición y fotografía]

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