Nicholas David Wahsrek: «Entrevisión»

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Algo mejor que desperdiciarlo formulando acertijos sin respuesta. Algo así.

Primera parte del ensayo «La visión hipnagógica como tropo», incluido en su Tratado de Filosofía Epistémica (2015).

 

Con ojos cerrados pero del todo consciente, veo una imagen sin colores. A no ser por una discordante minucia, podría ser uno de mis dibujos. No reconozco en ella nada similar a mi estilo; pero mentiría si dijera suponer que están unidos por un estilo, y mucho menos uno propio. Tampoco es verdad que reconozca yo en el conjunto de mis dibujos una marca de mi identidad. Porque los hice, sé que son míos: recuerdo haberlos hecho. Y porque los tengo y guardo, sé que existen; y ello coincide con antedicho recuerdo. Pero algunos tienen rasgos que me desconciertan, pues parecen haber sido puestos allí no por mí, sino por un agente externo. Estoy consciente, como ya dije. Sé quién soy, cómo me llamo, qué hice en los últimos meses, cuáles son mis proyectos, en qué país vivo y qué año es.

Pero esta imagen no es uno de mis dibujos. El detalle que no concuerda es una característica ajena a ellos, precisamente. Porque esta imagen sin colores cambia: y en un elemento se aprecia el paso del tiempo. Inquietante, porque no hay dudas de que, excepto eso, el resto de la imagen posee las cualidades típicas de un dibujo. Ante mi introspectivo escrutinio no hay grises: nada más que blanco y negro. Si bien es clara mi conciencia, porque tengo conocimiento cabal de estar experimentando con ojos cerrados la visión de un fenómeno que no sucede en el mundo físico, no abarca la totalidad de mi mente. Esto es, parte de mi mente queda fuera del alcance de mi conocimiento. Lo que ignoro no es la imagen, por supuesto, sino cómo se produce. Mi visión se dirige hacia esa zona, que es un plano limítrofe: el encuentro de dos ámbitos mentales. Pero a lo desconocido no le doy ningún nombre ni lo cubro con ningún prejuicio: el concepto de un recinto inconsciente unificado es demasiado decir, y demasiado imaginar.

No es mi tarea imaginar nada ahora: estoy empleando mis capacidades de percepción para observar un fenómeno que se presenta a mi consciencia. Nada más. El hecho concreto es que aquello que detecto como incógnita es desconocido para mí: y en el límite entre lo conocido y lo desconocido está la imagen. No siento nada, tampoco: no tengo emoción ni sentimiento, y aunque mi memoria está intacta, esto que se manifiesta a mi observación no es un recuerdo. No es una imagen verosímil, ni realista, además. Por varios minutos observo en ella una creación que, supongo, proviene de mi propia mente. No creo posible la existencia de deidades; ni la comunicación entre las mentes por otra vía que la intermediación física. No creo tampoco que ningún sentido útil ni verificable haya en el solipsismo. En la imagen veo el límite entre lo que parece ser una superficie de agua y una orilla, un cordón entre agua y tierra firme, un borde de ladrillos de piedra…

Pero en el agua se ve el reflejo de algo inexistente: un bloque blanco. Es un reflejo de un objeto que debería estar en la orilla, pero falta.

Pienso en Heráclito.

¿Qué es lo que denuncia el paso del tiempo sino el movimiento del agua? ¿Cuál es aquel elemento ajeno a mis dibujos sino el tiempo?

Razono: que afecte a mis dibujos el tiempo no equivale a suponer su presencia en ellos. Y aprovecho algunos segundos para pensar algo más, antes de que la visión se desvanezca.

Esta experiencia de una imagen (de obvia inverosimilitud y existente sólo para mi mente) en la que veo, sobre una superficie de agua, un reflejo de algo que está ausente (en ningún otro lugar de la imagen), es decir un reflejo puro (sin cosa), miente o bien en la cosa faltante (el bloque rectangular blanco), o bien en el reflejo agregado (que refiere a un objeto que no está más que en su reflejo: copia de original inexistente).

Atribuyo a mi mirada la propiedad de ser introspectiva, como dije antes, pero no sólo eso. También razono que estoy efectuando, quizá por primera vez, una genuina observación introspectiva: se manifiesta ante mi consciencia algo que no es sentimiento ni emoción ni recuerdo de nada; veo con ojos cerrados algo que no proviene del mundo exterior, ni de un sueño, ni de la intoxicación, ni tampoco de cualesquiera superposiciones de factores de estas índoles (no es, por ende, una alucinación, ni una confusión debida a un trastorno).

El agua es negra y pasa de derecha a izquierda.

Una corriente de agua oscura que refleja un objeto blanco que no existe. ¿Un río? ¿Y qué es ese objeto blanco que no existe sino como repetición de otro original y ausente?

Esta vivencia, tratada con instrumentos de análisis poético, podría generar ideas que retornasen una y otra vez al concepto de tropo. Pensaré mucho sobre eso cuando abra los ojos, y un poco más cuando redacte un texto para describir y narrar la experiencia y darla a conocer a quién sabe qué público, no sé cuándo…

«Si el río es espacio y tiempo; / entonces, como es escasa / la naturaleza en ángulos / rectos —salvedad hecha del / mundo de lo microscópico—, / ¿no será ese objeto / un producto humano, / un-cacho-de-cultura?».

Me desperté.

 

[Pablo Contursi: edición y fotografía]

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