Explotájaros

Yo sé que existo porque tú me imaginas.

Soy alto porque tú me crees alto,

y limpio porque tú me miras con buenos ojos, con mirada limpia.

Tu pensamiento me hace inteligente, y en tu sencilla ternura,

yo soy también sencillo y bondadoso.

Pero si tú me olvidas quedaré muerto sin que nadie lo sepa.

Verán viva mi carne,

pero será otro hombre oscuro, torpe, malo el que la habita.

Ángel González

La mañana del jueves 16, después de leer unas fotocopias sobre lingüística funcional, de las cuales no recordaba más que: “Sólo así puede hablarse de comunicación animal”, repetí  “animal” en voz alta para ver si mi perro lo notaba y volteaba a verme, pero no, probablemente no sabía que era un animal. Alguien me había dicho un día que  yo era humano, y me miraba las manos todas las mañanas para confirmarlo. Además sospechaba de mi humanidad por algunas características que había descubierto de mí mismo. Una de ellas era mi variedad de risas, por ejemplo, tenía una especial cuando me contaban anécdotas graciosas de alguien que ya estaba muerto, y otra más vibrante para cuando me hablaban de personas vivas.

Dejando las fotocopias en la mesa, me levanté del sillón flaco y me sonaron las rodillas; podía calcular el tiempo que me pasaba sentado dependiendo del ruido que hacían mis piernas al levantarme, (ventajas de ser humano): decidí que había estado sentado aproximadamente una hora.

Supe que ya debía salir de casa, pero cuando intenté dar un paso hacia la puerta sentí los pájaros que aleteaban en mi estómago, dolía, dolía como un demonio, no era como me lo habían contado. Cerré los ojos con mucha fuerza para no sentir, todo lo que veía estaba empapado de asfixia, y de pequeños golpecitos parecidos a la ausencia, los pájaros subían a mi cabeza intentando salir, pero había cerrado los ojos con tanta fuerza que ya no podía abrirlos ni con todo el empuje de mi alma humana, y los pájaros no entendían, porque no sabían en dónde estaban, quiénes eran, ni del daño que me hacían, ellos sólo conocían las ventanas con las que se chocaban, todo era tan trágico y lleno de colores, como el caos, tan lleno de nada, como las manos de los desalojados del barril, y dolía como un demonio, no era como me lo habían contado.

Llegó el mediodía y mis ojos seguían sellados, los pájaros se habían dormido por un momento, lo que me permitió pensar por un instante, ¿qué habrá sido de la vida de Pablo y Míriam?  Él le había dicho que la quería, lo había escrito en la ventana del tren. Qué habrá sido del amor de Pablo y Míriam, qué habrá sido de su amor, qué, qué, ¿quiénes son Pablo y Míriam? Qué… uno de los pájaros se había despertado. Recordé que debía respirar, y en un segundo de lucidez vi mis piernas acortarse y de mis manos chorrear un liquido negro parecido a las lagrimas de la mujer que había llorado la ciudad una noche esperando el tren en la estación. Me estiré buscando la perilla de la luz, pensando que ayudaría a despertar a los demás pájaros, pero no pude alcanzarla, sentí un escalofrío aterrador en los pies, de esos que se sienten cuando el tren frena antes de llegar a la estación, (ella espera en la estación) y supe que no era tan alto como creía.

Sentado nuevamente en el sillón flaco, cansado de esperar y reteniendo las lagrimas adentro del cuerpo al igual que las aves, odié al niño rubiecito con el dedo en la nariz que había visto desde la ventana del tren, me sentí malo, muy malo y oscuro, “ojalá Pablo y Míriam ya no estén juntos, ojalá todo haya sido un sueño, una mentira”,  alcancé a susurrar antes de que mis ojos empezaran a abrirse lentamente. Los pájaros comenzaron a cantar dentro de mi cuerpo, y el dolor fue melodioso y triste y hermoso, fue como el despertador dormido en el cajón de mi infancia.

Ya pasadas las 12:00, entre el delirio y la formalidad del mediodía, recordé la frase: “Sólo así puede hablarse de comunicación animal”, y me pregunté silenciosamente desesperado, ¿qué significa eso?, ¿qué es comunicación?, ¿qué comen los animales? ¿no era yo un hombre inteligente experto en lingüística y sintaxis? No importaba, mis ojos estaban abiertos completamente, el canto se fue muriendo vibración por vibración, la luz se encendió, los pájaros comenzaron a empujar con furia, como una tormenta de alas y pies, no soportaban habitar dentro de un hombre oscuro, torpe, y malo. Silencio.

Esperé unos segundos para recuperar la fuerza en mis piernas y me paré en frente de la puerta, supe que estaba vivo, miré mis manos sucias, recordé que era humano, salí a la calle sin pájaros en mi estómago.

Ella había dejado de escribirme.

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