El origen del arte.

“Eras como mi espejo, quiero decir, para verme tenía que mirarte”
Julio Cortázar

Imagínate un hombrecito de papel mirándose las manos. Planas. Las cruza un renglón en forma diagonal. Se observa curioso su cuerpo plano. Sabe (todos lo sabemos) que el mundo no es más que un texto esparcido. Pero él se siente nulo y pequeño. Plano, sobre todo. La planicie de las palabras que lo escriben. La planicie de sentirse insuficiente. Yo no sé si nosotros seremos gigantes martillando el techo de las estrellas o diminutos hombrecitos de papel mal recortados. Tampoco sé si algún día el fuego nos quemará como una hojita de fósforo y nos convertirá en esos crisantemos naranjas que suben porque su ser es leve y flota sobre las manos del aire. Decir que “sos mía” inevitablemente me estaría obligando solamente a hablar de mí. Toda la afirmación hace referencia al sujeto que posee, con un minúsculo deslizamiento hacia el final en donde entras tú (y en sólo una letra, ¡imagínate! ¡cómo si tocarte no fuese un texto entero!). Jamás voy a decirte que sos mía. Sino, todo lo contrario. Quizás también nosotros seamos personitas de papel que alguien estará recortando de revistas viejas. Lo que me gustaría decirte es que soy tuyo. “Soy”, porque hace referencia al sujeto (en este caso, el siempreeterno “yo”), y “tuyo” porque es una construcción. “Tuyo” se compone de la unión entre “tú” y “yo”, lo que quiere decir inevitablemente, que cuando te digo que “soy tuyo” te estoy diciendo que yo soy por los dos. Que siempre algo de vos llega hasta mis orillas. Que siempre algo de mí quiero que quede en vos. Que, así como el hombrecito de papel, la inmensidad del mundo me asusta y me hace sentir pequeño, tonto, insuficiente. Pero el hecho de que, dentro de ese mundo feroz, existas tú, me impulsa a elegir: elijo tener miedo y estar contigo; elijo la insoportable duda de no saber si te arrepentirás mañana y me dejarás solo como farol de noche; elijo todas las posibilidades de que me rompas el corazón; elijo soportarte en tus momentos más desesperantes; elijo aceptar que no te quiero por cómo-me-gustaría-que-seas, sino porque lo que eres es, simplemente, deslumbrante; elijo ser todos los días que elijas ignorar; elijo ser quien te toque la cara para intentar besarte sabiendo que me dejarás sin defensas, desnudo, disminuido; elijo todos los problemas y todas las posibilidades de que esto salga mal para demostrarte que no hay nada más natural que tomarnos de las manos y saber que estamos vivos. Porque elijo ser tuyo. Es decir, los dos. Porque quiero que vos “seas tuyo” conmigo (es decir, los dos). Porque elijo am-arte. Y a través de este verbo tomo su declinación final para comprender que, después de todo, el amor y el arte son la misma cosa, de manera que el amor es necesariamente la emoción primera que funciona como condición de posibilidad de todas las demás y posibilita la experiencia artística (es decir, estar juntos, que no es menos explosivo que el karawanne). Elijo tu cara de foca literaturizada y tu perfume de alondras. Elijo que estar contigo y no estar contigo sean las medidas de mi tiempo. Elijo aceptar la posibilidad de perderte para saber que tengo posibilidad de ganarte. Elijo saber que tus labios son, a fin de cuentas, el origen de mis obras de arte. No sé si somos una electricidad irradiándose furiosamente sobre nuestro lenguaje o la certeza de saber que eres mi paz. Sólo te pido un favor: somos libres, pero quedate.

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