Más allá del tiempo, somos arte.

Cada amanecer y atardecer que pasa, mi vida se hace más monótona que de costumbre… sí, “que de costumbre” he dicho y  suena algo paradójico. Hay cierta automatización en mis acciones que ya no recuerdo si esta mañana me he bañado o no, si he comido guiso o carne, si quizás soy vegetariana y no lo recuerdo. Y como puedes comprobar, a cierta automatización se le mezcla una pizca de olvido, a costumbres arraigadas, a hábitos ya poco fructíferos. Y cuando tomo la hoja que cuelga de mis hombros puedo leer: “Si la vida compleja de tanta gente se desenvuelve inconscientemente, es como si esa vida no hubiera existido”*; entonces, entre vientos y mareas, pienso que quizás no quiero tanta inconsistencia en mí, y en aquel instante puro de sin vida, de sin tiempo, te pienso; existes y tu existencia es más fuerte que esta melancolía que se arma en mi automaticidad, y que se desarma al verte rodeada de libros, de cafés, de deja vú corriendo por la casa, de tu cuerpo desnudo, del reflejo de sol que entra por la ventana y se posa en él, tan delicada y bella que sabes a existencia. Sigo pensándote, mirándote desde lejos, y mis ojos vuelven a la hoja que sigue diciendo: “Para dar sensación de vida, para sentir los objetos, para percibir que la piedra es piedra, existe eso que se llama arte.”**. Tú existes y te llamas arte, eres mi arte, no porque eres mía, sino porque puedo verte como tal, como un arte que se arma en cada amanecer y atardecer, y haces que mis monotonías dejen a un lado sus confluencias; entonces pienso en el tiempo y en el tiempo, y pienso en su dualidad, y llevo esto para estudiarla a usted, arte de las artes, en una sincronía en la cual me eliges como autor a su obra completa, y en una diacronía en la cual me escribes sílabas, día por día, fonema por fonema, y entiendo que esto es paradójico: mi arte crece en el tiempo y con el tiempo (al igual que mi amor por ti), dos ejes que se cruzan, con alas que pueden volar, con deseos míos de tenerte cerca, cerquita, oliendo tu aroma a golondrinas verdes, a soles azules, a naranjas amarillas, a usted en mi hombro; entonces el tiempo se detiene y ya no existe sincronía o diacronía, todo va  más allá de esto: somos tú y yo desautomatizándonos en este mundo rutinario, nos percibimos en el tacto, en los seis sentidos (somos el sexto, mi amor); mi tiempo y mi arte arraigados a usted. Y en cada gota de esta melodía, puedo observarte, besándome en cada gesto, en cada libertad de esta existencia, y somos dos externas al tiempo: le estamos ganando. Ya no estamos quietas ni tampoco nos estamos moviendo: existimos más allá de cualquier cronología, somos arte en pleno éxtasis, somos la gloria en este rincón de eternidad, de oraciones incompletas, de perfumes con gusto a almendras. Y tú me miras, desde mi hombro me miras, y te quiero, y te percibo, y somos dos, somos más que tiempo: somos arte. Y el arte no permite costumbres… Y fue el arte quien me salvó de tantas automatizaciones, fuiste tú, mi arte.

 

Monet-A-Cliff-Walk--Pourville-impresionista

 

*Tolstoi citado por Shklovski, 1970.

**Shklovski, 1970.

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