Sintagma

“Todo lenguaje, sin excluir al de la libertad, termina por convertirse en una cárcel”
Octavio Paz.

Escribió, sobre una dudosa línea recta, con letra firme y pausada: “¿Cuál es el límite de la libertad?”. Paseó su mirada por la habitación en vela. Inmediatamente tomó su taza de café con ginebra y bebió. En efecto, estaba en llamas. Su lengua era una pira. Paria. Pábulo. Fiebre. ¿Fénix? Onix. Suspiró. “Soy el cáncer”, pensó, “tengo cáncer en la lengua; voy a morir dos veces, como Juan José Castelli”. Volvió hacia el texto y retomó en punto y aparte: “Recuerdo en retazos las afirmaciones de Fromm sobre la naturaleza dual de la libertad, que es al mismo tiempo encuentro y fuga, fuga y misterio, misterio y verdad, verdad y verde. Y me cuestiono, infatigable, ¿cuál es el límite de la libertad? En vano espero formular una hipótesis de salida que ya me veo arremetido por otra pregunta: ¿cuál es el límite de la espera?”. Bebió nuevamente de su taza y continuó (punto y aparte): “pienso –solamente por pensar- en un acontecimiento tan pesado que se nos cuelgue de la camisa como anzuelos de pesca. Es decir, pienso en literatura, a fin de cuentas. Literatura que, por lo demás, ignoro. La literatura siempre fuiste tú. Espero que sepas comprender y perdonar esta lacónica des-cadena-de-pensamientos. Lo que intento concluir es que si la libertad tiene un límite no es el pavor de saberse solo –como Fromm remata- sino, por el contrario, el pavor de saberse limitado. Limitado porque, en evidencia, el límite de la libertad es la literatura, es decir, la estética en general”. Alguien llamó a la puerta. Permaneció en silencio hasta oír los pasos resignarse en la lejanía. Prosiguió (punto y seguido): “No sé lo qué es el tiempo. Mis ojos ya son un fulgor. Sea. Tal vez en este fulgor encuentre la chispa adecuada. El fulgor de aquel hombre frente al despertar. El fulgor vulcano. El fulgor balcano. Y la injustificable rima de la prosa. El color de los silencios. Y en mis infinitas elecciones hay una que jamás seré capaz de tomar. Todos los suicidas son mártires si el tren que les aplasta el pecho viaja cargado con miles de ojos tristes. Con los mismos miedos de siempre. Te suplico, no tengas miedo. Aquí está mi mano y, si quieres, saltaremos juntos. Sólo no te vayas nunca. Porque el cáncer ya ha hecho metástasis –no sé si de mis pulmones o de mis libros- y terminó por desgajar mi lengua; resbalándose está, sílaba por sílaba, sobre tu nombre, sobre mi nombre, sobretunombre, sobrminombresobtunobrsominbre… Es que te quiero, y no es mi elección: es solamente otro de mis tantos modos de ser contigo. Y si existe un límite de la libertad, es ese. Y quizás, algún día, por fin te des cuenta (que encajamos perfectamente como raíz y afijo, como un sintagma). Es que tengo un verdulero en el armario. Y la espera ya no espera. Y nacieron peras del olmo. Y los olmos, allí, las dejan caer. Frágiles. Como el aire. Sus hojas. Una por una. Texto por texto. Como tu nombre, sobre mi nombre. Como literatura, que es nuestro terreno en común: nuestro punto de encuentro. El único lugar en donde, tal vez, siempre seremos libertad y cárcel. En donde algún día, por fin, me necesites”.

Y agregó “¿cuáles son las condiciones de [im] posibilidad de la literatura?”. ¿Alguien llamó a la puerta?
Sólo somos una interrogación sobre el pie de página.

Imagen de portada: “Misty Bridge St. Petersburg”
Leonid Afrimov

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