Algunas apostillas sobre la literatura: Tiempo y relato.

“Acercate sin acercarte, como un puente que salte la distancia”
“Oh, tal vez (tal vez), yo te abrace donde estés. Sin encuentro la armonía no tiene pies”
Luis Alberto Spinetta

Existe -no quiero adelantarme mucho en esto, pero- la perspectiva común de que todo relato necesita un tiempo sobre el cual extenderse; de igual modo, todos los tiempos requieren de un relato en el cual manifestarse (aunque ese relato sea. al menos, nuestro propio cuerpo). Es precisamente esta interrelación entre tiempo y relato lo que, se supone, le permite a la literatura adquirir su carácter histórico. Como hace frío me puse el suéter que estaba en mi mochila. El mismo que te presté hace un par de días para que no tomes frío. Todavía conserva tu perfume, y se siente extraño. Pienso, ¿qué pasaría si renunciamos a la idea de tiempo y relato para escribir una nueva literatura? ¿nuestras obras serían menos históricas o, mejor dicho, antihistóricas? Quiero ser claro ahora: el lenguaje no puede ser nuestro límite. Si nos limita es por habernos guardado las manos en los bolsillos de la vida moderna y resignarnos a la crápula sonrisa de esclavo. Sé que tú no quieres eso. Tú sabes que yo tampoco. La vida sólo existe en tanto que es amplia. Tú comprendes. Así como mi suéter hoy es doblemente poderoso, es suéter dos veces, porque abraza tu perfume con el mío, la literatura será doblemente poderosa cuando renunciemos a la idea estructurante de tiempo y relato. Porque la palabra obtiene su poder de la fuerza de todas las mujeres y los hombres que la han pronunciado. Y ese es el carácter histórico de la literatura. No el tiempo. La literatura niega el tiempo. Lo niega dos veces. Tres, quizás. Precisa negarlo para poder construir experiencias afiladas que nos laceren los propios huesos. Porque, si vamos a escribir, mejor escribir desde los huesos. Paro. Observo la pared. Pienso. Y agrego: no sé si te beso para escribir el beso o si escribo sobre el beso para volver a besarte. Es que somos un desastre, y quizás por eso escribimos. La vida será más poesía con errores ortográficos que explosiones de café con leche. Y lo sabemos bien. El arte de no caer en las uñas sucias de los cronosapiens. El arte de ir muriéndose de a poco. De perdernos para encontrarnos. De contradecirnos. De esquivarnos para estar juntos. De desenfocarnos. Paro. Observo la ventana y veo la luna colgando como un farol de la cara pecosa de la noche. Pienso. Y agrego: no sé si te escribo porque ya estamos muertos o porque no quiero que te mueras nunca. Lo que intento decir, es que tienes la sonrisa más linda del planeta.

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