“Adorada me voy a mis combates”

Pintura: Michael Créese

Era la madrugada del viernes, sentado en el sofá, estiró su mano hacia la mesita de luz, agarró el libro, y con ánimo de final empezó a leer. Pero al pasar los minutos el desvelo se apoderó de la pequeña habitación, cada hoja dejada atrás era un nuevo escalofrío, cada posible final, un abismo.  No quería que termine, no quería dejar nunca de acariciar esas letras formando mundos, frases, muertes.

Mientras susurraba violentamente en la que creyó era la primer noche de su vida, dentro de sus ojos o su boca una rima eterna dormía, una canción del mar, esa que tanto extrañaba, una canción de piedra y viento, aquella que le cantaban antes de dormir (cuando aún no conocía la poesía).

Había visto tantos arcoíris detrás de los edificios y sólo de uno se había enamorado, había deseado finales y principios, lo cierto de un adiós silencioso, y el vuelo imprevisto de la imaginación al cerrar los ojos.

Mareado a causa del olor a café y tinta que tenía su bufanda, comenzó a padecer el final que estaba cerca. Era de esos finales dignos de silencio, de ojos perdidos, y de rostro cubierto con manos entumecidas. Hizo una pausa y miró hacia atrás. La cama de madera seguía en su lugar, estaba amaneciendo, y  ahí se encontraba el único arcoíris o tormenta que no se había borrado de su memoria, dormía, con las manos juntas, como esperando recibir un poco de agua, arena, o pelo.

Volvió a agarrar el libro, sintió la inevitable y triste despedida como parte de su agitada respiración, leyó en voz más alta (pero no tanto como para despertar al arcoíris durmiente):

“Y así esta carta se termina

sin ninguna tristeza:

están firmes mis pies sobre la tierra,

mi mano escribe esta carta en el camino,

y en medio de la vida estaré

siempre junto al amigo, frente al enemigo,

con tu nombre en la boca

y un beso que jamás se apartó de la tuya”.*

Se levantó del sillón, las olas golpeaban fuerte en las paredes de la habitación, caminó hacia la cama, y pensó que tanta paz era motivo de fiesta, de despertar, de despedida, y de final.

(*) Neruda, Pablo, Los versos del capitán.

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