Un café para mis días.

Hace tantas fotos que no te veo, que no te veo agarrando tu taza de café. Recuerdo que la sostenías como sostienes los libros,  con aquel mismo cuidado, con aquel mismo amor que sostenías mi mejilla cada mañana al despertar. Recuerdo que cuando algo te gustaba, tu risa salía de los túneles más escondidos de la Tierra y era hermoso verte reír (quizás me gusten aquellas cosas que sólo pasan una vez en la vida). Pero no quiero recordar tu sonrisa, estábamos hablando de tu peculiar manera de sostener la taza de café –con leche, por favor; acto seguido de tomar la azucarera: dos, tres, seis y mezclar. Entonces en aquel momento cuando tus ojos se enfocaban en girar la cuchara de un lado de la vida para el otro, yo te observaba plácidamente; y recuerdo que algo similar hacías conmigo cuando el amor te encendía de golpe como un rayo en el medio de una tormenta (quizás me gusten aquellas cosas que sólo pasan una vez en la vida). Luego, tirabas la cuchara a la mesada e ibas al sofá, tomabas un  libro entre tantos que habían en la mesa; y recuerdo que de esa misma forma nos hemos elegido –uno entre tantos- quizás porque es el que más nos gustaba, quizás porque era el más interesante, pero jamás porque era el más a mano (quizás me gusten aquellas cosas que sólo pasan una vez en la vida, porque si hablamos de elegir, te elegí a ti entre tantos libros y cafés, entre tantos sueños e insomnios, entre tantos elefantes y hormigas, entre tantas idas y vueltas). Pero volvamos a ti, te comentaba que cuando te observo tomar el café y tu peculiar manera de prepararlo, a la vez observo pasar mi vida por la tuya, como el azúcar por el café y esto gira, gira hasta que con decisión llevas el vaso a tu boca; y recuerdo cómo tus labios rozaban los míos en aquella tarde de lluvia en la que me invitaste a tu departamento (en la mesa mi matecocido casero y mi pan preferido, un poco de dulce de leche por aquí, otro por allá), y te paraste, me hiciste dejar mi taza apoyada en el piso e hicimos el amor sobre la mesa o tal vez, el amor nos hizo a nosotros (quizás me gusten aquellas cosas que sólo pasan una vez en la vida); siempre tan al revés nosotros.

Haciendo foco nuevamente, lo que quiero decirte es que cada vez que te veo tomar el café me enamoro de tu risa, de tu mirada cuando se fija en la mía, en tu manera de elegirme cada día, en nuestros puentes de vida, en la violenta delicadeza de tus labios, y en tu forma de crear el amor conmigo a tu lado (cre-arte). Entonces te miro, a lo lejos te miro, me voy acercando y aunque no me guste el café, me acerco cada vez más, me acerco a tu oído y te digo “otro más, por favor”, y aparece tu sonrisa como respuesta a todo.

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