Algunas apostillas sobre la literatura: ¿Qué es la literatura?

25/03/2016

“En cada obra late, con mayor o menor grado, toda la poesía. Cada lector busca algo en el poema. Y no es insólito que lo encuentre: Ya lo llevaba dentro”
Octavio Paz (1914 – 1998)

Allí estábamos: yo sentado acaricié tras-la-funda el borde de mi guitarra, y vos te peinaste a contraluz, del lado de la ventana. Y aquello fue literatura. O mejor dicho, aquel momento se sintió como literatura. Y tal vez ahí esta la punta del ovillo que tanto buscamos. Pero, en partes: digamos que, para que nadie se ofenda, la literatura es una categoría cultural histórica -y que por tanto, se puede historizar- y que responde a diferentes significados. Esa definición es equivocada, pero no importa. Juguemos con ella un poco. Si esto es así, entonces, inclusive, podríamos contemplar sus vastos significado e intentar agruparlos por semejanzas, como hacemos con los sapos u otros animales malignos. En efecto, digamos que están por un lado los que la definen como un corpus de textos que responden a un momento histórico (es decir, la literatura en tanto hecho social), y por contraposición, están los que la definen en función de algo almático que se supone habita y late dentro del lenguaje y destaca a la literatura por encima de los otros géneros (es decir, la literatura en tanto su literariedad). Existe, es cierto, un tercer grupo que no responde ni a lo uno ni a lo otro, y que inclusive se puede subdividir, pero no es el fin de este microtexto, sólo basta con que ustedes lo sepan. Ahora bien, entonces, ¿cuál es el problema? el problema es que aquello que responde a múltiples significados, en el fondo, no significa absolutamente nada, y ya acordamos desde un primer momento en la introducción a estas apostillas que nada de lo que se haya dicho puede ser pensado de buena manera cuando la nada nos produce náusea. La literatura, mucho menos. Si te preguntas por qué esto es así no debes más que mirarte en un espejo. Somos la herencia de los cronosapiens, y estamos determinados por sus sistemas culturales, en donde se inscribe la literatura. La literatura tiene que ser todo eso para poder caber dentro del tiempo, en tanto hecho histórico-social y en tanto categoría que funciona con aristotelismos de supermercado. Pero más allá de eso -o tal vez porque existe- es importante preguntarse las cosas dos veces, o tal vez tres. ¡Claro que la literatura se produce dentro de un hecho-histórico-social! Pero eso no quiere decir que la literatura sea, ontológicamente, eso. En última instancia, ese sería el resultado. Y es un simulacro. Como nosotros también lo somos. Como también lo es nuestro lenguaje, que no es más que la materia prima con la que cocinamos nuestra literatura. Y el lenguaje, como tal, tampoco es un hecho social, sino una tecnología (el hecho social viene después, o a la par, pero nunca antes y no es un determinante ontológico). Y como tal su funcionalidad es la de extender alguna parte de nuestro cuerpo, y en este caso más particular, esa parte del cuerpo es la de nuestro pensamiento -incluyendo en esta categoría a todas las inteligencias: lógicas, emocionales, motoras-. Pensamiento, y agrego, en cuya dirección contempla, a su vez, accionar frente al cuerpo -el otro, el mismo- y alterarlo. Pero (y es aquí en donde la literatura cobra valor), en el caso que nos interesa, existe un mecanismo de mediación entre ambos cuerpos: el pacto de lectura, que construye el modo de recepción y proyecta una relación de lucha (como el encuentro nietzscheano entre las voluntades de poder) entre el autor que intenta decirnos qué y cómo interpretarlo y el lector que elige interpretar o no lo que más le plazca. Rejuntando: la literatura es una relación crítica entre dos cuerpos, a través del lenguaje, mediada por un pacto de lectura. Y quizás por eso cuando estábamos allí sentados y yo acaricié tras-la-funda el borde de mi guitarra mientras ella se peinaba a contraluz, del lado de la ventana, aquel momento se sintió como literatura. Porque nada hay más cierto que sentir.

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