Pensares (1): La vida eterna.

  • El colectivo garantiza la vida eterna

Prestando un poco de atención, y si la fortuna de correspondencia entre nuestras deducciones está a nuestro favor, en la rutina de transportarse (sistemática, casi obsesivamente pero con normalidad y quizás por eso secuencial) en colectivos uno puede adivinar la vida de los demás colegas que mantienen cierta periodicidad de concurrencia en este. La mayoría de veces esto último se da sin que nadie más que uno sepa que aquellos son partícipes de tantas aventuras como límites (o no) tenga nuestra imaginación. Así, esa señora que trae a su nieta del jardín todos los mediodía hábiles puede dedicarse, de manera part-time, a ser integrante del servicio secreto estadounidense o de alguno de esos países que tienen muchas consonantes seguidas por nombre, en una misión que consiste en medir el efecto de las chipás en los individuos de veinticuatro a cincuenta años (con amplias posibilidades de un almidón terrorista y cosas por el estilo…).  O ese chico alto, que siempre golpea su mollera contra el pasamanos horizontal gracias a su altura de basquetbolista frustrado, que se supone vuelve de trabajar tarde a la noche (porque en invierno siempre es tarde) bien puede volver el salvar al mundo, o aunque sea a San Miguel, de una infección de mosquitos que escupen ácido (porque los verdaderos actos heroicos pasan desapercibidos…); las posibilidades, si bien infinitas, no siempre son tan extravagantes y la señora puede llegar, cocinar, mirara los chimentos y estar así, siendo ama de casa hasta que se duerme ( y mañana lo mismo… y pasado lo mismo… y pasado lo mismo… Oh! Una sorpresa!! pero mañana será lo mismo…).

De más está decir que, a su vez, uno también puede ser partícipe de historias ajenas similares o totalmente antagónicas a las propias. Ha de ser un poco preocupante, sino a la inversa, habrá que dejarse por las ficticias invenciones de nuestros colegas de rutina. Esto es altamente conveniente porque, al estar sentado, agarrado o apretujado entre barrotes y gente, no solo vive su vida sino que también todas aquellas que el número de acompañantes que se interesan en uno ponga límite. ¡Razón por demás fascinante! Pero también otorga, por sí misma, de más de un sentido de vida. Osea que con tantas vidas vividas al mismo tiempo en tantas mentes, uno tiene dos opciones igual de validas: o se entrega a este vértigo apasionante de proyectarse inintencionalmente en una multiplicidad incalculable de vidas heterónomas pero de alguna manera conectadas, disfrutando de lo interesante que puede ser la vida propia aun cuando se haga exactamente lo mismo todos los días; o se llega al final del día cansado de tantas partes de uno que vivieron por ahí (y que quizás sigan viviéndose) y duerme sin comprender del todo la razón de tamaño cansancio hasta mañana volver a vivirlas (el ciclo es infinito, osea, por mas que muriéramos antes del amanecer, seguiríamos viviendo – de manera menos “corpórea” por así decirlo- ; seremos complices de una muerte-vida, vida-en-la-muerte, pero vida al fin, ajena, lejana y distante, hasta impersonal pero desafiante por completo a los limites temporales).

En el colectivo el tiempo deja de destruir todo; en el colectivo la vida se vuelve emocionante, gracias al colectivo se vive eternamente, sin tiempo y en mas espacios, con infinitas posibilidades… aquí y en todas partes… o en todas partes sin ningún aquí.

Entonces, ¿Por qué siempre (o casi siempre) viajamos con tanta cara de culo?

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