La Patota somos todos

Por Marcos Francese

La película de Santiago Mitre tiene en su primera y anteúltima escena dos momentos (tranquilamente podrían ser uno solo) que condensan un debate ideológico recurrente al interior del progresismo: los cambios que se puedan realizar desde el escritorio del aparato burocrático estatal versus la puesta romántica del cuerpo en lugares extraños para los que protagonizan ese ideal, algo así como pensar con la cabeza el barro que se pisa con los pies.

Por un lado, Fernando (Oscar Martínez), un destacado juez de apariencia garantista que le enrostra a su hija que sus decisiones le cambian la vida a miles de personas y que sin su trabajo “la seguridad se militariza en la Provincia”, por el otro, Paulina (Dolores Fonzi) que le cuenta que volverá su provincia de origen (Misiones) para iniciar un programa de formación democrática en distintas zonas periféricas de la provincia y que  dejará de lado su incipiente carrera de abogada y su doctorado. La experiencia de la gestión de la cosa pública y el poder estatal frente a la juventud desprejuiciada que confían en acciones personales para transformar una realidad adversa. Hasta allí, si La Patota solo sería esas dos escenas estaríamos en presencia de un debate bastante esquemático, con lugares opuestos y  decisiones razonables de ambos lados.

Sin embargo, esos polos opuestos complementarios bien delimitados del principio se irán desgastando en el devenir del film luego de la violación a Paulina hasta encontrarse irreconocibles entre cada una de las partes. Y no es en el planteamiento ideológico del comienzo el que puede resultar objetable sino los recursos utilizados para mostrarnos como es ese lugar al que Paulina irá, ese Rubicón existencial que cruzará hasta casi en los márgenes de la Triple Frontera.

Toda la puesta en escena posterior a la discusión en el estudio del padre (y juez) caerá por momentos en miradas estereotipadas más cercanas al pensamiento de Facundo Pastor en  informes de A24 que a lo planteado al comienzo: Fernando y Paulina finalizan la primer discusión con sonrisas, quedan para ir a almorzar, la cámara los acompaña desde atrás hasta que se detiene mientras ellos siguen caminando por  un largo pasillo en el que al final Fernando saludará a un empleado de limpieza y se lo presentará a Paulina. Esa segunda escena marcará esa mirada conservadora que por momentos tomará la película. Un encuentro en silencio entre los tres, ¿Civilización y Barbarie?, de lejos, sin poder apreciar sus gestos ni sus voces, una incapacidad de abordar y comprender ese otro, esa nueva realidad a la que se irá a indagar.

Otro de estos momentos: Paulina y Rudy (uno de los referentes del programa que le dará la bienvenida y le indicará sus tareas) viajan hacia la escuela rural en auto mientras  desde arriba de las plantaciones un grupo de personas (posteriormente “La Patota”) los miran detenidamente, en silencio, inmóviles, sucios, desprolijos, zombis petrificados que esperan a su presa; una excursión a los Indios Ranqueles en automóvil.

Estos momentos, conviven también con escenas mucho más honestas y menos conservadoras, que intentan aproximarse a las dificultades de la enseñanza escolar (se vincula en estos casos con el filmEntre los muros) y no a niños sonriendo mirando a cámara, como en el Jardinero Fiel (con Windows in The Sky de U2 sonando de fondo).

La Patota son aquellas escenas y es esto también. La sociedad, el padre, el novio y su amiga reciente; todos objetan la decisión tomada por Paulina. Por otra parte, la actitud del personaje de Dolores Fonzi parecería cargar de manera fundamentalista su relativismo cultural, es decir, aproximarse a su objeto de estudio y transformación hasta las últimas consecuencias: su cuerpo. Tampoco podría clasificarse el film como una obra antiaborto, ya que Paulina rechaza explícitamente tener un hijo con su novio y si este la hubiera violado si abortaría.

La Patota es la transformación y, a la vez, la exacerbación  de nuestras convicciones, de nuestros ideales de Justicia y de Igualdad. La Patota es el progresismo de lo Público, de los programas sociales y no de lo Privado, de nuestras encrucijadas personales: el juez garantista que ordena expresamente al comisario a torturar a los agresores que su hija no quiere o no puede denunciar.

La Patota es nuestras contradicciones. La Patota somos todos.

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