Contemplación y perpetuidad

“Si escucharas al otro, al que llevas dentro, sabrías todo. En todo encontrarías algo para ti, entonces te elevarías constantemente, y ya no habría confusión sino matices, y  en esa serenidad no buscarías nada, entonces encontrarías todo”.  Facundo Cabral

 

¿Y qué pensó cuando la montaña se movió, cuando el manantial se desbordó, caudaloso, feroz e impaciente, regando cada centímetro de tierra seca que lo rodeaba, como un desierto circundando la majestad del agua conteniendo vida?

Supo que era esa mirada,  aunque no existiese un mejor desierto, uno más maravilloso que el que estaba pisando, con su centro húmedo, su alrededor febril, desató la esperanza de cruzar y por fin llegar.

No había dilemas sobre la necesidad de caminar ese desierto acompañado de sombras, de contemplar obnubilado la montaña corriendo hacia un lugar más seguro, donde el temblor no la aterrara, no la modificara. No quería ser esa montaña, no quería ser ese desierto, no quería ni siquiera ser ese manantial.

Y pensó, acariciando los gritos de su aterrada libertad:

Si me acerco a la montaña, ella va a intentar llevarme hacia el lugar “seguro”, si camino por la arena seca, una parte de desierto se va a quedar en mí, si me sumerjo en el manantial, voy a ser parte de él. Cada lugar que pise va a querer atraparme y sujetarme, convertirme en un habitante fiel.

Y las voces del desierto le respondieron:

Esa montaña va a entender que su deseada comodidad para vos es adormecimiento, el desierto va a encontrar alguien más para perpetuar, alguien que disfrute de su catastrófico sosiego, y el manantial, el manantial no entiende razones, pero sí el lenguaje de un cuerpo reposando en sus aguas, esperando el momento de elevarse salpicando peces y piedras, para después correr al encuentro de esa mirada.

¿Y qué pensó luego de abandonar sin mirar atrás cada lugar adorado? ¿Qué enigmática vibración dio lugar a la certeza de estar en el camino correcto?

Muchos pasos después, esa pirámide lo llamaba a la distancia, invitándolo a contemplar de cerca su extravagancia. Pero en medio de tanto brillo, la mirada por la cual no se había sentado a descansar volvió a aparecer.

Siguió su camino, no miro atrás, porque todo se trataba de esos ojos que no se cansaría de buscar, sabía que los iba a encontrar en algún recóndito lugar de ese mundo de contemplación y perpetuidad.

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