Algunas apostillas sobre la literatura: Introducción.

“Al mismo río entras y no entras, pues eres y no eres”
Heráclito de Efeso (575 a.C. – 475 a.C.)

Nada de lo que se haya dicho puede ser pensado de buena manera cuando la nada nos produce náusea. La literatura, mucho menos. Y menos que menos si el lenguaje se estira como un abrazo de despedida y desembocamos en un continuo hablar de la palabra que habla de la palabra, que habla de la palabra, que habla de la palabra que habla… si es que, en efecto, las palabras hablan. Lo que intento remarcar es el curioso –no tan curioso, dado que se puede historizar- paradigma crítico que se construye, sobre los textos de ayer, para pensar los textos de mañana, ¿y los textos de hoy? Tanta literatura porvenir, y tan poca presencia no sólo hace ruido, sino que es inconcebible. Hay que comenzar por sacudirse la falacia de los cronosapiens. La conciencia es una gran tijera que recorta el mundo, y parte del trabajo de recortar es un trabajo selectivo y discriminatorio (no en término peyorativo). Optar por la mezquindad de seguir mamando la teta de las vacas sagradas de la literatura para esperar recuperar de allí pequeños retazos de estética, labores, y modos de ser, que serán cincelados (a latigazos, como fueron cinceladas las espaldas de todos los pueblos originarios muertos por nuestro fetichismo gramático) en el reverso de la Historia de la Cultura Occidental es una elección poco feliz. Poco feliz es, al par, continuar considerando a la literatura como una suerte de bandeja trascendental que nos posibilite poder transmitir experiencias de un lugar a otro del tiempo sin pagar peaje. Tendríamos que replantearnos qué es lo que vamos a entender cuando hablamos de experiencia; pero fuera de esa salvedad (que no abarca la finalidad de este texto) me niego rotundamente a que se siga considerando a la literatura (entre otros lenguajes artísticos que son consideramos de igual manera que la literatura) como un vehículo transmisor, como cable de fibra óptica extraordinario, que nos posibilite construir experiencias seudotemporales, seudoespaciales, despellejadas, esa mentirilla marxista de lo colectivo. Eso es quitarle a la literatura su condición ontológica más pura para convertirla en mero lenguaje significante-significado, en una mera partícula de sintagmaglobina transportando contenidos almáticos de un borde de la Historia hasta el otro; una condición que, por demás, es obvia. Los lenguajes artísticos (entre los que la literatura se incluye, tal vez, predominantemente) son tales porque su labor no es comunicacional, sino la de ser (“ser” como distintos modos de ser del ser del hombre) intensivos y perpetuos constructores emocionales. Máquinas productoras de emociones, unas detrás de otras, todas originales. Como un cross a la mandíbula. Como una lanza clavada en el corazón. Irrelevantemente de cuál sea la materialidad con la que dicho lenguaje artístico trabaje, nadie tiene el poder para quitarle su derecho inexpugnable de seguir siendo lo que, efectivamente, es. Esa violación, que constituye el paradigma actual del arte arrojado al tiempo, da como resultado dos polos opuestos que se interrelacionan, y una tercera zona que queda en un plano secundario (o tal vez, terciario), al borde del camino: el pasado y el futuro, como pilares fundamentales para pensar la vida –es decir, de dónde venimos y hacia a dónde vamos- y el presente, eterno pasajero conjunto, que permanece a un lado mientras nos dedicamos a revisar manuscritos sin publicar, y tazas de café que nos permitan asomarnos a todo aquello que nunca fuimos para intentar comprender, en vano, todo esto que vaya a saber si realmente somos.

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