La Grande Belleza

Por Fabian Pacheco

 

“Cuando llegué a Roma a los 26 años me precipité demasiado rápido, casi sin darme cuenta, en lo que se podría definir como el vórtice de la mundanidad, pero yo no quería ser simplemente un hombre mundano quería ser el rey de los mundanos.” Así se define Jep Gambardella, (Tony Servillio) el protagonista de La Gran Belleza, ganadora de un Oscar como mejor película extranjera 2014. No sólo la frase nos gusta, tiene punch, sino que además aprendemos una palabra nueva: vórtice. El diccionario dice: flujo turbulento en rotación espiral. Efectivamente, Jep es un flaneur, un dandy, un escritor consagrado que le bastó escribir una sola novela para sacudir la literatura italiana. Jep es un cínico de aquellos: melancólico, hastiado, un Baudilaire del siglo XXI que desde joven irrumpe en el torbellino de la mundanidad romana. Desde chico, cuenta él, cuando los amigos preguntaban qué olor más le gustaba, mientras todos respondían “el olor a concha”, él en cambio, elegía “el olor a armario viejo”. Otro niño sensible más que devendría en escritor. Hedonista, a lo largo de todo el film, veremos a Jep bebiendo, comiendo, fumando habanos, vistiendo elegantes trajes, con infinitas combinaciones de camisas y pañuelos, y haciendo comentarios sobre las sensaciones que éstos placeres mundanos le producen.

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Sorrentino, el director italiano, que le dedicó el premio a Fellini y a Maradona, nos muestra la Roma contemporánea. Los amigos de Jep son todos artistas o al menos aparentan serlo; algunos son exitosos otros no tanto, pero todos vinculados a la escena cultural italiana, tan cultos y sofisticados, como frívolos y envidiosos. Se reúnen todas las semana a beber y a reírse de los demás y especialmente de sí mismos. Hay una escena memorable: una de las amigas de Jep hace un monólogo enumerando sus virtudes como mujer moderna: reconocida escritora, mejor periodista, elocuente panelista de un programa televisivo, madre responsable, etc. Cada cosa que afirma lo hace con la mirada perturbada, con odio en las pupilas; enseguida sabemos que le habla indirectamente a uno solo de sus interlocutores que la rodean, le habla a Jep, con inocultable rencor. No voy a reproducir lo que él le responde, sólo digo que contraataca apaciblemente pero con una respuesta contundente, con otro breve y genial monólogo. Jep parece ser de esos tipos que están más allá del bien y del mal y cuyo cinismo es apuballante. Este cinismo, tanto como caracterización del personaje principal  y como lugar de enunciación, es acertado desde el punto de vista estético político, teniendo en cuenta que el contexto general es la Italia berlusconiana.

 

La película transcurre lentamente, con una iluminación estupenda, especialmente cuando es de noche. Hay imágenes – postales de Roma que no muestran sólo el Coliseo sino, por ejemplo, las centeneria arquitectura del edificio de un convento, por dentro y por fuera, donde visualizamos el diario trajín de las monjas. La música se destaca, la disfrutamos de punta a punta, todas las canciones que suenan son agradables, cantadas en distintos idiomas: italiano, inglés e incluso en español suena una suerte de mambo. Confieso una cosa: la versión de “A ar Lämore comicie tu” de Rafaela Carrá, con Bob Sinclair,  que escuchamos en la escena inicial de la fiesta, me encantó. Traducida, la canción se titula fabulosamente “En el amor todo es empezar”.

 

 

Jep es un tipo ocioso y meditabundo, pero cuando habla es simpático y ocurrente. Se gana la vida como periodista. Entrevista y escribe notas sobre otros artistas. El arte es el único tema que escapa de su cinismo. En una parte entrevista a una chica hiperposmoderna, una performer cuya obra consiste en gritar con un vestido blanco horrible y estrellarse contra una pared milenaria, luego de tomar carrera y venir corriendo a toda velocidad. Jep, por supuesto, no entiende el sentido, la idea, el concepto, la supuesta belleza, el supuesto mensaje, no entiende nada. Jep pregunta a la autora de semejante pavada, qué quiso hacer, insiste, que le explique, que qué es, que por qué hizo eso… Es una escena donde el director intenta ridiculizar a aquellos que le dan más importancia a la figura del artista que al trabajo propiamente dicho. La crítica no es novedosa, pero está bien que lo recuerde. “Somos un país de entrevistados” dice Jep, con resignación, a su mejor amigo.

 

Un día Jep recibe al marido de quién fue, como diría Virginia Lagos al presentar un bodrio, el amor de su vida. Ella lo dejó cuando tenían veinte años. Y vivió tres monótonas y apacibles décadas con el hombre que acaba de llegar para comunicarle con infinita tristeza que ella ha muerto y que sólo lo amó a él, al mismísimo Jep. El escritor le cree pero para consolarlo simula: le dice que está equivocado, que cómo puede ser. El hombre le cuenta que lo leyó en el diario íntimo de la mujer. Jep a partir de allí va a tener ensoñaciones, dormido y despierto, con quien fue la única chica que, como diría Virginia Lagos luego de beber té de hierbas peligrosas, lo volvió loco. Recuerdos de su pasado, imágenes con ella en la playa, nadando en el mar. Es así como Jep va a saber que su vida también es tan vana, superficial y frívola como la de sus amigos, la fauna, como los define él. La lucidez de la autoconciencia esta vez lo lastima y, en adelante, será un peso, una carga de conciencia.

Nos preguntamos: el protagonista ¿hallará redención, como en una película típicamente holliwoodense? No. Ni siquiera la busca, porque Jep sabe muy bien que no hay redención, que ni siquiera existe la posibilidad, el mundo está jodido (Europa es políticamente una mierda, todas las salidas políticas para enfrentar la crisis económica, lo fueron) y el sabe que, por neutralidad, omisión, tácitamente, es responsable de esa mierda también.

En otras palabras: Jep va a visitar a un viejo amigo, dueño de un cabaret y experimentado empresario de la noche y éste le cuenta, con aplomo, que últimamente el negocio se nutre de polacas adolescentes, baratas y que saben hacer cosas nuevas. Advertencia: si el espectador ingenuo cree que Sorrentino va proponer una salida moral, tranquilizadora, se equivoca: inmediatamente aparece una mujer cuarentona, hija del dueño, una morocha descomunal, que es ¡la estrella! del boliche, y afirma sutilmente que le encanta su trabajo, porque le brinda libertad e independencia y la paga es buena. Es decir, a partir de esto se nos viene encima el fuera de foco inmenso que sugiere el director: “afuera”, los empleos “decentes” para mujeres que brinda el capital europeo (mundial) pueden ser peores.

 

Hay muchos personajes con rasgos exagerados, grotescos. Acaso en eso se ve la influencia de Fellini, o cierto homenaje al gran Federico, como dicen algunos críticos. Un cardenal con futuro de Papa y con un ego grande como la Torre de Pisa. Un dramaturgo frustrado que intenta, patéticamente, levantarse a una actriz histérica que sólo lo usa y le gasta el dinero. Una enana estratega que oficia de promotora cultural. Un poeta que no habla en toda la película. Un psicótico y futuro suicida que se toma demasiado en serio la literatura que lee. Una vedette pasada de moda. Y una monja que parece ser el único personaje real: con 103 años, ha entregado su vida a vivir junto a las comunidades más pobres de África y parece ser, además del protagonista, el único personaje realmente vivo, en términos pedantes: el personaje con más espesura ontológica. Todos estos personajes son los que veremos desfilar durante todo el film. El paisaje de una burguesía cultural que no es inmune a la decadencia que el anarcocapitalismo le imprime a las elites europeas.

 

 

A Jep, como consuelo, le queda disfrutar de alguna reminiscencia de su primera novia, apreciar casi boquiabierto las fotos que, una por día, le sacaron a un fotógrafo desde que nació, le queda ver la hermosura de una nena enfurecida, obligada por sus padres, que pinta a lo Jackson Pollock, le queda sentir la brisa de una tarde romana. Apenas ligeras bondades que mejoran el último tramo de su vida, pero que, intuimos, no son suficientes para conseguir aquello que Virginia Lagos diría después de inyectarse botox: la felicidad. Pues, como diría Frank J. Underwood: “para los hombres como yo poder sólo mantenernos a flote es lo mismo que estar hundidos”.

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