Agujas de noche.

No sé bien a qué hora y día fue, lo que sí sé fue que me desperté cuando sus repugnantes dedos comenzaron a tocarme la espalda y con decisión, tomar dirección hacia abajo. Me quedé inmóvil -como ahora- y no supe qué responder. Siempre fui de esas personas que creen que podrían defenderse en estas situaciones, pero no fue lo ocurrido. Yo me convertí en un hielo que se iba derritiendo de a poco, pero no, no lloré, sólo me quedé quieta en esa inestable noche. Recuerdo que me había acostado con una remera y un short suelto, ligeros como su mano (es horrible); empezó a meter su mano en mi cuerpo, una y otra vez, como si fuera infinito, como si el tiempo no existiera, como si hubiéramos estado sólo él y yo en aquella cama. Ella no escuchó nada, sus ronquidos estaban a tan alto nivel que ni mis gritos (que nunca jamás se emitieron -y qué estúpida me siento) hubieran sido atendidos. 

Moví mi pierna derecha para que sepa que estaba despierta, pero su excitación no se detenía, sus dedos seguían allí en la montaña de mis curvas, en mi espalda blanca y corta, y buscaban abrir mis piernas, y me congelé aún más, no se detenía. En ese momento, abrí los ojos y lo único que vi fue un ambiente negro, la mesita de luz con las cáscaras de mandarina, las semillas mojadas, el paquete de cigarros y la imagen de la Virgen; y no, no me preguntes si creo en Dios. Frente a mí, un poco más arriba a la derecha, estaba el espejo de la mesita de cosméticos de la tía, sus labiales color rojo sangre, la misma que se estaba moviendo dentro mío, pero en forma sólida queriendo pasar hacia el otro extremo, y cada pasaje dolía, ya no era líquida y no cabía en mis arterias y venas,  en cualquier momento yo podía explotar, en cualquier instante me iba a doler tanto que no podría ni respirar, ex-plo-tar; llegó a mi entrepierna. Comencé a moverme, hacia arriba, hacia abajo, como si fuera una ola del mar, como si fuera las agujas de un reloj sin pilas detenidas en los segundos, como si fuera un ser querido abusando de su pequeña y adorable niña, niña con curvas nuevas en su cuerpo. 

En ese preciso (temeroso) momento, evité toda acción posible de sus agujas, me dolía el cuerpo, la sangre sólida ya no cabía dentro de mí, el miedo se había adueñado de cada célula, la mitocondria dejaba de cumplir su función y mis ojos mirando el labial rojo. Y no, no me juzgues, en ese momento te quedas congelada y lo único que piensas es “que termine, que termine así puedo volver a dormirme”. 

Luego de unos minutos (no recuerdo si fueron segundos, minutos u horas, pero fue como si el tiempo se detuviera y a la vez avanzará a pasos agigantados porque si existe la eternidad, déjame decirte que esa eternidad no la quiero poseer jamás), se paró y comenzó a caminar por la habitación. Sabía que estaba despierta, lo podía presentir. Abrió el ropero, buscó algo (nunca supe bien qué) y se dirigió al baño (no lo vi, pero uno conoce lo ruidos de una casa en la que vivió quince años). Te preguntarás si escapé, si llamé a alguien, si desperté a la tía que estaba junto a mí, pero no te molestes en tus preguntas de “fácil actuar”, porque no, no hice ninguna de tus “en tu lugar yo hubiera…”. Me sudaban las manos, la espalda y todo lo que viene después de ella hasta mis pies. Era el miedo, sensación que te congela y te deja clavado a la mitad de la canción, a la mitad de una casi tragedia, a la mitad de la vida. 

Volvió. Pensé que iba a irse, a pegarse un tiro o algo similar (¿por qué tan ingenua?), pero no. Lo que hizo a continuación fue mucho peor… Se sentó al borde de la cama, me vio despierta (instantáneamente cerré mis débiles ojos), tocó mi espalda, la besó y subió hacia mi frente, y me clavó un beso de aquellos besos que uno jamás desea que lleguen a besarse, de esos besos que huelen a zanja podrida, de esos besos que contienen espinas y vidrios rotos, de esos besos que de besos no tienen nada, de esos besos que te joden la existencia, y que se vaya bien a la mierda, enfermo del orto.  Su beso fue como el arrepentimiento de todo aquello que no podría tener perdón, su beso fue como pedirle perdón a una ciudad invadida, su beso fue como la melodía que te quema los oídos, su beso fue un viaje a otro mundo; mundo donde yo lloraría todos los días con temor a hablar. Un beso arrestado en mi frente.

Volvió a la cama, se recostó de nuevo junto a mí, entremedio de ella y yo, y se durmió. En aquel segundo, una araña estaba al borde de la cama, me detuve atentamente en sus patas, miré con cuidado cada centímetro de su piel sin moverme (en ningún momento mi cuerpo supo moverse, y siento que me entregué, que fui como un hueso para perro, que no actúe como debía y ¡cómo odio tu lista de “en tu lugar yo hubiera…”!). Sé que en algún momento tuve que dormirme, sólo lo sé porque al otro día desperté. Aún con temor, me dirigí hacia el comedor que estaba ubicado apenas abrías la puerta de la habitación. Estaba la luz encendida y él estaba tomando mate mirando las noticias. Créeme si te digo que como título central decía: “Piba fue abusada en un boliche”; y los periodistas atacando a la piba por su actitud (“vos viste lo que llevaba puesto”, “era menor la piba qué hacía ahí”, entre otras estupideces), sin saber (o quizás sí lo saben, pero no entran en análisis profundo por falta de coherencia) que de esa forma defienden al violador. 

Lógicamente pensé que aquella noticia iba a inquietarlo, a decirme algo al respecto, a tratar de explicar lo sucedido (siempre tan ingenua), pero no. El señor tomó su mate, lo absorbió hasta provocar el sonido típico y dijo “qué barbaridad, yo lo mato”; y ahí estaba yo, al frente de él, abusada por él la noche anterior, hace un par de horas, perpleja, indignada, y podía ver cómo de su cara caían repugnancias una detrás de la otra. Me pasó un mate y lo tomé. 

Aquel día cuando me devolvió a casa de mis viejos, tuve miedo al estar sola con él en el auto, pero no me hizo nada. Esta vez, sus dedos agujas se controlaron. Sin embargo, seguí yendo (y no, no me vengas con que me gustaba ir, lo detestaba, pero me mandaban cuando mis viejos quería quedarse solos en casa) y en las siguientes noches, él comenzó a dormir en el piso. Pero sus deseos no estaban satisfechos. Una noche, desde el piso me tomó mi pie y me lo haló, me lo haló muy fuerte en dirección a su cama, tuve que tomarme del marco de cama para no dejarme caer (la tía seguía con sus ronquidos) hasta que se cansó y me soltó. El miedo ya formaba parte de mi vida cada noche, cada día, cada mañana, cada vez que estaba con un hombre a solas, cada vez que iba al colegio, cada vez que conocía a un chico que me gustara, cada vez que lo veía a él, cada vez que estábamos en un cuarto encerrados, cada vez que volvía a llamarme desde el piso, cada vez que mi alma se desarmaba en trozos, cada vez que tu lista venía a mi cabeza “en tu lugar yo hubiera…” y mierda, mierda caían de sus dedos, en cada gesto hacia mí, mi cuerpo pasó a ser un basural de sus manos de excremento, mi entrepiernas pasó a ser su cabaré, mi frente pasó a ser el muro de sus arrepentimientos y yo ya no era dueña de mí misma.

¿Si alguien se dio cuenta? nadie. Nadie me escuchó llorar en las noches, ni hasta hoy, nadie me vio encerrarme en mi habitación, nadie vio mis ojos llorosos cada vez que pasaban en la televisión noticias sobre abusos, nadie vio cómo usaba buzos y pantalones sueltos cada vez que él venía a comer a casa (incluso los días de verano), nadie notó que cuando algo se me caía al piso no lo levantaba para que no se noten mis curvas, nadie nunca lo notó. Mamá y papá nunca lo notaron, lo continuaron abrazando y diciendo “gracias por venir, gracias por venir”.

Nunca le hablé a nadie de aquella noche, de aquellas noches. Tal vez porque siento cómo la culpa se va encendiendo dentro mío cada vez que pienso y recuerdo que ninguna pestaña se me movió aquel día, quizás porque en esta sociedad no tienen lugar las víctimas, quizás porque las costumbres sociales van a criticarme, quizás porque de haber hablado mi papá lo hubiera matado y la culpa volvería a mí en forma de “arruinaste la familia”, tal vez porque las jóvenes siempre tenemos actitudes raras y es “normal”, quizás porque mi vida se congeló desde aquel momento y nunca jamás pude volver líquida mi sólida sangre color rojo labial. 

Y el sudor cae al escribir, y las lágrimas vuelven a aparecer por temporadas, y mi boca cerrada, y el dolor adueñándose cada centímetro de mi espalda, y qué triste es no poder entregarte a alguien que amas por temor a que sus dedos sean agujas.

Y tomo un mate, se cae y no puedo volver a levantarlo.

 

miedo-manos-y-cara-se-trasparentan-en-nylon

Anuncios

2 thoughts on “Agujas de noche.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s