Insomnio.

Harto de ojos abiertos, me senté en la cama sosteniendo mi cabeza entre las manos. Eran las 05:17 am de vaya uno a saber qué día de febrero y sobre las angostas líneas de luna que baldeaban mi ventana rota palpitaba la fuerza bruta de los grillos en un mezzopiano sol bemol. Bemol de Buenos Aires (provincia) y vereda de enfrente, que tantas horas le cuelgan del farol, impasibles. Casi tan lejano como tu voz, ladraba un perro entre las rejas de alguna casa, verdes, o tal vez, negras. Me incliné a lo elemental, luego de ir al baño, y tomé el libro que estaba más a mano de mi mesita de noche, hojeándolo indeciso entre las pares y las impares, por pura superstición, o tal vez por jugar. Inútilmente, empero, si el insomnio no nos dejará dormir, menos nos dejará leer; relaciones histéricas si las hay. Luego de un rato, me serví agua y miré la calle desde la persiana de la cocina. Desnuda. Sola. Amplia y gris como una lágrima enjuagada, como el lomo terso de una foca. Recordé alguna cita distraída de Schiller sobre la libertad y torcí una mueca hacia la izquierda: la libertad es una puta peligrosa. Uno va viviendo hasta que lentamente el mundo se convierte en una acumulación de citas que malrecuerda, y ¿qué hacemos con tanta cosa blanda? será como tener lepra en la lengua, sólo en la lengua, y ver como se le va cayendo a uno el español a pedacitos, sílaba por sílaba, hasta que al final sólo queda tu nombre sobre mi nombre. Tantos nombres, y nunca pronuncias el mío. Así se saborea un poco más la bronca, el orgullo o el miedo de saberse con el pecho abierto en dos, o la plena seguridad de que somos el uno para el otro y por eso jamástalvez estaremos juntos. Ahí es cuando el ego se raspa contra la espalda mientras duermes, y suena como a un slide deslizándose sobre un long play de delta blues -una del viejo Johnson, seguramente- es decir, hamacándose. A varios kilómetros de aquí, tu estás dormida sobre tu cara izquierda, simple, amable, con dedos de mimbre y tu aroma de bandoneón cansado, como un poema en cámara lenta, vibrando en la oscuridad; es que somos un tango, mi amor: y yo te pienso incansablemente en el insomnio, como sabiendo que, inmediatamente después, ya no habrá más luna baldeada sobre el vidrio, ni persiana, ni tu boca de gatito loco, y cuando despierte el dinosaurio todavía estará allí.

Es decir, te quiero… aunque, tal vez, te quiero

El_dia_que_me_quieras_c1

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