Una corta reflexión sobre la teoría de las cuerdas.

“¿Qué hay en un nombre? Eso es lo que nos preguntamos en la niñez cuando escribimos el nombre que nos han dicho es el nuestro”
James Joyce

Seguía la lectura, con la dificultad de un tren en movimiento, de las pequeñísimas gotas de lluvia que se apeaban en la ventana del vagón; en mi regazo dormitaba un libro escrito por E. F. Eitchmann & Arnold Schwartz, o Schwartzovksy, sobriamente bautizado “Los puentes de Europa”, y no era más brillante que su ingeniería propia. Recordé que te gustaba mucho escribir sobre los puentes -imaginarios, claro está- como alguna cosa almática que entrelazaba las emociones. Recordé que nuestro último encuentro fue, un poco, como un puente, por lo oscilante, y automáticamente pensé en la oscilación de las cuerdas. Cuerdas infinitesimales que vibran infinitesimalmente en múltiples dimensiones -de las cuales sólo tenemos la facultad de percibir dos, tal vez, tres- y que, a posteriori, le dan forma a todas las partículas subatómicas, atómicas, moléculas, átomos, células, conjuntos de células, conjuntos, conjuntivitis, el verde del cielo, y tu mirada de dragón multiespasmódico, los ojos, los órganos, un órgano, un acorde, cantos gregorianos, misa, espíritu, Dios… (el tren dio un brinco y mi libro cayó al suelo). Hay algo abismal en la idea de Dios. Estoy seguro que jamás tendré la facultad de poder comprender a Dios, y la fe no es un don con el que haya sido bendecido tempranamente, más bien, todo lo contrario. Mas, estoy seguro, si anduvimos correctamente los caminos de la física -al menos la teórica- y, efectivamente, son cuerdas las que vibran en las dimensiones más inconmensurables de nuestros ojoscopios de foca, (así como las cuerdas de una guitarra), ¿a quién podría caberle la duda de que cada tonta cosa es música?. Lo más sorprendente del viaje fue que, al juntar el libro del suelo, vi una porción de pintura descascarada del suelo en forma de medialuna recostada, y pensé en los puentes, y recordé que te gustaba mucho escribir sobre los puentes… Y aunque sólo estés en mi mente, es probable que existas allí en alguna de todas esas dimensiones en donde las cuerdas vibran, pero que somos incapaces de explorar. O quizás, realmente, habitamos juntos ese eterno pentagrama de silencios en donde se inscriben las cosas que nos da vergüenza decirnos, por culpa, por inoportunas, por narciso, y etcétera.

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