En los extremos opuestos de la misma esfera pública

En los últimos meses, desde la asunción de Mauricio Macri, las agrupaciones kirchneristas principalmente, pero también todas aquellas del arco opositor que traspasen la frontera de la centro-izquierda, han salido a las calles a expresar su descontento: despidos, ajuste, cambios en la política económica, avance sobre las instituciones, cambios en la orientación geopolítica, detenciones políticas, entre otros. Esas manifestaciones callejeras, que se cuentan por miles en este corto período, constituyen el más firme ejemplo de oposición en un período de silenciamiento de voces opositoras en los grandes medios y de poca actividad político-institucional por fuera del ámbito del Ejecutivo. Sin embargo, ese tipo de expresión ha mostrado su ineficacia para plantarse frente al nuevo gobierno de manera temprana, ya que la popularidad del primer magistrado es aún alta (y no resulta socavada por las actividades callejeras, pero sí apuntalada por el nuevo periodismo militante), y sin descontento generalizado, al estilo veinte de diciembre, los medios de comunicación cuentan con la posibilidad de esconder a los grupos desavenidos y sus actividades, ya que lo normal es que esas acciones no ocurran; el partido gobernante, por su parte, se muestra poco interesado en responder a esos achaques en los mismos términos; se muestran, acaso, poco interesados en ganar la calle. Aquí se observan varios problemas: por un lado es interesante vislumbrar en qué términos y en qué ámbitos se va a plantear la lucha entre oficialismo y oposición (¿cabe alguna duda de que ese rol le corresponde al cristinismo?, ¿hace falta toda la pantomima del PJ?); por otro lado, es necesario escudriñar un poco en el rol de los medios de comunicación como formadores de ideología; y finalmente, y esto se me antoja más atractivo, es interesante preguntarse por la esfera pública argentina, por su posible reconfiguración, y por la posibilidad de destrucción como tal en un panorama de cambio de época, de esos que no ocurren de un día para otro (el ya lejano en tiempo historiador Fernand Braudel, sostenía que esos cambios pertenecían a la longue durée, a la larga duración).

 

«Fantasía o realidad, a esta historia le da igual»

 

Oscar Aguad, ministro de telecomunicaciones y no casualmente apodado Milico, ha sido quien mejor supo poner en palabras el estilo de gobierno de Mauricio Macri, cuando sostuvo que «una ley del congreso no puede limitar la capacidad del presidente». Desempolvando el viejo postulado del derecho romano Princeps legibus solutus (el príncipe no está sometido a la ley), Aguad le puso la tapa al discurso republicano y democrático del Pro. Esas pretensiones absolutistas, inconfesables para cualquiera (menos para un tipo como Aguad, que jamás se sonrojó por haberse mostrado en público con genocidas como Luciano Benjamín Menéndez), parecen ser la impronta implícita del gobierno de la reacción neoliberal. En esa línea, es coherente el intento de rehusar de la política que intenta el Pro. El debate, como no podría resultar de otra manera para un gobierno que defiende los mismos intereses que defienden las empresas multimediáticas, se traslada a los medios de comunicación masiva. Claro que sin interlocutores. Más que un debate es un monólogo colectivo. Se presume que esa es la opinión pública. Todas las fichas quedan para la casa, y el croupier Clarín no hace más que arrastrarlas para el lado de sus clientes. Pierre Bourdieu sostuvo en 1994 que «Las manifestaciones de más éxito no son necesariamente las que movilizan a más gente, sino las que suscitan más interés entre los periodistas. A riesgo de exagerar un poco, podría decirse que cincuenta tipos listos que sepan montar bien un happening para que salga cinco minutos por la tele pueden tener tanta incidencia como medio millón de manifestantes» (Citado por E. Hobsbawm en Historia del siglo XX, Crítica, 2013). No es casual que en un ámbito tan sensible para la democracia, como resulta la gestión de las telecomunicaciones, sea ocupado por un sujeto con escasas vocaciones democráticas como el Milico Aguad. Las primeras medidas para apuntar su poder llevadas a cabo por el Pro, no casualmente, se sucedieron en el ámbito de la comunicación: el famoso decreto que incluyó la disolución del Afsca y el Aftic, el decreto de derogación de la Ley de Medios, los guiños a los medios. Ahí quieren plantear el debate, los medios ayudan, pero a la larga es insostenible tapar el sol con la mano. El hambre habla por sí solo. Saben que cincuenta loros repitiendo lo mismo las veinticuatro horas en varios canales de tevé (por ahora) valen más que medio millón de tipos en las calles. Ya lo dijo Bourdieu hace veintidós años. Nihil novum sub sole.

Algunos quieren creer que todo esto empezó en el período coincidente con la caída de la Unión Soviética y en que Bourdieu realizó la observación que mencioné. En esa época, un filósofo francés, Jean Baudrillard, sostuvo que la Guerra del Golfo no tuvo lugar, que sólo tuvo lugar en la pantalla de la CNN, que la posmodernidad traía consigo la eliminación de las barreras que separaban lo real de lo discursivo, y que lo que había quedado era el simulacro. Lo que se dice sobre las cosas, para Baudrillard, es más importante que las cosas mismas, ya que lo que se dice se constituye en la cosa misma: el simulacro es la realidad. Podemos objetar a Baudrillard, yo no creo que todo sea tan así, ni tampoco creo que sea un atributo del tiempo que corre; ya se le atribuye en la primera mitad del siglo XX a Joseph Goebbels la frase «Miente, miente, que algo quedará, cuanto más grande sea la mentira más gente la creerá». Creo que la idea de Baudrillard hace un rodeo sobre el más clásico concepto de hegemonía de Antonio Gramsci, para mí aún irremplazable. Esa hegemonía gramsciana, que jamás en nuestro país dejó de pertenecer a los mismos tipos, se consolida en lo massmediático. Tampoco es nueva la puja. Pero hoy la información está más omnipresente, y en ese punto es donde le quita poder a la calle. La calle comunica, a su modo. Forma opinión, establece lazos de solidaridad. Pero la opinión pública se modela desde los medios. Pero de ningún modo se encuentran disociados lo fáctico y lo discursivo. Se puede mentir, tergiversar, omitir; pero en la política, si nuestra intención es afectar de alguna manera el entramado social, no podemos dejar de creer que la única verdad es la realidad, como dijo un viejo coronel del Ejército Argentino.

Hasta aquí, Oscar Aguad, Pierre Bourdieu, Jean Baudrillard y Antonio Gramsci sobre la mesa. Ideas y estricta realidad. Aguad es un sujeto que es importante en esta historia, ya que ha sido el artífice principal del Pro en su lucha por dominar la esfera pública, algo que no consiguió, algo que está en constante discusión y disputa. En la teoría política de Ernesto Laclau, que se lee principalmente en las páginas de La Razón Populista, se plantea que para conseguir poder, un actor en la escena política tiene que alzarse como representante de la mayor cantidad de demandas. Cada sector, cada grupo de interés posee sus demandas, y aquel que logre representar a la mayor parte de ellas es quién conquistará la hegemonía; esa regla básica de un régimen populista (¿cabe alguna duda que el de Cambiemos no es uno de ellos, acartonado, forzado, pero populista al fin?) es débil en el caso de este gobierno, y esa debilidad sólo es reforzada por la ayuda mediática. Y no es suficiente al largo plazo. Aguad es el encargado de ensuciarse las manos en esa tarea, y si no se sonrojó cuando se mostró con Menéndez, menos le va a importar intercambiar favores con Héctor Magnetto.

 

«Por las carreteras valladas escuchás caer tus lágrimas […] Nuestro amo juega al esclavo»

La sociabilidad política que nos parece natural, es una construcción burguesa que, según autores como Reinhart Koselleck se desarrolló paulatinamente desde el siglo XVII. Menos audaz en la búsqueda del origen de esa sociabilidad, pero quizá más claro en su conceptualización ha sido el compatriota de Koselleck, el también germano Jürgen Habermas. De este autor proviene el concepto de Öffentlichkeit (esfera pública), que refiere, grosso modo, en contraposición a la esfera privada (imperio de la intimidad del sujeto) al ámbito en el que se debaten los aspectos públicos, donde se forma la opinión pública. Primero aparecida en forma de lugares físicos (cafés, clubes, partidos, etc.), con la proliferación de diversos medios de comunicación el centro de esa esfera se trasladó al ámbito del éter. Entre lo físico y lo etéreo, el debate público argentino pugna entre la calle y los medios. Aquí el quid de nuestra cuestión: ¿dónde se centra el debate público? ¿Sirve ganar la calle? ¿Los medios de comunicación, destronados por el kirchnerismo de su lugar de ponderación pública como agentes de lo objetivo, alcanzan por sí solos? No podemos responder esas preguntas sin salir del terreno conjetural o sin escribir un tratado del estilo del ¿Qué hacer? de Lenin. Por cuestiones de capacidad y de espacio no me queda más que recorrer el primer camino planteado y de especular brevemente con el segundo. Y quizá, en el primer caso, la respuesta sea más simple de lo que aparenta, y quizá, también, sea menos contundente de lo que el lector esperase. La esfera pública no pasa ni por el medio de comunicación (aún teniendo presente todo el poder que representan y que ejercen) ni por la calle. Quizá esas sean dos caras de una misma moneda. Los dos extremos de la misma esfera; o mejor aún, los dos momentos de un mismo proceso dialéctico. Antes del estallido bersuitiano, el eje pasa por la redacción y por el estudio; cuando el borborigmo de hambre tapa el ruido de la tevé o la radio y el hambre impide leer, la calle se vuelve principal. Ni una cosa ni la otra; Baudrillard no tenía razón, esperemos que no la tenga.

El asunto pasa ahora por el qué hacer en este momento. Es ya casi una verdad revelada que ninguna manifestación, por más multitudinaria que fuese, podrá socavar el poder de Macri… aquí entra en juego el viejo axioma marxista de las condiciones objetivas y subjetivas: ninguna acción tendrá éxito, por más subjetividades convencidas que hubiese, si las condiciones objetivas -es decir, las materiales- no están dadas. ¿Faltaban subjetividades convencidas en los noventa de que Menem era poco menos que el diablo? Claro que no. Pero faltaban muchos borborigmos estomacales, mucha panza tronando de hambre, para que esa certeza gane la calle y el poder, cuando ya Menem disfrutaba de su plácido ostracismo. Hay que decirlo: el contubernio oligárquico, que en su momento incluyó a toda la oposición de derecha, y que luego desplazó al massismo (que parece retornar ahora a la coalición informal, también llamada con más acierto rejunte, con el caballo cansado y con menos bríos que por ese entonces), intentó sacar al kirchnerismo del medio copando las calles que hoy desdeñan. Todos recordamos esas marchas que, al estilo químico, se nomenclaban con una letra y un número, como el 8N. Y no tuvieron éxito más allá de plantear una oposición a la por entonces incuestionable alianza kirchnerista.

Queda un tercer escenario de la esfera pública no mencionado, muy actual, el de las redes sociales. Aún con la firme sospecha que los paranoicos como yo tenemos de que son instrumentos de los servicios de inteligencia de los Estados Unidos, Europa e Israel (sospecha, casi certeza, que no me alcanza para abandonarlas), estas pueden actuar como una importante herramienta de creación de conciencia antineoliberal. Pero también podrían actuar como una herramienta de inteligencia en el caso de que no les alcance con lo que están haciendo y se cumpla con el vaticinio de Aguad, de que el Princeps legibus solutus. En ese caso no nos quedará más que esperar que no ocurra un nuevo llamado a la hora de la espada, ese de Lugones que en 1924 anticipaba el primer golpe a nuestra democracia; o que, como es más factible, el populismo del Pro derive en un neobonapartismo.

 

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