SOCIEDAD Y ESTADO

“La división de los hombres en actor y espectadores

es el hecho central de nuestro tiempo.

Estamos obsesionados por los héroes

que viven por nosotros y a los que castigamos”.

Jim Morrison

Un asesino, un ladrón… la hegemonía del que juzga mientras huye.

Si el es la belleza, ha de ser incomprendida.

Si el es el deforme brazo de la civilización, ha de ser mal nacido.

No encajara jamás, como todas las cosas sin explicación…

El ocaso ya no concuerda con nada, la belleza hoy día cae ante el peso de mil palabras acumuladas en libros y más libros…

El hombre no puede siquiera estar sin la mentira, por eso ama al cine, la televisión, la iglesia y blondas señoritas sin ropa…

Tierno filosofo decreto la muerte de Dios (un Dios que quizás hubiésemos querido…), entonces, ¿Qué tenemos hoy?

¿Acaso la iglesia ha de tomar ese arco para dirigir la flecha direccional de esta humanidad posmoderna? De ser así, ha de estar siempre para recordarnos que, probablemente ese Dios haya muerto, pero necesitamos trascendencia, la mentira, ¿y que mejor para una mentira que ser el mismo creador una de ellas?

La iglesia vino a darle al hombre ese lugar de Dios vacante desde aquel día.

“para no perder la costumbre seguiremos remitiéndonos a el, que por medio de nosotros, reinara, no ya como Dios, sino como Jesús, la prueba de que el hombre puede ser Dios y no morir en el intento”.

Y así el asesino, el loco, la flor y la puta son juzgados por esta iglesia-hombre que actúa en el perímetro del campo de ser-en-Dios (la mayor pretensión jamás ideada por los hombres… tristes cajitas de sorpresas…).

La contradicción nos domina.

La vida siempre estará en las oscuras calles de los suburbios, allí donde nadie llega con las comercialidades vacías de la modernidad.

Un mundo acéfalo de trascendencia nos da como resultado la paupérrima condición reinante, vuestra iglesia, señores, solo acrecienta la idea de hombre que es-en-Dios, a tal punto de convertirse él en un dios… mal desde el principio, pero es tarde para volver atrás.

Antaño se le temía a cualquier forma de divinidad. Si eran cosas, su infinita extrañeza para con nuestra naturaleza le otorgaba cualidades omnipotentes, dignas del temor y hasta la obediencia de cualquier hombre que osara.

Pero hoy, al ser la divinidad nosotros mismos, ¿a quien hemos de temer?

El gran ingenio de nuestra época, ha creado dos imágenes casi tan fuertes como las de aquel Dios griego, capaz de controlar todo cuanto nos rodea a fuerza de caprichos y errores.

Por el crepúsculo de nuestra existencia se alzan corceles que traen a los vientos todopoderosos posmodernos, crueles, implacables, hospitalarios y, para mayor grandilocuencia, invisibles. (Todo aquello sobre lo que depositamos nuestros mayores miedos ha de ser casi necesariamente invisible, impalpable…).

Me refiero al Sistema y el Estado Moderno. Símbolos incuestionables del poderío humano, tan despiadadamente asombrosos que parecen exceder el poder de su creador, a la manera de monstruos incontrolables capaces de dominar o destruir a su mas asqueroso capricho.

Frankesteins ideologicos, por utilizar una metáfora mas.

Tristemente, la única condición que nos diferencia de los demás seres ha de ser la que nos lleve a la autodestrucción (al menos en apariencia): somos presos perpetuos de la metáfora, nuestra mayor creación (y tal vez por eso nuestra mayor maldición), el lenguaje, nos lleva a caer eternamente en este error. Pensamos, obramos y hasta matamos con cierto lenguaje. Por ingeniosa que sea nuestra vigilia, necesariamente, al tener que expresarnos de alguna forma u otra, nuestra condición primaria se convierte en exterioridad proyectada. El lenguaje, por ser el como tal, es necesariamente proyecto, exterioridad, aun cuanto intentemos con todas nuestras fuerzas alcanzar la plenitud aparente de determinadas experiencias, siempre hemos de conservar la maldición metafísica del lenguaje, fuera de el pocas posibilidades existen. Aun cuando alguien aparente transgredir todas la convenciones y moverse por el mundo como “loco en su mundo” para él posee un tipo de lenguaje que, si bien quizás sea potencialmente diferente al de la manada, gravitara en su proyección hacia el exterior a partir de si mismo, ya sea como sujeto, objeto o “yo”.

Y es quizás por este carácter totalitario del lenguaje que la atroz bendición de ser-humanos se justifica como tal. En cuanto a la procedencia de esta estructura de acercamiento para con la exterioridad (razón, experiencia y demás…), no nos convierte en mas ni menos que presos de nosotros mismos. Ese yo que se convierte rápidamente en nosotros y se proyecta en la Historia para recobrar temporalidad y así obtener la justificación de la costumbre, ha de manifestarse en aquellas creaciones totales.

Ya no más Dios o Olimpo, el Estado como Jesús, el Sistema como Dios, Dios omnipresente que confía su desarrollo, ejecución e implacabilidad a un grupo de humanos elegidos popularmente para echar a andar a su Jesús.

Con humanos al servicio de estas estructuras totales, de las que nada puede escapar, hemos trasladado el paraíso a la subjetividad, a la contingencia, en fin, hemos convertido al Edén en ciudades cosmopolitas de tiempo completo, donde nada parece descansar y la muerte, la única trascendencia que si bien logro ser combatida aun no fue derrotada, habita en cada rincón expectante de nuestro decepcionante teatro posmoderno.

Solo resta por saber cual será, a largo plazo y a partir de los resultados, nuestra peor creación…

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