Identidad grotesca y tragedia en Roberto Arlt.

Pintura de portada: “Bokuteirôka” (Cerezos sobre la Sumida). Takahashi Yiuchi (1824-1894)

Gray & Atkinson publicaron fortuitamente su The ‘New Zealand’ family tree (accidentalmente, tal vez, Ringe, Warnow & Taylor publicarían su The ‘Pennsylvania’ family tree un escaso año antes), en donde se constituye una rigurosa genealogía que dibuja, a mano alzada, el camino de nuestra lengua en el correr del tiempo (otro tanto hicieron Dante y Joyce con la estructura de la conciencia). El tomo, de tapa dura verdeazulada y todos los menesteres conocidos, parte de la primera etapa proto-indoeuropea, en donde se marca la existencia de lenguas anatolias. Le sigue una segunda etapa constituida por lenguas tocarias. Posteriormente los autores presentan el período de la cultura indoeuropea nuclear, en donde yacen las lenguas griegas y armenias, que converge en el período antiguo europeo abarcando las lenguas balto-eslavas e indoiranias; apareciendo posteriormente las lenguas del albanés, las indoarias, las iranias, las bálticas, las eslavas, las celtas, las germánicas, y las latino-románicas (estas últimas ya se encuentran desembarazadas y devinieron, entre otras, en nuestro español actual).
Ahora bien, si tomamos en cuenta que toda tecnología es, inexorablemente, una extensión simulada del cuerpo, la palabra como tal, desde sus raíces anatolias hasta las lenguas modernas, es una tecnología en donde cuya particularidad es la de ser un extensión del pensamiento. Al par, si consideramos una perspectiva de raíz múltiple entre Quintiliano y Sartre, podemos llegar a la conclusión –elemental, ante todo- que la literatura, a fin de cuentas, es un cuerpo actuando sobre otro cuerpo dentro de un marco sociopolítico y cultural determinado: es decir, la literatura es la acción de nuestros cuerpos sobre otros cuerpos en el devenir del mundo.
Haciendo esta salvedad, Schopenhauer ya proclamaba que “el sentido de la tragedia [refiriéndose a Sófocles] es la profunda compresión de que el héroe no paga pecados personales, sino el pecado de existir”. Pecado que, por lo demás, se inscribe en la construcción de todos los personajes de Los siete locos y Los lanzallamas. El punto es el siguiente: la premisa de que todos los haceres del hombre son, de una u otra manera, distintos modos de ser de su ser, puede interpretarse como, o bien como un mismo ser que se manifiesta de distintas formas (lo que no nos desencajaría de un Aristóteles tan básico que haría a las señoritas huir recogiendo el dobladillo de sus faldas), o bien las distintas manifestación constituyen el ser (que es la que más interesante nos resulta para pensar nuestra vida): y esto quiere decir que en un mismo ser, pongamos por caso, Erdosain, confluyen, en efecto, todos los pretéritos, los presentes y los futuros posibles, todos los lenguajes que alguna vez surcaron el aire, los eternos retornos, el mejor y el peor de los mundos posibles, los amores de Giacumina, y todos los etcéteras que se le puedan ocurrir a usted, doctor. Y de esto se sigue que, inevitablemente, toda ontología es –ergo– un acontecimiento grotesco (en el sentido estético del término) y, con todo, una tragedia. Tragedia, es decir, tragodia, es decir, tragos –chivo- y oide –oda (es decir, del indoeropeo aw, que quiere decir cantar-, es decir, la canción del chivo, es decir ¡La oda de los cornudos! ¡¡¿Y qué terminó por ser Erdosain, sino un gran cornudo?!!

Ay, ay, ay… Queridos míos, después de todo, la existencia no es más que una infidelidad grotesca. Salute.

dvinci

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