Blattodea.

Te miraba caminar por la casa y me dabas asco. Sí, as-co. Ibas para la cocina, tocabas los muebles y te ibas. As-co. Ya no aguantaba más tu presencia en mi casa. Sí, porque al fin y al cabo, vos estabas ahí por conveniencia, gusto o no sé qué más. Yo no te gustaba, pero te era mucho más cómodo quedarte en mi casa que irte a vivir sola.

Ya pasó medio año de que apareciste y no te vas. Tu existencia en esta casa me está matando, me aniquila verte pasar. La otra noche estaba mirando un programa en la TV (sí, ya sé lo que dirás, qué raro yo mirando TV cuando voy por la vida rechazándola como hago con vos), no había nada que hacer. Y te apareciste de repente y me hiciste tirar la cerveza bien fría que estaba tomando. No sólo me asustaste, ¡sino que me hiciste tirar la cerveza! Maldita perra, as-co.

Sos tan pequeña y aun así no causas ternura. Tu cuerpo aplanado no me atrae en lo absoluto; me da frío y náuseas. As-co. ¿Nunca te miraste al espejo, nunca viste la asquerosidad que sale por cada poro de tu imagen? Y mira que posees ojos para verte, eh. Si tienes ojos compuestos que perciben hasta el más mínimo movimiento. Decí que no podes volar, sino andarías por ahí haciéndote la exclusiva estando en mi propia casa.

Ocho meses y sigues aquí ¿Tendré el valor de matarte? Lo deseo con ansias; verte descuartizada, sin respirar e inmóvil en mi piso. Tan perfecto, tanta excitación me genera imaginarte allí tirada, con un dolor que ya no puedas soportar, tanto que quizás te saldría una voz pidiendo perdón. Pero no, vos sos imposible. Cada vez que intentó aplastarte con mi zapato, aplastarte como si fueras una hormiga indefensa por el pasto, rastreas ese movimiento y te alejas. Y ya no puedo verte. Y confieso que me alivia en cierto punto.

Nueve meses y me animé a herirte. Corté tu cabeza en trocitos pequeños, ya no puedes ver hacia dónde te diriges. Y qué placer siento, oh sí. Fue tan excitante verte revolcar por mi piso, agitada y sin poder huir. Fue tan perfecto que ni una gota de sangre hubo en mi suelo. Ya tus ojos no me sentían, tu tacto ya no me tocaba. Pero ¡mierda! ¡Seguías respirando! Y por alguna razón que todavía no logro comprender, te acercaste hacia mí y con tu pata bien espinosa lastimaste mi tobillo. Venganza, eso sentía que salía de tu cuerpo todo torcido, casi paralítico.

Nueve meses y una semana. Agonizabas en el patio trasero; ya dejaste de visitar el interior de mi casa. Y fue la primera vez que te hice un gran favor: te destruí. Bestia horrible, sedienta de dolor, seguías dándome as-co.

Doce meses. A todo el mundo que le conté de tu muerte, me felicitaban. Me decían que atrasé mucho el trámite, que debía haberte matado mucho antes. Que existen venenos potentes para eliminarte a tiempo, que no puedo dejar que vuelva a aparecer una o miles de mugrientas como vos. Y me alivia, me conforta saber que actúe con gratitud.

Mientras le contaba esto al oficial (porque sí, debía confesarlo, una muerte genera sospechas; las sospechas, preguntas; las preguntas, búsquedas; y algún día iban a hallarme, por las dudas o por el olor moribundo que dejó tu muerte), se paró, habló con su compañero y me detuvieron. Yo no comprendía, estaba mareado: ¡la gente dijo que actúe bien! ¡Bajo defensa propia, oficial! ¡No sea idiota! Pero nada, ya estaba bajo llaves y nadie vino por mí.

Al mes siguiente de estar detenido, me trasladaron a un penitenciario de mayor seguridad. Pero de seguridad, no tenía una mierda. Ella volvió, revivió ¡Te lo juro! Estaba ahí, en mi celda, quieta, yo sentía como me miraba y como buscaba vengarse. Se acercó a mí y empezó a tocarme todo el cuerpo, as-co me daba. Comencé a vomitar, me dieron mareos y llamé gritando a los guardias. Maldita perra, apareció de nuevo para matarme cuando yo ya te había matado y te juro que era moralmente correcto, eso decían los vecinos.

A los veinte minutos, apareció el jefe de policías. ¿Ahora cuando estoy muriendo, as-co, me viene a ver este hijo de puta? -¿Qué te pasa, pibe? ¿Queres veinte años más? Fue lo último que escuché. Con mi aliento mezclado entre asco y fideos revueltos, le señalé al bicho que me había matado, pero él se rió y yo moría lentamente.

Al segundo, ella seguía ahí. Subía y bajaba por mi cuerpo apagado, yo todavía lo podía sentir. Con sus patas largas y su par de antenas tocaba todo mi dolor… No entiendo, jamás logré entender por qué fui preso por matarla cuando muchos me decían que estaba bien. El oficial, el día de mi testimonio, ni me dejó nombrarla. “¡Hallamos al asesino de Lucía Kroff!” es lo único que mencionaba. ¡Pero te juro que yo no le puse nombre! ¿Cómo iba a llamar con un nombre a algo que me daba arcadas? As-co. Y la blattodea seguía allí, te juro, o como otros suelen llamarla, la cucaracha.

 

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