Ponerla en el Conurbano. (Capitulo 1)

Gemidos y Gruñidos

 

Corrían tiempos diferentes a los actuales, como casi todos los tiempos, este discurría entre lo absurdo y lo abyecto, entre los chats y la cerveza, capaz el rock.  Beatriz, qué contarles de tamaña mujer. La segunda vez que salimos tenia un vestidito medio corto, un leve escote donde se visualizaban sus enormes senos y un collar de color azul. Luego de hablar sobre un tratado de la Nada sartresiano, lo cual evidentemente la aburrió a punto tal de lanzar el ultimo recurso en primer lugar. Me invitó a ir a su casa, lo que tuvo varios inconvenientes: uno era que debíamos quedarnos al costado de la escalera por miedo que sus padres nos descubrieran. Ni mencionar el hecho de que nuestra limitada economía nos impedía siquiera pasar por la puerta de cualquier Hotel, tampoco había amigos con bulines ni garitas desiertas donde obrar la necesidad, solo la escalera y la adrenalina de un padre en calzones puteándome a los 4 vientos. Erguido por la excitación fui y empezamos a darnos besos hasta que mis manos empezaron a tocar esos grandes melones dionisíacos que la Naturaleza misma le había dado como dotes de Eros. Eran redondos, con pezones duros que se asemejaban a un huevo duro fritándose en la cálida hoguera de mis pensamientos mas libidinosos. Decidí amamantarlos mientras que con mis manos los apretaba circularmente mientras mi pija se estrangulaba en el calzoncillo como queriendo salir entre los agujeros del Duofour. Poniendo cara pícara bajó el cierre de mi pantalón sacando mi miembro que salio como respirando agitado, – no recordaba si me había bañado bien, pero en fin – empezó a sacudirlo con fuerzas mientras dejaba un manantial de saliva en su cuello… En la escalera busqué la mejor posición para penetrarla, pero la verdad es que es dificultoso coordinar los pies en baldosas diferentes, escuché un quejido: su perra aullaba. El romanticismo se fue espantado como eyaculación precoz al escuchar a ese can, me dijo-“debo buscar a mi perra… de otro modo se darán cuenta que me porto mal!” Cuidadosa como gata en celo, abrió la puerta y la perra vino hacía mí meneando la cola como péndulo. Sin contar mi pija parada al aire libre, la escena era de una familiaridad digna de comedia berreta de cine argentino. Seguimos besándonos… puso mi falo en su boca y empezó a chupar la cabeza, la perra daba vueltas en círculos… empezó a lamer mis pies mientras que su “dueña” me la chupaba acostada en dos baldosas. Colocó mi pija en sus tetas apretándola, pero al succionarla de vez en cuando no me miraba a los ojos generando cierta perversión en mi mirada, mientras su perra seguía lamiendo mis pies provocándome un cosquilleo cuasi-orgásmico. No sé si por el estado de calentura, el placer se acentuaba, pero sin aviso empecé a eyacular sobre su hombro, lo cuál le produzco cierto asco… era inexperta en el arte del amor. Me miro, hizo ademanes extraños con la mano y giro abruptamente para vomitar guiso regurgitado sobre su incauta perra que, para variar, seguía lamiendo mi pie. Producto del vomito, salto asustada, pero enseguida empezó a comerlo. Cuando mi pene quedó flácido, nos reímos mucho sin poder evitar que su mascota lamiera esa néctar que había dejado al marcar mi territorio: no moriría descalcificada. Cerré mi pantalón y empece a irme, agradeciendo al verdadero producto inconfeso de mi polucion, es decir, la perra de mi amiga.

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