Crítica de la razón escolarizada.

Capítulo 1: “La política del Profeta” 

 

Generalmente una época suele evidenciar sus características más sobresalientes no tanto en los contenidos de sus relatos sino mas bien en los síntomas que atraviesan la realización de los mismos. En tal sentido, no vale tanto lo que los protagonistas digan, en tanto vivencias, de sus experiencias en una época sino que se debe prestar atención a los modos en los cuales estos relatos se entretejen, a las maneras en que se acomodan las palabras, los entramados de significantes que van tejiendo la red del imaginario dentro de la cual el narrador esta indefectiblemente atrapado por ser hijo del tiempo que se encuentra deconstruyendo a través del lenguaje. Por ello, analistas y curiosos del campo de las llamadas “ciencias” sociales han ido corriendo el foco de análisis sobre los pasados de la centralidad de la hegemonía discursiva de una época hacia los márgenes dentro de los cuales, paradojicamente, más hacen mella las discursividades que se ponen en juego para elaborar aquella tela de arañas significantes. Abandonada – felizmente- la pretensión de totalidad discursiva y analítica (aquella vieja y anquilosada razón omnisciente), estamos en condiciones de postular que dice más de una época el bicho que se retuerce en la tela araña de lo real que la totalidad tejida de lo simbólico por las arañas hegemónicas.

En tal sentido, esta serie de posteos tiene como pretensión el ir analizando los síntomas más destacables de aquello que, a consideración del quien escribe estas líneas, es uno de los problemas políticos más acuciantes de los últimos 30 años: El triunfo inexorable de la cultura escolar.

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Ser militante ha de ser una de las acciones humanas más loables. Comporta dicha actividad, en sus variantes más “puras” una profunda y necesaria pre-ocupacion por el otro, se asume la pluralidad más radical, en un acto de negación del individualismo preponderante. Hannah Arendt ha destacado la dimensión de la condición humana más propia en la vita activa, esto es, en la acción concreta que recrea la pluralidad en un acto de creación radical, para que se comprenda: accionando el animal humano se convierte en SER humano, hace aparecer la conflictiva realidad del otro en la sociedad. La clave está en la subversión del modelo de Heidegger que realiza la filósofa: allí donde el alemán postulaba la muerte como nuestro ser más propio, Arendt erige la natalidad, el hecho de nacer, como la verdadera aparición del nuevo comienzo eterno.

Siempre pensé que justamente la verdadera valoración del acto de militar radicaba justamente en la recuperación esta dimensión fundante de la condición humana que tiene, si se ejecuta de buena fe, cualquier acto de militancia con la realidad. En cierto sentido, la acción militante hace nacer realidades que de otro modo pasarían desapercibidas. Dotan de historicidad a situaciones que de otro modo se perderían en el fluir de lo cotidiano. Dista mucho de la buena onda y cara de conciencia de los voluntarios de ONG, el militante infiere que su acción sobre el mundo busca transformar aquello sobre lo que acciona, no se percibe como un parche, un biencorazonado que quiere menguar sufrimientos. La militancia debe ser comprendida entonces como una poiesis politica, una creación fundante de la realidad.

Ahora bien, existe, como en la mayoría de las manifestaciones humanas de esta época, una problemática con el ego de la militancia. Al vivir en una época de crisis ontológica como esta, la intuición de este vacío identitario estructural  hace que la enorme mayoría de los militantes (del partido que fueren, describo síntoma, no una manifestación contingente) se postulen casi inconscientemente como portadores del jarabe justo para solucionar esa carraspera metafísica, que se hace crónica en todos los que vivimos este tiempo. Se mueven por el mundo como profetas de la verdad que les dio un remanso a ellos, aportando hiatos identitarios más o menos fijos que imponen estructuras de lo “bueno” y lo “deseable”, a la manera de una recuperación moral ante tanto absurdo neoliberalismo cínico. El tema es que la política no es el terreno de lo moral, sino de lo necesario, la política es un arte. Perder de vista esto puede llegar a ser contraproducente, pues dicha actitud subvierte nuevamente el modelo antes mencionado en pos de un romanticismo edulcorado que ocasiona una desvirtuación del andamiaje de significantes con los que interpretamos  la realidad, cayendo lisa y llanamente en la negación de la negación. Verbigracia, se termina por tener militantes que buscan un remanso en significaciones asumidas acríticamente, ante la aplastante orfandad trascendental de este mundo que nos adviene como una topadora trágica. De ahí que a veces asistamos a defensas casi futbolísticas de tales o cuales verdades políticas, con canciones y tertulias que comportan sustanciales extremos de ajenidad con la esencia del acontecer político (la espontaneidad, la organización reinvindicativa y el desacuerdo dialógico, por ejemplo). Hay como una especie de “clubs de fans”de tales o cuales politicos, con miembros que les perdonan y/o justifican todo en pos de su admiración. El principal problema que genera esto, a las claras, es que la ciudadanía debe ser siempre una instancia de exigencia y control del accionar politico y no un justificador mas, ni que hablar de devenir una tropa aduladora obsecuente.

Aquí es donde encontramos el meollo de la cuestión: ante la inabarcable y absurda liquidez de los sentidos, ante la sensación de que “está todo dicho”, ante la pérdida de la dimensión de natividad que hay en toda acción política, el militante de nuestra época, con el pecho partido de imposibilidad, tiende invariablemente a cobijarse bajo la seguridad de significantes precarios que le provee un imaginario político que adopta como propio, generalmente advenido desde otro espacio de poder, con escasa o nula participación de su individualidad en la creación de los mismos. Renuncia a su particularidad creadora, a la potencia del hacer, en pos de la seguridad y comodidad de la repetición. Abandona su condición de poeta de la realidad para convertirse en un reproductor ciego de un slogan. Y en ese movimiento, se niega a sí mismo, negando todo devenir externo a su “verdad”; se vuelve profeta, o mejor aun, profesor de un saber empaquetado y fácilmente reproducible. Como en un ejercicio escolarizado, menos por menos es más: termina afirmando la realidad tal cual es, cosificandola y renunciando a su dimensión transformadora y crítica. En definitiva, renunciando a hacer poesía de lo real. Y allí el neoliberalismo anda a sus anchas, pues es un modo de ser altamente positivo (no en el sentido Pablo Coelho, sino filosófico).
“El neoliberalismo convierte al ciudadano en consumidor. La libertad del ciudadano cede ante la pasividad del consumidor. El votante, en cuanto consumidor, no tiene un interés real por la política, por la configuración activa de la comunidad. No está dispuesto ni capacitado para la acción política común. Solo reacciona de forma pasiva a la política, refunfuñando y quejándose, igual que el consumidor ante las mercancías y los servicios que le desagradan.”
Byung-Chul Han. Psicopolítica

Le damos la bienvenida a la diva predilecta de la cultura escolarizada: La repetición es la única variable que sostiene una estructura putrefacta y pululante como es la escuela moderna. Todos los sujetos que crea esta cultura suelen ser altamente paradójicos, casi neuróticos y absurdos. Y de esto no escapa nadie, pues la maquinaria más totalitaria de la historia actúa implacablemente. Hay quienes extrapolan estas características del capitalismo contemporáneo excluyendo – u olvidando- a la escuela como forma predilecta del mismo capitalismo. La obvian por considerarla caduca, avejentada, anacrónica, etc. Ojear un poco la historia hace que veamos que la cultura escolarizada y las primeras manifestaciones del “espíritu” del capitalismo van de la mano. Es un movimiento lento pero constante de privatización de relaciones sociales otrora dadas en campos abiertos de la vida humana. A su vez, se especializan aptitudes que también solían ser acopiadas de manera más espontáneas o tradicionales en el seno de la comunidad: enseñar y producir era un oficio más bien social, público, en términos arendtianos.

Volviendo a la exégesis militante, la actitud transformadora, el ímpetu de intervención sobre “lo real”, la magia y la épica que ponen todos los militantes en su accionar tiene un punto de eclosión allí donde intervienen los factores antes mencionados: en momentos donde lo deseado por el imaginario que uno adoptó como ideario político no se da en los modos en los cuales, va se suyo, se creía casi excluyentemente que iban a suceder. Aferrarse a un imaginario del modo en el que se hace actualmente, como una boya identitaria más que como un conjunto de ideas que ayudan a la comprensión, ocasiona que los militantes “salgan” al mundo a predicar verdades, a pelearse con las otras verdades que, a sus ojos, son ilegítimas solo por el hecho de no ser las que ellos sostienen. Suele darse el panorama de militancia barrial que se convierte en una “bajada de línea”, en un movimiento que sale a contarle a la gente cuál es LA verdad que ellos no notan pues no militan en “LA verdad”, pero que si escuchan al profeta se ilustraran de ella y se “liberaran” tal y como la verdad militante entiende que el otro debería liberarse. ¿Y si no me convence esa verdad? ¿Si prefiero apostar por otra? Estoy claramente equivocado.

El faro deja de irradiar luz cuando se depende demasiado del horizonte erigido como “utopía” de lo deseable, dentro de la que todo accionar político es bañado de sentido, y se deja de lado la dimensión discursiva y social de toda verdad. Pero al estar atravesado por el ideal hegemónico del saber escolar, la energía militante se desperdicia en “evangelizadores” que poca mella hacen ante personas apáticas y/o con intereses políticos esporádicos y cambiantes. De ahí que el neoliberalismo, que poco interés tiene en generarle conciencia a nadie, triunfe aun cuando aquellos que lo llevan a ese triunfo sufran de un galopante síndrome de Estocolmo.

Se entiende a la verdad como una propiedad (dejo la paradoja que resulta de luchar contra privatizaciones, privatizando justamente la construcción de la verdad) y se toma al otro automáticamente como un indigente ontológico, un huérfano incauto ante la sociedad del espectáculo de la “cultura dominante”. Y el militante se pelea a muerte con el devenir de la realidad confundiendo, en definitiva, lo real con la realidad concreta. Podes teñir de mística la necesariedad, pero en algún momento deberás asumirla. Hay que recordar siempre que el conflicto por “la verdad”, si bien se da en el plano de lo concreto (la realidad), se patentiza en lo discursivo, es decir, en lo simbólico. Por mucha teoría de lo social que queramos poner como Real, la construcción colectiva de lo simbólico acaba por condicionar la realidad, casi a determinarla. El movimiento, en el fondo, es simple: ante la inabarcable necesariedad de la realidad tenemos dos opciones clásicas: o nos peleamos con lo acontecido (producimos discursos alternativos, explicaciones consoladoras o interpretaciones teóricas utópicas) o trabajamos a partir de lo “ya sido” con un horizonte de acción amplio que contemple la escucha y el diálogo desde posturas como posibilidad del desacuerdo necesario para constituir lo político. De otro modo, es imposible avanzar.

Mas adelante seguiremos analizando este aspecto ya desde una perspectiva que invita a superar la encrucijada  descrita, orientada a “sacar” ese resabio evangelizador que subyace a las nuevas militancias. A su vez, veremos el otro aspecto de esta condición, la que se presume más adaptada y conformista, que invita a “cambios” conservadores y que, si bien más conciliada con el carácter azaroso de la verdad, carece de mística y pasión, y toma a la intervención sobre lo real como un acto solidario y administrativo.

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One thought on “Crítica de la razón escolarizada.

  1. Las metáforas nunca son felices, y menos lo son cuando se trata de fenómenos históricos. Pero el marxismo es, en relación a la política, el sucedáneo perfecto del catolicismo existente entre la reforma protestante y el nihilismo posnietzscheano. Walter Benjamin es el autor de mi observación: el rol del marxismo como reserva moral de la política es algo inherente a sí mismo, y se evidenció en las últimas elecciones con la estúpida actitud de los trotskos. Si a un católico del Madrid de Felipe II le pedías que opte entre una de las sectas protestantes o el islam, te diría que ninguna de ellas es la vera fe. De ese tipo de purismo estaba barnizado en el «son los dos lo mismo» del ballotage.

    De ahí que ser militante de verdad en Argentina es el embarrarse con alguna de las vertientes del peronismo, ya que eso implica alejarse de esa reserva moral para entrar en acción. La pretensión de pureza, paradójicamente, enturbia.

    Coincido plenamente con tu caracterización del ser-militante, y -como ocurre con cualquier vertiente popular de la política- es inevitable que se actúe en ese rol como portador de ‘la’ verdad. Es inevitable y sano, porque esa sensación de verdad implica el convencimiento de estar en el camino correcto, y es lo que permite interpelar al otro con argumentos que defienden algo en lo que creemos. Por más que luego podamos caracterizar a cualquiera de esas verdades como una forma más de discurso y sepamos que en realidad no son verdades de nada, sino una simple explicación verosímil en el contexto en el que se la enunca. El marxismo, y su amplio abanico de opciones militantes, ha actuado así históricamente, como portador de la más pura de las verdades, como observa Benjamin: ¿Qué más parecido a un testigo de Jehová que un militante del PO repartiendo panfletos? El marxismo tiene dentro de sí las herramientas de la teología. Y sabemos que el barro y la sangre de la historia no están hechas para quienes quieren conservar limpias sus túnicas.

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