Jen S. F. Vrüm: «Mate y pensamientos: Amplitudes del objeto»

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Narcótico criollo

Transcripción de una ponencia en el Colegio Mínimo de Santa María, septiembre de 2015.

 

Whatever may be an object of thought, or may occur in any true or false proposition, or can be counted as one, I call a term. This, then, is the widest word in the philosophical vocabulary.
—B. Russell

 

Quítenme nombre y apellido, habilidades y torpezas, huellas digitales y código genético, preferencias y deseos, pero no el mate. Ni el acto de cebarlo y tomarlo. Ni el de esperar, en silencio o en diálogo con una persona presente o ausente, a que sobrevenga el próximo.

Acompañado y solo. De día y de noche. En invierno y en verano. No quiero dejar de tomar mate. Por eso exijo que no me molesten. Miren, no quiero drogas. Pero sé lo que quiero. Por eso me alteré, ¿entienden? Exijo que me dejen tranquilo: con mi yerba, mi bombilla y mi mate. Y mi termo y mi pava, claro. Si me despojaran de estas cosas, me robarían muchas otras más. No podrían sacarme el mate sin arrancar de mí cualidades que me hacen ser quien soy. Mate. Un grupo de acontecimientos y experiencias en cuyo núcleo hay una bebida, pero que la trascienden: eso es el mate. Punto.

Escúchenme: el nombre del recipiente cargado de hierbas sobre las cuales líquido verter y un instante después tomar, proyecta otro significado simultáneo: el de la infusión, que lo impregna. Derramado el sentido, llenará entonces al objeto, es decir al término, en la acepción que Bertrand Russell emplea para estas palabras en Principia Mathematica, cuando dice que son las más amplias del vocabulario filosófico. Mate. Bebida que se obtiene de la mezcla de moléculas de agua y de materia orgánica vegetal: así, ¿no es cierto? Así, pero acá hay otro fenómeno, por si no se dieron cuenta, una transformación sufrida por estos minúsculos fragmentos de plantas. Bebida y transformación, ambas cosas son designadas por una misma palabra. Porque infusión significa, además del líquido resultante que tomaremos cada uno a su tiempo, un proceso químico. Esperen. La hoja molida de Ilex paraguariensis libera componentes al entrar en contacto con agua caliente. Una cuestión de química, ¿se entiende? Reacciones provechosas que se dan entre elementos de diversa naturaleza conjuntos.

¿Tomás? Bueno, ¿todos quieren? Mejor, me parece bien. Sí, yo me encargo.

Voy a traducir ahora a mi querido Russell. “Aquello que pueda ser un objeto del pensamiento”, dice, “o estar en cualquier proposición falsa o verdadera, o que pueda ser contado como uno, recibe el nombre de ‘término’. Esta es, entonces, la palabra más amplia en el vocabulario filosófico”.

Y el término nuestro es “mate”. Uno que, aparte de lo dicho, apunta a una suma de sucesos ordenados, a un conjunto deseable de sensaciones visuales, auditivas, olfativas y gustativas, de temperatura, de movimiento y de masa, de sensaciones de estados internos del cuerpo, y a las meditaciones previas y posteriores. Mi ideación del mate, que no por asistemática es incoherente, pervive como síntesis de recuerdos, huella simplificada de percepciones sensoriales: aromas y sabores y colores y sonidos. Pero estos recuerdos guardan, en el fondo, la complejidad original de las percepciones. Están acá, en mi mente. Pienso ahora en el mate, en la calidez del mate en mi cuerpo, en mis manos, en mi lengua, ¿y qué me importarán las insensateces que cierto filósofo redactare y publicare por ahí? Ahí va, paciencia. La complejidad inicial, susurros de una seca corriente de corpúsculos vegetales que fueron cayendo incontables, y de agua que, al embeberlos, hace brotar espuma para luego oscurecerlos y quitarles propiedades que serán transferidas a mi cuerpo: ninguna gramática es capaz de precisar cuántas moléculas componen esa sustancia; ningún estudio lingüístico me conseguirá adjetivos aptos para explicar esta experiencia; ninguna filosofía delimitará la amplitud del objeto de mi pensamiento. En este momento me viene a la mente aquella frase de Antonin Artaud a propósito de los términos; pero aquí se trata quizás de lo contrario, ¿verdad?

Naturales elementos de diversa consistencia y procedencia: metal, madera, hoja, agua, vapor. Inconmovible dureza argentina y transparente suavidad voluble. Humedad pero amargor. ¿En qué historia de la literatura leer algo sobre los aromas y los sabores del mate? Esta cultura me falló: todos ustedes están en falta. En la boca la recurrencia de un gusto de origen ctónico, ligado a mi tierra, pues esta yerba ha sido ser vivo alimentado de Argentina, de la tierra que a ustedes nació; y tibiezas en pecho y vientre. Vestigios de un gigantesco incendio en la lejanía, restos de sol en materia orgánica, radiación que infunde energía al planeta desde hace miles de millones de años. Agradecé venideros fotones. Vos, vos estás tomando el mate, pero los efectos de la ingestión perdurarán varias horas… Una historia de palabras pronunciadas y oídas, de textos ajenos y propios. ¿Por qué? Porque se lee y se escribe para entablar conversaciones por fuera del espacio y del tiempo. Mate. Pero también, un recuerdo del efecto que ingerirlo me produjo, del bienestar sentido en consciencia y cuerpo. Miren, no necesito medicamentos. ¿Es lícito afirmar que la consciencia sea capaz de sentir, además de razonar y atender y enfocar? Mi experiencia indica que sí. Que no hay mejores palabras con que describir eso. Con cada mate.

Pero tal vez no sea éste un objeto al que dar significado. Y quizá no sea posible definirlo. Combinación de materialidad e inmaterialidad, sensación y sentido, más que meramente término puro o amplísimo objeto, el mate sería evento, percepción, reflexión, memoria, experiencia, introspección y comunicación. Todo esto en similar jerarquía debajo de otro complejo de significados directamente relacionados a percepciones y sus efectos, en homogénea integración, y circunscripto a un espacio-tiempo reducido, como elemento unitario, pero extensible a una vida y a un pueblo, en tanto categoría o clase. A muchas vidas. A una nación. Además, otro significado, otro más, el último: aquel que lo relaciona con la sede del pensamiento y residencia de la facultad del conocimiento.

Así que, en criollo, no me jodan más con esas pelotudeces, ¿está claro? Soy ateo, anarquista y no me divierten especialmente los deportes, y me aburre mortalmente el entusiasmo causado por el deporte y me desagrada mortalmente el apasionamiento que surge del entusiasmo causado por el deporte; y detesto las violencias ligadas a este tipo de entusiasmos y pasiones. El mate sería mi equipo, mi partido, mi credo, si yo no fuese ateo, anarquista, indiferente a la diferencia entre rojo y blanco y azul y amarillo: me da igual, al carajo, no me rompan las pelotas…

¿Exageración? Bueno, pero esto es verdad: no conozco otra nación que la del mate. Entonces, me enojaré siempre que me molestaren con pavadas semejantes. Dejenmé tranquilo. En silencio, o en diálogo con una persona ausente, mejor. Por ejemplo, Bertrand Russell. O Vicente Fatone, de quien hablaré en alguna charla.

¿Tomás? ¿Tomás, no tomás mate? Tomás, ¿qué tenés en el mate?

Tomatelás.

Y digo… y digo… que cualquiera que se burle de esta argentina costumbre, se merece el escarnio y la expulsión de la patria. Sin mediar palabra: un destierro básico y común. De la patria del mate, por empezar. Seas o no un célebre filósofo al que le entusiasme o apasione escribir las últimas notas innecesarias al pie de página de las obras de Platón.

 

[Pablo Contursi: edición y fotografía]

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