Truco.

1931949_1259442850749297_1141396357_n

 

 

Madrugada. Late un ride en corchea sincopada, tranquilo, despacio, a cincuenta, o tal vez sesenta, pulsos por minuto; y ese negro está allí, encapsulado y comprimido en uno-punto-dos milímetros de espesor, y pita su cigarrillo desde hace cincuenta años en una sala herméticamente cerrada en policarbonato de plástico y aluminio, y laca, y gira a queseyó cuántas revoluciones por segundo –pero seguro que bastantes- hasta que en un momento determinado, el negro, (fijate bien, ¿eh?), simplemente, levanta la trompeta hacia el micrófono americano de condensador, y escupe una nota tras otra, como vomitando, tranquilo, despacio, a cincuenta, o tal vez sesenta, pulsos por minuto, en dos cuartos, relajado, como una cara que dice que no. Y del otro lado del parlante, casi medio siglo después, lo escuchamos nosotros, qué cosa tan maravillosa. El bocha barajeaba las cartas mientras yo me preparaba, cerveza por medio, para recibir la mano. El turco, del otro lado, fumaba impasible y miraba por el tragaluz como se nos iba la vida.
-Atenti turco –le dije- que no nos vayan a marear ¿eh? –y el turco me miró con los ojos borrachos, y me dijo:
-¿Qué pasa, loquito? ¿Ya estás entonado?
-Bueno, a ver si se dejan de joder –respondió el Bocha, y empezó a repartir las cartas como una pluma. La noche transpiraba su miércoles de verano entre la humedad de las cartas. Estábamos a siete para las buenas y ellos a cinco para el partido. Se estaba jugando el bueno, y nos estaban partiendo al medio. Primera carta: sota de espadas (la concha de la lora). Bueno… no está tan mal. Se parece un poco a Byron, o a Juan Carlos cuando se pone en pedo. Mi pierna izquierda empezó a temblar. Segunda carta: cuatro de oro (no te la puedo…). ¿Y qué hace uno ahora, con tanta cosa blanda en el bolsillo? Tercera carta: siete de oro (por fin me tirás un centro, barba). Bueno, tengo un buen tanto y algo para poner. Lo miro al Turco. Le tuerzo la boca hacia la derecha, casi intempestivamente, mientras relojeo al Bbocha y a Ramiro, que se miran entre ellos y a nosotros, y somos cuatro hombres moviendo la cara y los ojos de maneras increíbles, y quién nos viera nos juzgaría de locos o de estúpidos. El Turco se muerde el labio y me tira un beso.
-Vení –me dice el Turco. Apoyo el cuatro de oro en la mesa, y se dispara el juego.
-Che, Turco, después ponete algo de Muddy –el aire se ponía pesado como piel de plomo y la luna titilaba en el cielo como foco viejo (o tal vez, era el foco).
-Voy- dijo el Bocha. Apoyó un caballo y sacó un Felipe de mi atado, mirándome –convidame uno.
El turco tomó un trago de cerveza y apoyó el tres de basto prometido. Por ahora, la primera es nuestra. Lo miró al Turco decepcionado y ofuscado a la vez:
-Boludo, ¡No me lo cantaste!
-Envido –dice Ramiro
-Porque lo iban a cantar ellos –me dice el Turco al instante
-Real envido –le respondo a Ramiro. Ramiro duda. Se mira con el Bocha -¿estás seguro de lo que tenés, vos?
-No –responde el Bocha.
-No quiero –responde Ramiro, mirándome. Voltea y lo mira al Turco –Voy a esa, eh… -Y apoya una sota de oro.
-Vení, Turco –le digo.
El turco apoya un cinco de copas. Ramiro lo mira al Bocha, después al Turco, después a mí. Apoya un rey de copas.
-¡Truco, carajo! –le escupo en la cara
Dudan.
-Quiero –dice el Bocha y pita el cigarrillo.
Despacho el siete de oro. El bocha sonríe.
-Quiero retruco
-¡Quiero!
Sonríe mostrando todos los dientes blancos de su cara grande y barbuda. Apoya el ancho de basto.
-¡No! ¡Qué hijo de puta!
El Turco me mira, como queriéndose ir.
-Negro ¿te queda algo? –me dice.
-Estamos con esa, Turco –le respondo.
Él levanta las cejas. Nuevamente lo había decepcionado. El Bocha apoya un ancho falso, el turco está por apoyar el dos, pero se detiene. Medita. Me mira. ¿Va a elegir el todo o la nada? La vida siempre es una cuestión de libertad: el todo, o la nada; el premio o la patada en el culo. ¿Qué define nuestras decisiones? ¿La intuición? ¿La lógica? ¿La especulación? En última instancia ¿Quién es el que realmente toma nuestras decisiones? ¿Por qué Mariana se fue con ese salame? ¿Por qué mi viejo decidió deliberadamente ponerse una cuarenta y cinco en la bocha y apretar el gatillo cuando el banco lo estaba ahorcando? ¿La realidad es una existencia que palpita o es meramente una exageración grotesca de todos aquellos detalles que nos gusta observar?
-Quiero vale cuatro –le dice a Ramiro, mirándolo a los ojos. Ramiro le devuelve la mirada con los ojos rojos, agrandados, sorprendidos, atemorizados, lo ve al Bocha, y vuelve a verlo al Turco, me mira a mí, después al Boca (“estás vos sólo”, le dice el Bocha), y lo ve al Turco. No sabe qué hacer. Tiembla. El corazón palpita. No tiene laburo, no tiene mujer, no tiene más cigarrillos, le faltan cinco para el peso, y la siguiente mano, tal vez, se juegue mejor:
-No quiero –Le responde mirando a sus dos cartas apoyadas en la mesa, y empalándolas con la tercera. Estira la mano y saca un Felipe de mi atado –convidame uno –me dice.
Será que la libertad es un juego de cartas. El miércoles se terminaría por ir al mazo en un par de horas. El Turco puso Muddy: I can’t be satisfied

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s