De linyeras e inquilinatos metafísicos

1) El vicio de la vida urbana no es tanto la injusticia, que al fin y al cabo se la encuentra en todos lados, sino la indolencia que nos produce. Georg Simmel lo vio mejor que nadie. Si un tipo sube a tu vagón y cuenta todas sus miserias a cambio de una moneda, te duele. Si ves la misma escena todos los días, te duele menos o incluso puede llegar a resultarte indiferente. Más aún: esa indolencia funciona como un mecanismo para hacer soportable la vida urbana. ¿No es perverso?
2) Cuando se trata de linyeras la cosa se vuelve más compleja, porque no siempre su situación es una consecuencia de la exclusión social. El linyera también tiene voluntad. Sí, ahórrenme la argumentación y convengamos en que en muchos casos la “situación de calle” se debe a una voluntad en la cual el linyera se afirma como sujeto. (No ignoro que en esta concepción también se esconde cierta mirada romántica, o incluso culturalista, que me parece nociva y tramposa). El tipo decide libremente sustraerse de todas nuestras idiotas comodidades. No tiene techo ni alimento asegurado, pero lo consigue. Laten en ese tipo de linyeras las enseñanzas de Diógenes de Sinope.
3) Pensaba en esto porque ayer vi una escena que me dejó asombrado. Fui al banco y en la vereda, debajo de la llovizna, había un linyera durmiendo con las patas descalzas. “Pobre tipo”, pensé, con esa ingenuidad tan propia del humanismo. Después miré bien y el tipo tenía zapatillas, ¡pero las estaba usando de almohada! Me pareció una genialidad (ok, tal vez exagero) porque el tipo eligió la comodidad de su cabeza a la de sus pies. El tipo eligió, ¿se entiende?
4) Volviendo a la cuestión del techo, y pensándolo en términos bien amplios, ¿quién puede decir hoy en día que tiene el techo asegurado? Realmente me lo pregunto. En un pasaje del Manifiesto comunista, los jóvenes Marx y Engels dicen algo así como “ustedes nos acusan de querer abolir la propiedad privada, ¡como si no estuviera ya, de hecho, abolida para la mayor parte de la población!”. ¿No es genial?
5) (¿No es también una paradoja que muchos de los que se dicen seguidores de Marx no hayan sido capaces de ver la libertad del linyera? Puesto en otros términos: ¿el caso del linyera no nos habla de cierta autonomía relativa, que niega la determinación absoluta?).
6) Acá entra la cuestión del inquilinato, esa forma de vida que para millones de personas es la única posible en todo el Gran Buenos Aires. Me gusta pensar que el inquilinato no es meramente una relación contractual, sino que es también -como lo llamarían los filósofos antiguos- un estado del alma. Hay una metafísica del inquilinato, que implica angustias de distinto tipo: en torno al pago del alquiler, de las expensas, en torno a la rotura anal de la renovación, del amor por conveniencia del dueño directo, etc. No deja de ser patético que nuestros sueños tengan las dimensiones de un monoambiente y estén hechos de melamina y ladrillo hueco.
7) El inquilinato, por otra parte, hace que cada vez sea más difícil responder a la pregunta por el domicilio. ¿Qué es, exactamente, un “domicilio”? Su majestad, la Real Academia Española, da estas dos definiciones que no resuelven el interrogante, sino que reflejan la ambigüedad del término:
1. m. Morada fija y permanente.
2. m. Lugar en que legalmente se considera establecido alguien para el cumplimiento de sus obligaciones y el ejercicio de sus derechos.
8) ¿”Morada fija y permanente”? ¡¿Qué es eso?! Por otro lado, el domicilio legal no siempre coincide con el real. Eso es algo cada vez más común, creo. El domicilio legal es, en lo que a mi respecta, un casillero en un formulario que ningún burócrata leerá nunca. Certifica algo, documenta algo, vaya uno a saber qué.
9) A lo que voy es a que las preguntas de dónde sos y dónde vivís parecen aludir a lo mismo pero en realidad hablan de cosas muy distintas. Es la diferencia, que el idioma inglés desconoce, entre ser y estar. Si me preguntan a mí, respondo: soy de allá, pero vivo acá. A veces miento y digo que también vivo allá.
10) Miro por la ventana, ya no llueve. “El linyera dormirá más tranquilo”, pienso (de nuevo, ingenuamente), aunque a decir verdad no puede decirse que no estaba tranquilo durmiendo en la vereda y tapado hasta el cuello por la llovizna. La indolencia me priva de sentir dolor por su situación, pero lo que me duele son las gambas porque anduve por todos lados y viajé parado en el tren. Cuando me acueste voy a hacer como el linyera, pero al revés: voy a poner una almohada debajo de mis pies, a ver si funciona. Y voy a mirar el techo, ese que me es ajeno, y lo voy a mirar con ojos nuevos porque ahora sé que ese techo es metafísica pura. ¿Por qué? Porque no lo sostienen las columnas del edificio ni mucho menos los ladrillos huecos, sino la creencia absurda de que todo esto conduce a algún lado.
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