El límite de la lluvia.

Martin H. bien consideraba que todas las ciencias, las artes, las religiones, las actividades, y etcétera, no constituían más que meros modos de ser del Dasein; es decir, los múltiples haceres del hombre completaban una totalidad en donde la existencia como tal sería, prima facie, el reverso inmediato del ser en cuanto ser (in finem, el ser del hombre se circunscribe en una unidad compuesta por multiplicidades todas –idea grotesca, si las hay-). De suyo corresponde entonces considerar, a la par, que, si bien el tiempo es el horizonte de posibilidad que recorta toda actividad humana, esquivando la perspectiva borgeana de que todo número vastísimo equivale al infinito –no somos tan perezosos como para no ponernos a contar– tal recorte es, por consecuencia, determinado: hay un número (vastísimo es cierto, pero no por ello menos finito), total de modos de ser; de lo que se sigue que, así como cuando llueve, llueve en efecto en un espacio definitivo (con la influencia de todos los factores que ya climatológicamente sabemos), es decir, en una superficie de equis-metros-cuadrados, también el ser es, en efecto, en un espacio definitivo, lo que nos invita a pensar que tiene que coexistir inapelablemente tanto un límite del ser como un límite de la lluvia: y he aquí la parte que más me ha cagado el cerebro: ese límite no tiene porqué ser, necesariamente, distinto. Existe la posibilidad (calcúlenla ustedes) de que el límite del ser y el límite de la lluvia converjan en una misma línea (no imaginaria, sino física), algo así como un portal etéreo, pero sin ser portal y sin ser etéreo (porque ni el portal ni lo etéreo existirían in factum en el límite del ser); un espacio –que tampoco existiría, porque para que haya espacio debe haber un ser- en donde el espacio mismo, todos los tiempos, y la profundidad, estén achatados en una misma ranura, finísima como hilo dental de señorita, o más fina aún (pero sin ser fina, porque para que haya finura tiene que haber espacio y para que haya espacio debe haber un ser), ranura -y agrego-, que da como resultado la convergencia de todos los tiempos, espacios, haceres, modos de ser, posibilidades, ciencias, actividades, artes, lenguajes, protocolos, multiplicidades, etcétera, en un mismo punto (que no existe, porque para que haya un punto tiene que haber un espacio y para que haya un espacio debe haber un ser); en fin: el ser en cuanto ser, pero que no es, porque para que haya un ser tiene que haber todo aquel cúmulo de enumeraciones que, técnicamente, no podría haber en el límite del ser, que daría como resultado el ser que no puede ser cuando está siendo lo que es incapaz de ser. Y del otro lado estabas vos, encantadora, existiendo.

 

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