Jorge Lanata, el hombre que estaba solo y esperaba

Jorge Lanata estuvo en el ojo de la tormenta kirchnerista. Una tormenta que no trajo tempestades sino vientos de cambio. Casualmente el cambio de Cambiemos fue menos cambio que el cambio verdadero, el cambio en las largas continuidades de la historia argentina que representó el proceso iniciado en mayo de 2003. Cambiemos trajo confirmada la sospechada reacción y en esa reacción un actor protagónico fue Jorge Lanata. Otrora periodista adalid de la democracia, de la república y de los sin voz; ahora periodista estrella del multimedios más grande, quizá, de Latinoamérica. Un giro de ciento ochenta grados. ¿Un giro de ciento ochenta grados? Creo que en realidad fue un giro de trescientos sesenta, es decir, lo mismo que nada. Se mantuvo en el mismo lugar.
Periodista en Página/12, en Veintitrés, en Día D y en tantos otros espacios, Jorge Lanata se constituyó en un faro en la oscuridad de la larga noche neoliberal. Su estilo particular, su estilo retórico, su aspecto desalineado, le otorgaron un aura particular, atrayente y confiable. Durante décadas disfrutó de éxitos y fracasos. Y casualmente los éxitos fueron en el ámbito de su prestigio, porque los fracasos fueron tanto periodísticos (en términos de los bajos niveles de audiencia o ventas, según se tratase de propuestas audiovisuales o gráficas) como empresarios.

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En el último lustro llamó la atención su viraje: pasó de criticar al Grupo Clarín a convertirse en su principal figura. Muchos se extrañaron de su actitud y lo juzgaron como mercenario de la palabra. Algo de eso hay: un periodista que no conjugó su larga trayectoria con los éxitos económicos, que estuvo aquejado por compromisos económicos y que no contaba con más capital que su prestigio contrahegemónico, es lógico que quisiera capitalizarlo en metálico en una época en la que vale más el hedonismo que la episteme.
Pero el prestigio contrahegemónico, superficial, no es el único capital con el que contaba Jorge Lanata. Si fuese así su carrera estaría terminada en el mismo momento en que Mauricio Macri asumió como presidente, ya que él hizo deliberadamente campaña para que eso sucediese. Lanata tiene otro capital, y creo que este es el principal aspecto de su figura: el oficio de periodista, el olfato. Y como ese oficio tiene múltiples especialidades, el exdirector del diario Crítica de la Argentina se especializa en algo en el que él es el único experto: en encontrar, explorar y explotar esos recovecos oscuros de la política argentina, aquellos que indignan a cualquiera y que salpican a cualquier gobierno, sea del signo político que fuese. De esa cualidad hizo uso y abuso en Periodismo Para Todos. Uso porque halló puntos oscuros del período político K. Abuso porque ante la falta de nichos para explorar tuvo que inventar algunos, como en el resonante caso de Aníbal Fernández. Y es por ello que Lanata era el personaje ideal para desbancar a cualquier gobierno, para horadar la roca de la popularidad kirchnerista.
Lanata ha sabido crear en el votante de Cambiemos la falsa ilusión de que todo lo que él denunciaba que ocurría en las tantas Argentinas que existen, terminaría con una simple elección. Pero él como quizá nadie sabe que esos aspectos denunciados se constituyen en uno de los males endémicos que tiene el caso particular de la ficción democrática republicana de la Argentina, pero que con sus variantes, cualquier ficción democrática tiene, y que, como tales no desaparecerán. Y allí radica su distanciamiento. Su salida del main stream tiene que ver con despegarse del poder, porque él y el poder político no son complementarios. Más bien son el agua y el aceite. Y este distanciamiento refuerza mi hipótesis. Para volver a capitalizar los gajes de su oficio, necesita tiempo. Distancia. La bolsa que ofrecía el poder real para cumplir la tarea que cumplió Lanata debe ser suficiente para pasar una temporada en Miami. Después retornará a denunciar la corrupción de algún funcionario o el clientelismo político en algún paraje inhóspito de la Argentina Profunda, cuando su nombre y el de Mauricio Macri estén enajenados. Al menos yo, no pienso olvidar lo que significa este periodista: lo más nefasto del oficio.

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