Diálogo.

– ¿Qué tenés?
-¿Con qué?
Miraba el ventanal como desarmándose en miles de cuadros. Ella fumaba, sosteniendo el cigarrillo con la mano izquierda y el codo apoyado en la mesa. Duermevela.
-Tenés una cara bárbara.
-¿Por qué lo decís?
-Digo…
-Me mirás como si no me estuvieras mirando.
-No te estoy mirando–dijo sonriendo.
El tiempo colgaba como un farol en la piel de la noche azul. Verano, sin dudas, de aquellos en dónde el eco de todas nuestra interrogaciones vibra sobre un blues de muñeca entumecida. Afuera: conurbano. Arriba: la luna titilaba con su encanto de arco voltaico. Él se sentía como un globo aerostático.
-Ayer lo vi al gordo.
-¿Qué andaba haciendo por acá?
-Se quiere levantar a la prima de Ramiro.
-¡Pero tiene diecisiete años!
-Es el gordo…
Hicieron una pausa y él se acomodó en la silla, recostándose sobre la pierna izquierda. De su nariz colgaban todas aquellas cosas que ella se preguntaba. Es cierto, es una desgracia, mi amor: el lenguaje es nuestra desgracia porque nos permite decirnos tanto y a la vez tan poco.
-¿Qué tenés?
-Nada.
-Dale, se nota que te pasa algo.
-Eso me pasa. No tengo nada. Siempre se trata de tener nada; la nada colgando de los huevos.
-Siempre igual vos, eh…
-¿Y qué querés que haga?
-No sé, ponele onda che.
-Al carajo con tus buenas vibras. ¿No te das cuenta que nos hicieron pelota? Estamos en este bar del orto, en este barrio del orto, solos, un jueves a las tres de la mañana, re astilla, sin un cobre, Mario perdió el laburo también; es una desgracia.
Rompió un pedazo de pan y lo pasó por el tuco frío que dormía en el plato.
-U adeuma’ -dijo con la boca llena- nou’tenemu’quifuima’earron’e -hizo una pausa para tragar- ya fue.
Ella tiró el humo por el costado derecho de la boca en un suave silbido de luz de luna.
-Mira, todo bien, pero mientras todo esto, estamos vivos. Y esta desgracia no vale la pena, vale la vida. Y yo quiero la vida. Quiero la vida aunque me cueste los huesos.
Volvió a mirar por la ventana. Ella apagó el cigarrillo en el plato vacío. La noche les caía encima como un baldazo, y, algunas veces, no todas las palabras descubren.

 

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